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No hay jueces en El Salvador

Hoy por hoy, no hay jueces en El Salvador. Hoy por hoy, muchos salvadoreños honrados están viviendo sus horas más oscuras, que no vivieron ni durante la dictadura militar, ni la guerra civil, ni el acoso de las pandillas, y no tienen a quién acudir. Solo queda mantener la esperanza por preservar las pocas libertades que aún tenemos y esperar que algo suceda o que un milagro ocurra.

Por Juan Antonio Durán
Juez y profesor universitario

Así como hemos visto con estupor la forma autoritaria, dictatorial, despótica, tiránica, sádica y cruel de gobernar; la corrupción galopante de la nueva clase política; el desmantelamiento de la democracia constitucional; de la inconstitucional candidatura y elección presidencial del presidente, en violación a las reglas y principios constitucionales; de la campaña inconstitucional y del fraude electoral presidencial, legislativo y municipal, con manipulación informática, de las instituciones, de la ley y de las voluntades de los árbitros electorales, un fraude flagrante, ante los ojos del mundo; de la inconstitucional -por vicios de forma y de fondo- reforma constitucional, a la cláusula que flexibilizaba la rigidez constitucional mediante un procedimiento democrático y participativo de la población; de las graves violaciones a los derechos humanos (privaciones de libertad, asesinatos y torturas en las prisiones, corrupción), vemos ahora con ese mismo asombro, la ejecución de las políticas urbanísticas en el centro histórico de San Salvador.

Las imágenes de videos que hemos visto en los reels y tiktoks en las redes sociales, de maquinaria pesada demoliendo edificios aledaños al también destruido decorado interior del Palacio Nacional, me hicieron recordar el viejo cuento alemán o antigua leyenda sobre “El Molinero y el Rey”.  Se atribuye a Federico Segundo de Prusia, que tenía un palacio de verano a donde se retiraba a descansar; pero había un molinero que tenía su viejo molino cerca de palacio, que le resultaba no solo estorboso a la vista y afeaba el paisaje, sino que hacía un ruido estruendoso cuando molía, lo que molestaba al Rey. El Rey ordenó que trajeran al molinero y ofreció comprarle su molino, y él le contestó que no estaba en venta. El Rey, molesto, amenazó con destruirlo sin pagarle un centavo, a lo que el molinero le replicó que lo intentara, que para eso ¡Hay jueces en Berlín! Otras versiones dicen que el molinero demandó al Rey y los jueces ordenaron la suspensión de la demolición y que, al recibir la notificación, el Rey Federico habría exclamado: ¡Hay jueces en Berlín! Como sea que haya sido la historia, lo interesante es que el Rey reconocía el poder de los jueces y aceptaba el control y los límites que se le imponían, en defensa de los derechos del pobre molinero.

Las confiscaciones que el gobierno hace a bienes de empresarios; a pobladores a quienes se les ha despojado de tierras poseídas desde hace mucho tiempo; a nuevos compradores a quienes se les obliga a vender; vendedores, a quienes se les impide realizar ventas ambulantes o el comercio de ciertos productos (libros usados, ropa usada) en locales que ejercían legalmente el pequeño comercio, con permisos e impuestos pagados; y a propietarios de edificios, que sin que se les haya preguntado si querían vender o no, solo les clausuraron sus locales y luego procedieron a su destrucción, sin que la administración estatal o municipal sea dueña, ni haya iniciado procesos de expropiación (que según la Constitución, debe ser con previa indemnización, siendo que la confiscación está prohibida por la Constitución). Y sin que los habitantes de la (antigua república de) El Salvador, puedan acudir ante un juez o tribunal independiente, a clamar justicia para impedir las graves violaciones a sus derechos.

Y es que la opacidad en el manejo de los asuntos públicos incluye la opacidad de los planes de gobierno. Si la gente hubiese sabido todo este destrozo que está sufriendo; si hubiesen sabido que El Salvador se sometería a un proceso de gentrificación mediante el cual las mejoras urbanísticas irían acompañados de desplazamiento de los pobladores originarios siendo sustituidos por una población extranjera económicamente mejor posicionada, y hubiesen sabido que se les iba a expoliar de sus medios de subsistencia para serles entregados a otros, difícilmente les hubiesen dado ese voto de confianza que reclama el dictador como mayoría aplastante que pulverizó, no solo a la oposición, sino a la población.

Hoy por hoy, no hay jueces en El Salvador. Hoy por hoy, muchos salvadoreños honrados están viviendo sus horas más oscuras, que no vivieron ni durante la dictadura militar, ni la guerra civil, ni el acoso de las pandillas, y no tienen a quién acudir. Solo queda mantener la esperanza por preservar las pocas libertades que aún tenemos y esperar que algo suceda o que un milagro ocurra. Porque en los momentos de mayor oscuridad es cuando más útil resulta confiar y creer en la luz.

Juez y profesor universitario.

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Delitos Contra La Constitución Jueces Opinión

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