Delicias de las Chacón, una tradición de Santa Tecla que sigue viva
Cebada, pastelitos y recetas familiares mantienen vivo en Santa Tecla un legado que ha pasado de generación en generación y que hoy encuentra un nuevo camino.
Delicias de las Chacón es uno de esos nombres ligados al sabor de Santa Tecla y a la cocina tradicional salvadoreña. Su cebada, sus pastelitos, tamales y jaleas forman parte de una historia familiar que comenzó hace varias décadas y que continúa en manos de nuevas generaciones. En entrevista exclusiva con elsalvador.com, Ana Gladys de Romero, conocida por sus clientes como Ana Chacón, abrió las puertas de esa memoria hecha de recetas, trabajo y vínculos que han sobrevivido al paso del tiempo.
Amable, sonriente y espontánea, Ana habla como quien conversa con alguien que conoce desde hace años. No necesita adornar demasiado sus recuerdos: se ríe, hace pausas y cuenta cada detalle con naturalidad. Esa cercanía también explica por qué muchos clientes terminaron llamándola Ana Chacón, aunque llegó a la familia al casarse con Javier Chacón, hijo de Leonor Chacón.
“Todo el mundo me acogió como la hija de la Chacón, no como la nuera”, cuenta. Con los años, aquel apodo terminó siendo también una forma de pertenecer.
Una historia que comenzó con mujeres
Ana relata que la familia Chacón llegó desde San Julián a Santa Tecla en 1950. Carmen Chacón, junto a sus hijas Leonor y Elvira, comenzó preparando banquetes para familias de la zona.
Después apareció uno de los productos que terminaría definiendo la casa. Leonor decidió darle un toque propio a la cebada y a la horchata, y comenzó a venderlas en pequeños recipientes sobre una mesa colocada cerca del camino hacia Comasagua.

Por ahí pasaban buses, vecinos y personas rumbo a fincas y haciendas. La bebida comenzó a llamar la atención y, poco a poco, llegaron más productos: jaleas naturales, pastelitos, dulces y tamales.
“Todo era artesanal”, recuerda Ana. Había horno de leña, preparaciones hechas a mano y recetas que se repetían hasta encontrar el punto exacto. Algunas de aquellas costumbres todavía permanecen.
Entre los pastelitos, por ejemplo, hay un favorito claro. “Si hago 10 de fresa, tengo que hacer 30 de piña”, dice entre risas.
Aprender sin un recetario
Cuando Ana se casó con Javier, hace más de tres décadas, comenzó también su aprendizaje dentro del negocio. El padre de Ana les regaló como obsequio de bodas un horno eléctrico, que entonces representaba toda una novedad para ellos.
Pero aprender no significaba recibir un cuaderno lleno de instrucciones. Ana decidió meterse directamente a la cocina.

“Yo quería saber todo”, recuerda. Aprendió a tostar hojas, reconocer la textura del dulce de leche y distinguir cuándo una jalea había alcanzado el punto correcto por la forma en que hervía.
“Me decían: ‘¿Y usted también se va a poner a lavar trastos?’. Sí, es que quiero saber todo”, cuenta.
Ese conocimiento se transmitía mirando y haciendo. “La jalea tiene un sonido cuando ya está en su punto”, explica. Incluso recuerda cómo el humo del antiguo horno de leña quedaba impregnado en la ropa al terminar la jornada.
Y hay un producto que, para la familia, sencillamente no puede faltar.
“Puede no haber nada, ni pasteles ni tamales, pero la cebada… eso es imperdonable”, asegura.
También existe una manera particular de servirla. “Nuestra cebada tiene una espumita característica cada vez que la batimos. Tiene que ir batida”, explica.
Sabores que han viajado lejos
Con los años, esos productos también comenzaron a salir de Santa Tecla y de El Salvador.
Ana recuerda clientes que han llevado cebada y pastelitos a países como Francia, Brasil e Italia. Para facilitar esos viajes, ella y Javier incluso han buscado maneras prácticas de conservar la bebida congelada durante el trayecto.
La escena resume algo muy salvadoreño: abrir una maleta y encontrar espacio para llevar un sabor conocido a miles de kilómetros de distancia.

“Estoy orgullosa de que estamos viendo los frutos de tanto sacrificio, de tanto trabajo de doña Carmen, de doña Leonor”, expresa.
Sin embargo, Ana considera que el legado no está solamente en conservar las recetas. También está en la manera de tratar a quienes llegan.
“Lo más importante en nuestro caso fue haber creado la relación amistad-cliente”, explica. Aprendieron a recordar nombres, conversar, preguntar por las familias y recibir después a los hijos y nietos de quienes comenzaron visitándolos años atrás.
Un nuevo capítulo en Santa Tecla
Ana y Javier han comenzado ahora una etapa propia dentro de esa historia familiar. Mantienen productos y preparaciones aprendidas de generaciones anteriores, pero buscan construir una identidad que también refleje su recorrido.
Actualmente se encuentran en el centro de Santa Tecla, en la 2a Calle Poniente #5-5, a la par de la iglesia El Calvario, una ubicación desde la que continúan ofreciendo cebada, horchata, pastelitos de jaleas naturales y tamales, entre otros productos.
Sus hijas también se han involucrado de distintas maneras, sumando otra generación a una tradición que comenzó con Carmen, Leonor y Elvira.
Quizá por eso, cuando Ana habla de los clientes, no lo hace como quien enumera ventas. Habla de personas, de nombres que reconoce y de familias que han regresado durante años.
Ese vínculo es, al final, una de las razones por las que Delicias de las Chacón continúa teniendo un lugar especial en Santa Tecla: porque además de conservar sabores, ha conseguido que muchas personas sigan encontrando en ellos algo familiar.
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