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La pequeña guarda del Santísimo

Doña María del Carmen Ochoa es una anciana, que religiosamente acude lunes y jueves a la Iglesia El Carmen, de la colonia Roma, San Salvador, para ayudar en la limpieza y cuidar el Santísimo

José Osmín Monge
El Diario de Hoy
vida@elsalvador.com

Entre las bancas de la iglesia se suele encontrar doña Carmencita, orando y pidiéndole bendiciones a Dios. Foto Digital César Avilés

Todos los jueves, frente al sagrario donde se expone el Santísimo, en la iglesia El Carmen, se encuentra a una anciana elevando plegarias al Creador y entonando alabanzas casi olvidadas.

Es doña María del Carmen Ochoa, una anciana de extrema pequeñez, quien ha dedicado una buena parte de su larga vida al servicio del Señor.

Su estatura no sobrepasa el metro, y sobre su espalda carga el bulto que Dios le dio al nacer: una pronunciada joroba, que le impide caminar con normalidad.

Sus cansados y enfermos ojos se dejan entrever en los gruesos cristales de sus lentes y entre sus labios marchitos por el tiempo sobresale alguno que otro de sus desgastados dientes.

El paso de los años ha dejado huella en el cuerpo de la señora Ochoa; la ha marcado con muchas arrugas y le ha causado algunas dolencias. Un bastón de madera y una bolsa de tela donde guarda algunos trapos son sus inseparables compañeros.

Su cabeza poblada de canas es cubierta todo el tiempo con un gorro de lana negra.

La diminuta figura de doña Carmencita se pierde entre las estilizadas bancas de madera de la iglesia; desde ahí vigila con cautela el “Cuerpo de Cristo”.

Pero doña Carmencita no sólo se limita a cuidar al Santísimo. Ella es parte del grupo de señoras que hacen limpieza en el templo. Todos los lunes, desde tempranas horas de la mañana hasta las 3:00 p.m., ayuda a limpiar con raídos lienzos de tela los asientos de la parroquia.

“Tengo muchos años de venir a esta iglesia. Me acuerdo que antes el templo estaba en otro lugar del terreno”, expresa la señora Ochoa, con su delicada voz.

De Lolotique a la capital

Su baja estatura y sus problema visuales no le han impedido prestar sus servicio en la iglesia El Carmen. Foto Digital César Avilés

Su mente está lucida; sin embargo, muchos de sus recuerdos han quedado en el olvido. No recuerda cuántos años tiene ni el año en que emigró de Lolotique, San Miguel (su tierra natal), a San Salvador para trabajar.

En su senil memoria conserva vagos recuerdos de su niñez, su juventud y su adultez. Con un poco de esfuerzo remembra los días en los que trabajó en la capital en una fábrica de zapatos, en algunas casas como empleada doméstica y vendiendo billetes de lotería.

“Mi madrina, que era prima hermana del presidente Sánchez Hernández, me trajo a San Salvador. Mucho tiempo me dediqué a cuidar niños; por este trabajo me pagaban cinco colones”, dice.

Doña Carmencita tuvo la desdicha de no conocer a sus progenitores. Según ella, su madre murió en sus esfuerzos por traerla al mundo, y su padre siempre permaneció en el anonimato. Su vida la pasó al lado de una señora que se hizo cargo de ella desde que era recién nacida.

“Ella me crió como su propia hija; yo me le pegué como un mozote. Nunca aprendí a leer y escribir, pero ella me enseñó a hacer y vender jabones de cuche”, expresa.

Junto a sus “hermanas”

Pero la vida de doña Carmencita no sólo estuvo plagada de sinsabores, sino también de muchas bendiciones. Dios le dio el privilegio de casarse con un buen hombre, con quien vivió hasta hace 15 años, cuando él murió.

“Nunca fui mamá. A mí me dijeron que él tenía problema para tener hijos. Dios hizo su voluntad, y yo la acepté”, manifiesta.

Hoy en día vive sola en una pequeña champa, en las cercanías de la terminal de occidente. En su vivienda - que alquila por cien colones mensuales- entreteje los pocos recuerdos que aún le quedan en su memoria.

A pesar de no tener ningún familiar cercano se siente agradecida con Dios, pues le ha dado la oportunidad de conocer a sus hermanas de la parroquia y a mucha gente buena y misericordiosa que le ayuda económicamente y la provee con víveres.

Como muestra de gratitud pide con dulzura a Dios y a la Virgen derramen bendiciones sobre las personas que día a día la hacen feliz y le ayudan a disminuir sus sufrimientos y sus penas.

 

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