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La
lavada del cinco de febrero
En
el río Los Encuentros, en Cacaopera, Morazán, se llevó
a cabo la tradicional Lavada del cinco de febrero, donde
los pobladores asearon las ropas de las imágenes de santos
y vírgenes del templo colonial.
José Osmín Monge
El Diario de Hoy
El
cinco de febrero es una fecha que muchos ancianos de Cacaopera esperan
con ansias, pues ese día se lleva a cabo la tradicional lavada
de la ropa de la imagen de la Virgen y de los santos de la iglesia.
Este evento es una celebración, pues se realiza con abundante
comida, música y sobre todo con ferviente devoción.
Ese día, cuando el sol lanza sus primeros rayos, muchos
habitantes, sobre todos aquellos que viven en cantones y caseríos
de los alrededores, se preparan con grandes matatas de pitas repletas
de ollas de barro y aluminio, paletas de madera, leña, arroz
crudo, pollos, leche, bananas y café, y luego emprenden el
viaje hasta el río Los Encuentros, donde se realiza la celebración.
Desde tempranas horas llegan las caravanas de católicos
hasta ese río (donde se unen los ríos Galán
y Riíto) para esperar a la gente que desde el templo lleva
la ropa sucia de los santos.
Entre rezos y cantos
Mientras los feligreses y los mayordomos esperan en el afluente,
en el templo, algunas señoras hacen bultos con las vestimentas
de las vírgenes del Tránsito, del Carmen y del Rosario,
y la de Jesús de Nazareno. Son cuatro ancianas las encargadas
de llevar hasta Los Encuentros los pequeños paquetes de ropa
(cada uno de ellos con diez piezas).
La salida de las señoras es anunciada con un cohete de vara,
y a ellas se unen otros feligreses. El recorrido desde el templo
hasta el río es de aproximadamente dos kilómetros,
y durante el trayecto los devotos rezan y entonan cánticos
religiosos.
Cuando la pequeña procesión está próxima
al río se oye el sonido estrepitoso de otro cohete de vara,
que anuncia la llegada de las prendas.
En ese momento las decenas de personas que están en el lugar
salen al encuentro de la caravana y luego parten juntos hasta el
sitio donde se realiza la lavada.
Antes de comenzar a lavar, un anciano y líder religioso
pronuncia cuatro oraciones, una por cada santo y virgen. Estas plegarias
las realiza dirigiéndose a los cuatro puntos cardinales.
En ese momento, el agradable olor a incienso ambienta el lugar.
Diversión y religión
Acto seguido, algunas mujeres proceden a lavar con las heladas
aguas del río los vestidos, las túnicas y las capas
de satín de colores rojos, blancos, morados y verdes.
Las mujeres lavan por su propia voluntad. Ellas deben estar
consagradas al Señor. Deben haber oído misa, comulgado
y haberse confesado, expresa doña Candelaria López
de Luna, de 82 años, una de las encargadas de cuidar, doblar
y llevar la ropa.
Luego de lavadas, las vestimentas son tendidas en las rocas o en
algunos alambres instalados para la ocasión.
Mientras las prendas se secan bajo los rayos del sol, la mayoría
de mujeres comienza a preparar el almuerzo, que consiste de pollo
salcochado, arroz meneado (hecho con caldo de pollo), arroz en leche
y tamales pisques. La comida es acompañada con bananas y
café caliente.
Los alimentos don cocinados en peroles de metal o de barro, que
son ubicados sobre improvisadas cocinas de leña. Los tamales
pisques son preparados desde un día antes; el arroz y el
pollo son cocinados a orillas del río.
Ahí se aprecian las señoras moviendo con paletas de
madera el blanco arroz, deshojando los tamales y atizando el fuego.
Mientras realizan las tareas, el lugar es ambientado por música
de violines, guitarras y guitarrones, que ejecutan músicos
de la localidad.
Los niños y los jóvenes que acuden a este ritual
aprovechan el tiempo para zambullirse en las verdes aguas del afluente
y disfrutar del paseo.
Comida en abundancia
Al
secarse la ropa (a eso de la 1:00 p.m.), las ancianas se disponen
a doblarla y a volver a hacer los bultos. Posteriormente almuerzan.
En ese momento, los mayordomos de cada santo colocan en manteles
bordados y ubicados en el piso las raciones de comidas para las
mujeres que ayudaron a lavar la ropa.
Ellas llegan hasta la improvisada mesa y se colocan en cuclillas
frente a su porción. Antes de ingerir los alimentos participan
en una oración colectiva donde dan gracias a Dios y a la
Virgen por los favores recibidos. En ese instante, el humo del incienso
de mirra se vuelve a sentir.
Aquí hay comida en abundancia. La gente se organiza
para comprar los alimentos. Yo actualmente vivo en en los Estados
Unidos, pero cada año vengo para participar en las tradiciones
de mi pueblo, manifiesta doña Sonia Argueta, quien
se hizo acompañar de su hermana y de sus hijos.
Al finalizar el almuerzo, las personas descansan un rato y se bañan
en el río. A las 3:00 p.m. parte la procesión rumbo
a la iglesia. Lo empinado del camino (ya que el río está
al pie de un cerro) no es impedimento para que los ancianos realicen
año con año esta tradición.
Hombres y mujeres llegan cansados hasta el pueblo, interpretando
alabados en honor a la Virgen.
Al llegar al templo, los feligreses rezan y continúan cantando;
después de ello, los cuatro ancianos dejan la ropa limpia
en la mesa frente al altar mayor.
Ya no es como antes
La lavada del cinco de febrero es una de las tradiciones más
arraigadas del pueblo de Cacaopera (junto al llamado Baile
de los emplumados); sin embargo, en los últimos años
ha bajado considerablemente la participación de sus habitantes,
sobre todo de los niños y jóvenes.
Hace algún tiempo, esta actividad se realizaba con
más pompa. Había más comida y más gente,
expresa doña Antonia Ortiz, mayordoma de la Virgen del Tránsito.
En la lucha para poder rescatar y preservar las tradiciones, sólo
los pueblos que poseen una mayor presencia indígena defienden
parte de sus costumbres a través de los años y ante
las distintas penetraciones de otras culturas.
Muestra de ello son los hombres y las mujeres de Cacaopera que
se preocupan cada año por preservar sus creencias y sus tradiciones
y transmitirlas a las nuevas generaciones.
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