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Al maestro, con cariño

Este octubre, el escritor y maestro Francisco Andrés Escobar habría cumplido 80 años. Entregó su vida al trabajo docente, a la poesía, a la actuación, la dramaturgia y a la promoción cultural. Estas páginas son un homenaje y un recuerdo a su legado.

Por Carlos Cañas Dinarte | Sep 24, 2022- 07:30

Sus habilidades actorales le sirvieron a Paco Andrés en sus clases, recitales y conferencias. Foto: EDH / Archivo

Lo recuerdo ataviado con un traje blanco, bañado por una mortecina luz azul. Era en la Gran Sala del Teatro Nacional de San Salvador. Actuaba en el monólogo El diario de un loco, del ruso Nikolai Gógol. Su presencia, sus gestos y su voz llenaban el ambiente. Era 1984 y El Salvador se desangraba por la guerra.

Esa fue la mera que vi al escritor, actor, docente y promotor cultural Francisco Andrés Escobar Roque, nacido en Cojutepeque, el 10 de octubre de 1942, mientras el mundo libraba la Segunda Guerra Mundial. Lo leía semana a semana, gracias a una columna de temas culturales que él publicaba en Diario Latino, uno de los dos medios vespertinos que el país tenía por esos años. En la foto al lado del titular de sus artículos, aparecía con pelo largo y un chaleco de cuero, al estilo de los jipis. Muchos años después me contaría sus anécdotas de esa época, en que iba a ver películas estadounidenses e inglesas de jóvenes rebeldes, entre butacas en las que no era necesario llevar mariguana para fumar porque bastaba con respirar el humo que brotaba de decenas de aquellos asientos cercanos.

Venido al mundo en un hogar pobre y campesino, su infancia se desarrolló en medio de diversas privaciones, con ceremonias religiosas oficiadas en casas que, una vez concluidos esos rituales, tapaban las imágenes para proceder a sus normales actividades como casas de citas, lupanares o lugares de tolerancia. Todo eso quedó consignado en la mente de aquel niño, para después ser material literario vertido en otra columna de fin de semana, en las páginas de La Prensa Gráfica, después recogidas en su entrañable libro El país de donde vengo (2007 y 2015).

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Formado primero en la Escuela de Trabajo Social de El Salvador (1962-1964), el joven Francisco Andrés fue parte de los promotores sociales que colaboraron en la población de muchos condominios impulsados por el Instituto de Vivienda Urbana, IVU. Aquella labor era necesaria, en especial para lograr que familias de escasos recursos se acomodaran a residencias en comunidad y abandonaran sus prácticas de vida anterior, sobre todo las que atentaran contra sus hábitos de salud y de vecindad.

El maestro Francisco Andrés Escobar dedicó su vida a la docencia, la actuación, la literatura y la promoción cultural. Foto: EDH / Archivo

Después de trabajar por algún tiempo en Argentina al servicio de la Organización de Estados Americanos (OEA, 1967), retornó a El Salvador. La violencia bélica asomaba por el horizonte de la historia. De pensamiento y acción católica, Francisco Andrés entró a servir de lleno a las actividades pastorales impulsadas por monseñor Romero y sus colaboradores. Así, inició la publicación de una sección cultural en el semanario católico Orientación, la cual mantuvo durante varias décadas.

Inscrito en la Licenciatura en Ciencias Políticas de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA, 1974-1977), pronto sufriría en carne propia los embates de la violencia ultraderechista. Varias bombas fueron detonadas en el campus, mientras que estudiantes y docentes de esa carrera era perseguidos, exiliados o asesinados por los escuadrones de la muerte. Fue por entonces cuando asumió cátedras en el Departamento de Letras, al lado de notables docentes como Leonel Menéndez Quiroa, Eduardo Stein, Rafael Rodríguez Díaz, Ana María Nafría, etc. También le dio vida al programa Mediodías Culturales, en los que usaba las aulas magnas del campus para promover recitales poéticos, conciertos, representaciones breves de obras teatrales, etc, todo a precios muy accesibles. Para desplegar sus ideas, la revista institucional Estudios Centroamericanos (ECA) le abrió sus puertas, al igual que la revista Semana y diversas antologías publicadas en San Salvador por la Fundación Konrad Adenauer.

Vestido con camisas y pantalones negros, porque permaneció de luto durante todo el período de guerra, no era raro encontrarlo en el centro de San Salvador, con poemas de su creación. Los llevaba en las manos, impresos en largas tiras de papel. Los vendía. Con ese dinero ayudaba a muchas personas que sufrían por los desplazamientos forzosos a raíz de los combates, pero también apoyaba a personas afectadas por enfermedades, alcoholismo y drogadicción. Era una de las múltiples actividades silenciosas que desplegó a lo largo de su existencia.

En 1989, yo entré a estudiar la licenciatura en Letras en la UCA. Desde el año siguiente y hasta 1993, él fungió como decano de la Facultad de Ciencias del Hombre y la Naturaleza, a la que esa carrera estaba adscrita. Un día me lo encontré, muy temprano por la mañana, camino a la universidad. Le hablé y él me contestó de muy buen ánimo. Llegamos hasta el bosque de eucaliptos de la entrada del campus en amena plática. Al despedirnos, me preguntó mi nombre. Cuando se lo dije, hizo un gesto que jamás olvidaré y me dijo que conocía mi trabajo.

Unos cuantos meses después, Ana María, su secretaria en el decanato, me dijo que el maestro deseaba verme. Fui a su oficina. Era para notificarme que me había escogido, junto con un grupo de escritores noveles y periodistas en potencia, para que la Agencia Española de Cooperación Internacional nos otorgara becas para cubrir nuestros estudios en la UCA. Ese fue un enorme espaldarazo para mis afanes académicos.

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Paco Andrés siempre mantuvo abiertas las puertas de su oficina, de su mente y su corazón para quienes acudíamos a él en busca de consejos literarios o personales, pero también para deleitarnos con alguna anécdota, un café o un chiste. Resultaban memorables sus carcajadas y su amplio dominio de la vulgar lengua guanaca, al decir del intelectual Joaquín Meza. Maldecía como camionero, pero ejercía una lectura y corrección de textos como un auténtico purista de la lengua castellana. Por sus manos pasaron múltiples textos de autores como Carmen González Huguet, Jorge Galán, Claudia Hernández y muchos, muchos más.

En su trabajo audiovisual, actuó en El ausente no sale (producción televisiva basada en un cuento de José Roberto Cea, realizada por Ricardo Guevara y con actuaciones de Patricia Comandari, Mario Tenorio, Marisol Salinas Delgado y otros, Nueva San Salvador, Televisión Educativa, 1983. Este trabajo fue presentado en un festival de adaptaciones, desarrollado en la capital peruana) y en el largometraje Trampa para un gato (filmado en el norte del departamento de Morazán, por la compañía venezolana Jota y joropo, bajo la dirección del venezolano Manuel de Pedro, 1994), dedicado a la historia de la radio guerrillera Venceremos y en cuya producción también fungió como director del “casting” (elenco) salvadoreño.

Inauguración del tercer nivel del Edificio Francisco Andrés Escobar, abril de 2018. Foto: Imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://www.instagram.com/p/BhILcvBlUQB/?hl=es

Un ser dedicado a luchar contra las injusticias, un día acabó en los noticieros y portadas de medios. Se había liado a trompadas con un cobrador de bus, por la forma grosera en que el cafre lo trató a él y al resto de pasajeros de la unidad. En otra ocasión, otro de esos trabajadores del transporte le respondió a sus reclamos con una cuchillada directa al estómago. El bolso de cuero que siempre llevaba consigo detuvo la estocada. Para recordarlo con orgullo, mando a coser su bolso y lo mantuvo en uso. 

Durante años, me resultó frecuente encontrarlo en aeropuertos y poblaciones de Guatemala y Costa Rica. Le gustaba viajar, en especial con Mario, su hijo adoptivo. Era devoto visitante de palenques de gallos y disfrutaba de los ambientes más populares de la región centroamericana, al mismo tiempo que era fanático de las de las proyecciones de la Sala Garbo (1977), en la capital costarricense, de cuyos propietarios ingleses, Sir Nicholas “Nico” Baker y su esposa, era profundo amigo y confidente.

Cuando la UCA se involucró de lleno en el proyecto de reforma educativa iniciado en 1995, Paco Andrés se entregó en cuerpo y alma a ese proceso de reestructurar los currículos nacionales de Lengua y Literatura. Designado ese mismo año como Premio Nacional de Cultura, su discurso en Casa Presidencial fue un recuerdo afectuoso y agradecido a la vida y obra de Alberto Masferrer, Ignacio Ellacuría B. y monseñor Romero, a los que consideraba tres de sus pilares morales e intelectuales. Para entonces, la enfermedad que lo atraería a la tierra original ya estaba presente en el cuerpo de ese hombre, que pronto ocuparía un sillón como miembro de número de la Academia Salvadoreña de la Lengua.

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Paco Andrés trascendió el 9 de mayo de 2010, casi un mes después de que yo salí del territorio salvadoreño para jamás retornar. La UCA le rindió homenaje al designar con su nombre al edificio de Comunicaciones donde tuvo su último despacho de trabajo. Jorge Galán lo incorporó como personaje en su novela Noviembre, mientras que Carmen González Huguet lo cita en múltiples ocasiones en sus memorias aún inéditas. Sé que los doctores Ricardo Roque Baldovinos, Rafael Lara Martínez y otros exestudiantes y compañeros le han dedicado más trabajos académicos, pero la memoria del afecto no me permite recordar sus títulos en este momento.

Placa ubicada en el edificio que lleva su nombre, Foto: Imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://www.facebook.com/photo/?fbid=686563204798405&set=a.686562988131760

Una vez, en su oficina del Decanato en la UCA, Paco Andrés me contó que su hermano campesino le dio fuego a su rica biblioteca, que dejó guardada en aquella casa rural en un momento de extrema necesidad. Su hermano le dijo que aquel montón de papeles eran criadero de plagas y que por eso había destruido todas aquellas piezas, entre primeras ediciones, revistas, manuscritos y otros impresos. Cada vez que pienso en eso, creo -con Jorge Luis Borges- que el más allá de la existencia terrena es una inmensa biblioteca. Estoy seguro de que mi maestro y amigo tiene un cubículo asignado en ese sitio de la inmensidad, donde tiene al alcance todo el conocimiento del cosmos y que se deleita, minuto a minuto, en la lectura de lo más trascendente y trascendental, de casi todo para casi todos (como se titulaba su programa de radio en la YSUCA). Y si es que alguna vez se aburre, entra en largos debates con Alfredo Espino, Claudia Lars, Oswaldo Escobar Velado, Ignacio Ellacuría B., René Rodas y tantos otros seres que estimularon su creatividad y sus ganas de exprimir la vida hasta sus últimas consecuencias.

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