Especial Mundial 2026 Lluvias Hospital Rosales Empleos El Salvador Viviendas El Salvador Centro Histórico

Banner versión desktop Banner versión móvil
El olfato, a menudo considerado un sentido menor, tiene un papel clave en la salud emocional y la memoria

El olfato, el sentido infravalorado que también cuida la salud emocional

La ciencia reivindica el papel del olfato: conecta con la memoria, influye en las emociones y puede ayudar a mejorar el bienestar mental.

Avatar del autor
Por EFE
0:00
Escuchar artículo
Resumen del artículo:

El olfato, a menudo considerado un sentido menor, tiene un papel clave en la salud emocional y la memoria. Según la neurocientífica Laura López-Mascaraque, las neuronas olfativas se regeneran y pueden entrenarse incluso en edades avanzadas. Los olores llegan directamente al sistema límbico, vinculado con emociones y recuerdos, lo que explica su poder evocador. También pueden modular el estado de ánimo y favorecer la salud mental, especialmente en personas mayores o con enfermedades neurodegenerativas. La experta aclara que la aromaterapia no es medicina y que cada persona percibe los aromas de forma distinta.

Si se preguntara a muchas personas qué sentido aceptarían perder antes que los demás, es probable que el olfato apareciera entre las primeras respuestas. Durante mucho tiempo ha sido visto como un sentido menor, casi accesorio frente a la vista o el oído. Sin embargo, la ciencia sostiene lo contrario: oler no solo permite detectar aromas agradables o señales de peligro, sino que también ayuda a modular el estado emocional, activa recuerdos profundamente asociados a la vida personal y puede contribuir al bienestar mental, según publica EFE.

La neurocientífica Laura López-Mascaraque, profesora de investigación en el Centro de Neurociencias Cajal, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), explica que el sistema olfativo tiene características únicas. En la parte superior de la nariz, en una zona conocida como epitelio olfativo, se encuentran cientos de miles de neuronas olfativas. Son, además, las únicas neuronas situadas en el exterior del cuerpo.

La investigadora destaca una particularidad especialmente relevante: estas neuronas se regeneran cada 40 o 60 días. Esa capacidad abre una posibilidad que no siempre se asocia con el olfato: entrenarlo. «A diferencia de otros, que los pierdes y no hay forma de evitarlo, si tú entrenas el sentido del olfato puedes tener una neurogénesis con una edad bastante avanzada. De hecho, se ve en perfumistas y enólogos, que con una edad considerable tienen una paleta de aromas realmente espectacular», afirma López-Mascaraque.

Cómo llegan los olores al cerebro

Cada vez que una persona respira, entran por la nariz moléculas volátiles que activan receptores en las neuronas olfativas. Cada una de esas neuronas tiene receptores específicos, por lo que no todas responden a todos los estímulos. A través del axón, la prolongación neuronal encargada de transmitir impulsos nerviosos, la información llega al bulbo olfativo. Allí, la información química se transforma en información eléctrica.

A diferencia de otros sentidos, que pasan por el tálamo, una zona central del cerebro, la información olfativa viaja directamente hacia la corteza olfativa, ubicada dentro del sistema límbico, también conocido como cerebro emocional. Según López-Mascaraque, esa conexión directa explica buena parte del impacto que puede tener un olor en el estado de ánimo o en la memoria.

Dentro del sistema límbico, los olores conectan con dos estructuras clave: la amígdala, relacionada con las emociones, y el hipocampo, vinculado con la memoria. Después, la información llega a la corteza prefrontal, donde se integra con el resto de las percepciones sensoriales. Ese recorrido permite que un olor no solo sea identificado, sino que también pueda activar una emoción o trasladar a una persona a un momento concreto de su vida.

Una mujer percibe el aroma de un perfume, una experiencia ligada al olfato, la memoria y las emociones.
Una mujer percibe el aroma de un perfume, una experiencia ligada al olfato, la memoria y las emociones. / Shutterstock

«Y te recuerda muchas veces no al olor en sí sino a un episodio de tu vida. Dicen que tiene el poder más evocador, precisamente por eso, porque va directo a esas estructuras tan interesantes. Y te puede provocar revivir un episodio pasado sin darte cuenta. Es lo que llamamos el efecto proustsiano», asegura la profesora del Centro de Neurociencias Cajal.

La referencia alude a Marcel Proust y a su obra En busca del tiempo perdido, en la que el protagonista comienza a recordar episodios de su vida pasada a partir del gesto de mojar una magdalena en té, por el olor y el gusto que le evoca esa experiencia.

Aromas que se quedan en la memoria

No todos los olores dejan la misma huella. Algunos se integran con más fuerza en la memoria olfativa y quedan asociados a emociones, recuerdos o vivencias desagradables. Según la experta, los olores de la niñez suelen grabarse con especial intensidad.

López-Mascaraque cita un estudio publicado en la revista Science según el cual las personas pueden detectar millones de olores. La explicación está en la complejidad de cada aroma. «Un olor no es una molécula. Es un conjunto de moléculas, que pueden ir en distintas concentraciones. Igual que hay tonalidades de colores, existen tonalidades también de olores, con lo cual si tú combinas todo esto, se puede decir que podemos detectar millones», resalta.

La percepción de un olor como agradable o desagradable depende en buena parte de la cultura. Un aroma que puede resultar molesto en un lugar puede no serlo en otro contexto cultural, y viceversa. Aun así, hay olores que tienen una función de alerta más universal, como los putrefactos, que suelen advertir sobre un posible peligro.

«Está vinculado a un sistema de recompensa que tenemos en el cerebro, es algo que puede modular de alguna manera nuestro estado emocional hacia algo agradable o hacia algo desagradable. Hay unos olores, como los putrefactos que, en general, alertan de peligro, y eso, evolutivamente, se ha conservado», incide López-Mascaraque.

Olfato y salud mental

La investigadora es clara al hablar del vínculo entre olfato y salud mental. Ante la pregunta de si este sentido puede contribuir al bienestar psicológico, responde: «Sí, definitivamente». Su papel puede ser especialmente relevante en personas con enfermedades neurodegenerativas, en las que el procesamiento cerebral no funciona de forma adecuada.

La razón está en esa vía directa hacia el cerebro emocional. Determinados olores, sobre todo aquellos asociados a la infancia, pueden provocar reacciones significativas. López-Mascaraque relata que en talleres realizados con personas mayores, al presentarles diferentes aromas y preguntarles qué les evocaban, algunos comenzaban a contar historias personales y terminaban sosteniendo conversaciones agradables.

Ese potencial contrasta con la poca educación olfativa que existe en la vida cotidiana. «En el olfato el problema que tenemos es que nadie nos enseña. De hecho, no tenemos ni palabras para verbalizar los olores. Entonces es algo que no se da importancia. Está muy infravalorado», considera la neurocientífica.

La dificultad para nombrar los olores también ayuda a explicar por qué se les concede menos atención. A menudo se perciben de manera intensa, pero se describen con referencias indirectas: huele a infancia, a casa, a comida, a verano, a humedad o a un lugar específico. El lenguaje parece quedarse corto frente a la capacidad evocadora de este sentido.

Aromaterapia, genes y diferencias personales

Sobre la aromaterapia, López-Mascaraque subraya que no debe entenderse como una medicina. Los olores pueden ayudar a algunas personas a relajarse, sentirse mejor o dormir, pero no tienen el mismo efecto en todos los casos. La respuesta depende de la experiencia personal, de los gustos y de la percepción individual.

«Un olor a lavanda te puede relajar, sí, pero no a todo el mundo, es decir, depende de lo que a ti te guste. Es como si a ti te relaja escuchar música clásica y a otra persona, el pop, el rock o el reguetón. Los olores, por supuesto que te pueden relajar, te pueden llevar a una situación, a dormirte, pero eso es totalmente personalizado», expone.

La variabilidad también tiene una base genética. Para el sentido del olfato hay alrededor de 400 genes. Si se tiene en cuenta que el genoma humano contiene unos 20.000, esto significa que entre el 2 % y el 3 % del genoma está dedicado a oler. Para López-Mascaraque, esta proporción ayuda a entender por qué la percepción olfativa puede variar tanto entre una persona y otra.

«Para la vista son muchísimos menos genes y sabemos que hay gente daltónica, que no distingue ciertos colores, imagina la variabilidad en cuanto a la percepción olfativa que tenemos», explica.

Cuando se pierde el olfato

La pérdida brusca del olfato puede ocurrir por un accidente, una operación o una enfermedad, entre otros motivos. Para quienes la padecen, no se trata solo de dejar de percibir aromas. La experiencia cotidiana puede cambiar de manera profunda, porque el olfato está ligado al gusto, al placer, a la memoria, a la alerta y a la vida emocional.

«Si hablas con ellos te das cuenta de que sus vidas pasaron de ser a color, a ser de blanco y negro», afirma López-Mascaraque, autora del libro El fascinante mundo del olfato.

La obra busca reivindicar este sentido «a todos los niveles». Como neurocientífica y presidenta de la Red Olfativa Española y Europea, la investigadora insiste en que el olfato recibe poca atención pese a su gran potencial científico.

Entre los campos de investigación que destaca está el olfato digital, orientado al desarrollo de sensores capaces de detectar enfermedades. La idea toma como referencia la capacidad de los perros para identificar determinadas patologías a través del olor.

«Se está investigando mucho para poder crear algún tipo de sensor, de nariz electrónica, que al acercarla a la persona, pueda marcar una enfermedad determinada. También se intenta buscar un sensor para meterlo en tu reloj y al acercar la comida detecte si tiene alérgeno o gluten, por ejemplo», afirma.

El olfato, lejos de ser un sentido secundario, aparece así como una vía directa hacia la emoción, la memoria, la prevención y la investigación médica. Un sentido silencioso, poco nombrado, pero con una influencia decisiva en la forma en que las personas recuerdan, sienten y se relacionan con el mundo.