Menos pantalla, más vida real para cuidar la salud mental
Reducir el tiempo frente al celular puede favorecer la salud mental de niños y adolescentes al abrir espacio para el descanso, el movimiento y los vínculos reales.
El uso excesivo del celular y las pantallas puede desplazar actividades clave para la salud mental de niños y adolescentes, como dormir mejor, moverse, conversar y convivir cara a cara. Tal Ben-Shahar, experto en psicología positiva e invitado del Crecer Summit 2026 en El Salvador, propone recuperar esas experiencias sin convertir la tecnología en el enemigo.
Durante su conversación con medios salvadoreños, Ben-Shahar dejó claro que no está en contra de la tecnología. Reconoce sus ventajas para comunicarnos o trabajar. Su preocupación aparece cuando el teléfono desplaza actividades esenciales para el bienestar.
El reto resulta familiar en muchas casas. Pedís que guarden el celular durante la comida, intentás conversar en el carro o escuchás el clásico “estoy aburrido” apenas desaparece la pantalla. Para Ben-Shahar, esos momentos no necesariamente son un problema que debamos resolver de inmediato.
El estrés no siempre es el enemigo
Una de las ideas que compartió tiene que ver con el estrés. “El problema no es el estrés, es la falta de recuperación”, explicó.
Para ilustrarlo, utilizó el ejercicio físico. Cuando levantás pesas sometés al músculo a un esfuerzo, pero después necesitás descanso. Si repetís la carga sin permitirle recuperarse, el cuerpo se debilita en lugar de fortalecerse.
Con la vida diaria ocurre algo parecido. Estudiar, trabajar o enfrentar retos no es necesariamente perjudicial. La dificultad aparece cuando no existen pausas suficientes y permanecemos conectados, disponibles y estimulados durante casi todo el día.
El teléfono puede complicar esa recuperación. Terminás una tarea y revisás mensajes. Tenés cinco minutos libres y abrís una red social. Incluso el momento previo a dormir puede convertirse en otra ronda de estímulos.
No se trata solo de quitarles el celular
Para Ben-Shahar, reducir el tiempo de pantalla tiene más sentido cuando se ofrecen experiencias que puedan ocupar ese espacio. “Lo que necesitamos hacer es encontrar alternativas a la tecnología”, señaló.

En su familia, una de esas alternativas fue el deporte. Mientras sus hijos crecían procuraba que realizaran alguna actividad física de forma habitual. La razón iba más allá de mantenerse en movimiento: practicaban con otras personas, aprendían a comunicarse y enfrentaban frustraciones fuera del mundo virtual.
No necesitás convertir cada tarde en una agenda llena. Podés comenzar con opciones sencillas:
- Salir a caminar juntos sin llevar el teléfono en la mano.
- Practicar un deporte o una actividad que implique movimiento.
- Cocinar o hacer alguna tarea en familia.
- Dar espacio para encontrarse con amigos cara a cara.
- Leer, dibujar o resolver un juego que requiera atención.
- Permitir que se aburran sin ofrecer inmediatamente una pantalla.
El objetivo no es llenar cada minuto. Parte del aprendizaje también puede surgir cuando no hay nada programado.
El aburrimiento también tiene un lugar
Ben-Shahar contó el caso de una madre que limitaba las pantallas y escuchaba con frecuencia una queja de sus hijos: “Estoy aburrido”. Su respuesta era sencilla: “Está bien, cariño. Solo aburrite con dignidad”.
La frase encierra una idea práctica. El aburrimiento no siempre necesita una solución inmediata. Puede dar paso a la imaginación, la curiosidad, el descanso o a una conversación que no habría ocurrido si cada pausa estuviera ocupada por un dispositivo.
También compartió algunas reglas que aplicó en casa. Durante las comidas no había teléfonos y, cuando llevaba a sus hijos en carro, tampoco podían usarlos. “Yo no soy su Uber”, recordó que les decía. Podían conversar o permanecer en silencio, pero el trayecto no tenía que convertirse automáticamente en tiempo de pantalla.
Para los padres, sostener esos límites también exige paciencia. A veces es más fácil entregar el celular que acompañar el mal humor inicial que provoca dejarlo. Pero establecer espacios sin tecnología no significa castigar, sino permitir que otras experiencias tengan oportunidad de aparecer.
Las habilidades sociales necesitan práctica
Uno de sus argumentos más claros fue que relacionarnos con otros requiere entrenamiento. “La capacidad de interactuar socialmente es un músculo”, afirmó.
Esa habilidad se desarrolla mirando a alguien a los ojos, esperando turno para hablar, manejando un desacuerdo o acercándose a una persona nueva. En la vida real no siempre podés editar una respuesta, desaparecer de una conversación o evitar un conflicto.

Por eso Ben-Shahar considera importante que los jóvenes tengan experiencias donde puedan equivocarse, colaborar y resolver problemas. Incluso mencionó el valor de realizar algún trabajo apropiado para la edad como una forma de asumir responsabilidades y convivir con distintas personas.
“Mil amigos en redes sociales no sustituyen a un buen amigo”, resumió al hablar del valor de los vínculos presenciales.
Empezá con límites pequeños
No hace falta transformar todas las reglas de la casa de un día para otro. Podés comenzar identificando un momento que querás recuperar: la cena, un trayecto en carro, una hora antes de dormir o una salida familiar.
La clave está en que el límite sea claro y, de ser posible, que también lo respeten los adultos. Pedirle a un adolescente que guarde el celular mientras vos respondés mensajes durante la comida difícilmente transmite la idea que querés enseñar.
Ben-Shahar también extendió su reflexión a la inteligencia artificial. Comparó su impacto con la Revolución Industrial: así como las máquinas permitieron delegar parte del esfuerzo físico, las nuevas herramientas pueden llevarnos a delegar demasiado esfuerzo mental. Su propuesta no es rechazarlas, sino seguir ejercitando capacidades como leer, pensar, resolver problemas y aprender.
El desafío, entonces, no consiste en criar jóvenes alejados de la tecnología, sino capaces de usarla sin que sustituya todo lo demás. Hay un mundo fuera de la pantalla que todavía necesita ser vivido: conversaciones, deporte, silencio, aburrimiento, errores y amistades.
A veces, cuidar el bienestar no requiere agregar algo nuevo. Puede comenzar simplemente por hacer espacio para volver a vivir lo que ya estaba ahí.
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