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El enero que parece repetirse

Nadie se imaginó en enero de 1980 que la guerra que vendría duraría 12 largos años y que no acabaría hasta que el gobierno de ARENA y la guerrilla del FMLN se pusieran de acuerdo y firmaran la paz también en enero, pero de 1992

Cadáveres por todos lados, intenso patrullaje de uniformados en la ciudad y sus colonias y enfrentamientos en el área rural. Polarización extrema entre la izquierda y la derecha y acefalía en varias instituciones del Estado. Diáspora hacia el exterior por la violencia.

Ese es el panorama que vemos actualmente, pero era el mismo hace 36 años.

En enero de 1980 teníamos decenas de muertos cada día por la violencia política; ahora tenemos decenas de muertos a diario por la violencia causada por la criminalidad y las pandillas.

En aquel entonces el Ejército hacía rastrillajes y cateos en las colonias y comunidades, de igual manera que ahora lo hace la Policía con apoyo militar.

En aquella época eran irreconciliables las posiciones entre la derecha y la izquierda, sobre todo entre el gobierno integrado por golpistas y la incipiente guerrilla. Actualmente no hay entendimientos entre los exguerrilleros que ahora están en el gobierno y la oposición de derecha.

La izquierda y los militares golpistas denunciaron que había una galopante corrupción en el Estado, al igual que ahora se denuncia la corrupción en el Estado y el despilfarro de los recursos públicos y se investigan decenas de casos.

En pocas palabras, hemos venido a dar a lo mismo o a algo peor. De hecho se dice que ya son más los muertos registrados por la violencia criminal de los últimos años que los que dejó la guerra de los 80. Entonces como ahora, uno podía andar en la calle y verse en medio de fuego cruzado, o saber de la muerte de una persona solo por ser familiar de un soldado o un policía.

Ese enero de 1980, monseñor Romero le reclamó al gobierno por disolver violentamente una gigantesca manifestación organizada por los sindicatos y organizaciones de izquierda y reprendió además a estas por hacer costumbre la toma de templos.

Entonces surgió también la Cruzada Pro Paz y Trabajo, que de igual manera organizó una gran marcha para denunciar la incursión del comunismo en El Salvador. Ese movimiento fue una de las bases para la fundación del partido ARENA.

Ahora todo es más sutil. El oficialismo de izquierda censura a sus adversarios de derecha en la Asamblea Legislativa y se denuncia persecución política contra dirigentes o figuras de la oposición; se aprueban leyes para controlar la libre expresión y la transparencia y frenar las investigaciones de presunta corrupción.

Ese enero de 1980 se desintegró el primer gobierno de izquierda, formado en octubre de 1979 por militares jóvenes que derrocaron al general Carlos Humberto Romero y por intelectuales y profesionales de izquierda socialdemócrata y socialcristiana.

La salida de estos, derivada de choques con los militares por la falta de ejecución de cambios políticos y sociales, derivó en un pacto entre la Fuerza Armada y la Democracia Cristiana, que erigió una nueva junta de gobierno. Esta última, que asumió los poderes Ejecutivo y Legislativo y gobernaba por decreto, ordenó en seguida una reforma agraria y estatizó los bancos y el comercio exterior para restarle apoyo a la guerrilla y sus organizaciones afines.

Fue algo así como lo que ahora hacen los exguerrilleros efemelenistas en el gobierno con sus programas populistas, como la distribución de cuadernos y útiles y otros, para restarle apoyo a los areneros.

Entonces también cobró fuerza el éxodo de salvadoreños hacia Estados Unidos, Canadá y otros países, por escapar de la violencia. Cientos de salvadoreños huyen ahora de pueblos y colonias tomadas por las pandillas y prefieren arriesgarse a morir en el desierto que ser vilmente asesinados o extorsionados sin la esperanza de que alguien va a frenar esa locura.

En aquella época, Los Guaraguao de Venezuela atizaban los fuegos revolucionarios con su tradicional “Las casas de cartón” y ahora siguen haciéndolo, pero ya no parecen obtener la misma convicción entre la población. Ser revolucionario ya no se percibe entre la gente como un idealismo heroico, sino como sinónimo de bochinchero, intolerante y que no admite planteamientos o críticas de los adversarios.

Cantantes y revolucionarios de entonces, como el nicaragüense Carlos Mejía Godoy y el poeta Ernesto Cardenal, se apartan y denuncian abusos de sus excompañeros sandinistas, ahora convertidos en los nuevos ricos y poderosos.

Nadie se imaginó en enero de 1980 que la guerra que vendría duraría 12 largos años y que no acabaría hasta que el gobierno de ARENA y la guerrilla del FMLN se pusieran de acuerdo y firmaran la paz también en enero, pero de 1992.

Ahora nadie sabe cuánto durará esta vorágine y quizá esto nos ocurre porque nosotros y las nuevas generaciones no queremos conocer y repasar nuestra historia, para tomar grandes decisiones y evolucionar. Y “aquellos que no aprenden de su pasado están condenados a repetirlo”.


*Editor subjefe de El Diario de Hoy.