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Hace cien años, la muerte bajó entre las aguas

En la madrugada del lunes 12 de junio de 1922, San Salvador y Colón se vistieron de luto. Los caudales del río Acelhuate y del Arenal de Candelaria crecieron, se desbordaron, anegaron y destruyeron grandes sectores de los barrios capitalinos Candelaria, La Vega, El Calvario y San Jacinto.

Por Carlos Cañas Dinarte | Jun 11, 2022- 05:22

El sábado 10 de junio de 1922 inició un fuerte temporal sobre San Salvador y otros puntos del territorio nacional. Foto EDH/ Imagen procedente de la colección familiar Viaud-Kunny, San Salvador.

El viernes 14 de octubre de 1921 cayeron 24 horas de lluvia continua sobre la capital salvadoreña. La humedad relativa fue de 97 %, el viento predominante provino del oriente, la temperatura osciló entre los 18.0 y 21.8 grados Celsius y la lluvia caída ascendió a 51 mililitros/metro cuadrado/minuto.

El Observatorio Meteorológico Nacional, dirigido por el ingeniero Pedro Salvador Fonseca y su ayudante Antonio Cardona, hizo el registro científico del meteoro. La lluvia taponó muchos desagües, cañerías y llenó de lodo varios cauces fluviales y lacustres, como el del Ilopango. Sumido aún en el letargo tras los festejos del centenario de la independencia, el gobierno no procedió con las labores de limpieza necesarias ni con la verificación de daños en drenajes, colectores, cañerías y puentes. La temporada de huracanes y lluvias terminó tres semanas después, pero la semilla para un desastre futuro ya quedaba sembrada.

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El sábado 10 de junio de 1922 inició un fuerte temporal sobre San Salvador y otros puntos del territorio nacional. En la madrugada del lunes 12, el Observatorio registró 24 horas de precipitaciones, 93 % de humedad relativa, un viento dominante de 9 metros/seg, con origen desde el sur. La temperatura osciló entre 18.6 y 25.0 grados Celsius, mientras que el pluviómetro registró un total de 135.4 mililitros/metro cuadrado/minuto, 80 de los cuales cayeron tan sólo entre las 8 y 9 de la mañana.

Fotografía estereoscópica, revelada sobre cristales, permite observar la magnitud de los daños provocados por la inundación en el sur de San Salvador. Imágenes procedentes de la colección familiar Viaud-Kunny, San Salvador.

Por el volumen de las precipitaciones, el colector general de cemento, instalado desde el Zanjón Zurita hasta las cercanías del Acelhuate, colapsó y perdió 30 de sus 1,397 metros de extensión. Por eso, fue necesario derivar su contenido hacia la barranca o quebrada del Barrio Cisneros. Un poco más allá, la cloaca madre de los barrios Candelaria y La Vega no dio abasto y se destruyó por completo. Aguas sucias y tumultuosas comenzaron a arrasarlo todo a su paso, en medio de la oscuridad de la noche y la madrugada de aquel fatídico lunes 12 de junio de 1922. 

A la destrucción sembrada por el río Acelhuate se unió la de las aguas del barranco El Arenal, en Candelaria, que se encargaron de causar más desolación. Calles y avenidas afectadas por agua y lodo, edificaciones y puentes destruidos o dañados, tranvías volcados, centenares de animales domésticos, de tiro y de corral muertos, etc. Un amplio cuadro de devastación se alzó en pocas horas en una de las partes más pobres y más densamente pobladas de la capital salvadoreña, al igual que en el municipio de Colón (departamento de La Libertad), donde se reportó la pérdida mortal de 24 personas entre el furor de las aguas que bajaron por los barrancos y quebradas del antiguo Callejón del Guarumal.

Imagen procedente de la colección familiar Viaud-Kunny, San Salvador.

Además de decenas de casas particulares, en el sur de San Salvador fueron destruidos el puente de la finca Modelo (cuyo terreno quedó sepultado bajo 1.5 metros de lodo), un beneficio de café, una fábrica de velas y otra de aguardiente. Los servicios de electricidad, tranvías eléctricos y de tiro animal, autobuses, ferrocarriles y telégrafos fueron interrumpidos por los daños en todas esas redes de infraestructura pública y privada.

En el interior del país, muchas carreteras y caminos fueron obstruidos por derrumbes de lodo, piedras y árboles. Fuera de la destrucción del puente Bolaños sobre el río Jiboa (San Vicente), también se desbordaron los ríos Acahuapa (San Vicente) y San José (Metapán, Santa Ana), así como la quebrada Izcatal (San Ildefonso, San Vicente). En las zonas de Apopa, Guazapa y Colima (donde confluyen el Acelhuate y el Lempa) fueron recuperados decenas de cadáveres, que fueron sepultados sin identificar. Lo cierto es que nunca se supo la cantidad exacta de víctimas mortales. Un velo de silencio oficial cayó sobre esta gravísima situación, cuyas consecuencias materiales fueron estimadas en 2 millones de dólares.

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Por orden presidencial, en la mañana del 12 fueron activados los servicios completos del ejército, Policía de Línea, Guardia Nacional y Cruz Roja Salvadoreña. El gobierno presidido por Jorge Meléndez Ramírez y muchas personas altruistas destinaron los transportes militares, oficiales y privados para conducir a cientos de personas damnificadas hacia albergues abiertos en centros educativos y otras instalaciones gubernamentales, como la Sala Cuna, el Gimnasio Nacional, la Dirección de Caminos, los teatros Colón, Principal y Variedades y el Campo de Marte, entre cuyas tiendas de campaña laboró durante varios meses Salarrué, entonces de 22 años.

Durante la continuación de su sesión ordinaria 26, iniciada a las 9 horas del martes 13 de junio en el Salón Azul del Palacio Nacional, la Asamblea Legislativa decretó duelo nacional y destinó una partida especial de 50 mil colones para atender la emergencia. Esa cifra fue administrada por un Comité Central de Auxilios, fundado por el Poder Ejecutivo en la mañana del 14 de junio y en el que integró al arzobispo capitalino Dr. Antonio Adolfo Pérez y Aguilar, al Dr. Federico Yúdice (presidente del Consejo Supremo de la Cruz Roja Salvadoreña) y a varias personas representativas de la banca, medicina e intelectualidad nacionales. En su edición del 13 de junio, el Diario Oficial ofreció un sentido editorial.

Imagen procedente de la colección familiar Viaud-Kunny, San Salvador.

En la noche del 13 de junio, la corresponsalía de la agencia internacional de prensa Associated Press (AP) emitió un cable, que fue divulgado en diversos medios estadounidenses y de otros países: “San Salvador reducida a ruinas”. El escrito cifraba en 300 las personas fallecidas en la tragedia capitalina y varios centenares de heridos. Entre los de máxima gravedad se encontraba el bachiller Gilberto Lemus, diputado propietario por el departamento de San Salvador.

Como respuesta ante la conmoción salvadoreña, la Cruz Roja estadounidense destinó 7,500 dólares de sus fondos, a los que se unieron otros 2,500 suministrados por la Legación u oficina diplomática de esa nación norteamericana en San Salvador. Otros donativos económicos llegaron desde los gobiernos de México, Guatemala y Nicaragua, la empresa ferrocarrilera IRCA y los consulados salvadoreños en San Francisco, Nueva York y San José (Costa Rica). El reparto de todo el dinero y materiales recaudados entre los damnificados fue organizado por los canónigos Dres. Antonio Adolfo Pérez y Aguilar y Roque Orellana.

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¿Fue esa tragedia el resultado de un huracán? Reportes telegráficos de varios veleros y buques en la zona del Caribe centroamericano reportaron en su momento la existencia de una depresión tropical activa en el cabo Gracias a Dios, en la frontera entre Honduras y Nicaragua. Ese fenómeno se desplazó con una rapidez estimada en 55 km por hora hacia el noroeste y pasó por los estados mexicanos de Yucatán y Quintana Roo. Dos días más tarde, al llegar al golfo de México, el meteoro se había transformado en una tormenta tropical, con vientos sostenidos de 85 km/h. Con esa fuerza golpeó al estado mexicano de Tamaulipas y al estadounidense de Texas, donde desbordó al río Grande. En ambos sitios, los daños en cosechas e infraestructuras públicas y privadas fueron estimados en más de 5 millones de dólares.

Imagen procedente de la colección familiar Viaud-Kunny, San Salvador.

Pocos días después de aquella gran tribulación capitalina y nacional, los ingenieros Jacinto Castellanos y Brutus Targa Dubois emitieron sendos informes acerca del estado general de los quince puentes para peatones, vehículos, ferrocarril y tranvía existentes en el área urbana de San Salvador. Catorce necesitaban algún tipo de reparación, para lo que urgían la inversión general de 18,150 colones. El puente de la Finca Modelo tendría que ser reconstruido por completo. Las Juntas de Fomento de los diversos departamentos ordenaron limpieza de escombros y derrumbes, mientras que el Ministerio de Gobernación le ordenó a la Alcaldía Municipal de San Salvador que no otorgara licencias para reconstruir viviendas en las riberas del Acelhuate y del Arenal de Candelaria. Con el paso de los años, esa medida pasó al olvido.

Frente a esa inundación, la decisión más importante que adoptaron las autoridades de Obras Públicas del país fue la de estudiar y desarrollar las labores de instalación de acueductos y alcantarillados metálicos en la capital, así como permitir las labores de pavimentado de sus calles y avenidas. Al año siguiente daría inicio ese largo proceso, que no se culminaría sino hasta 25 años más tarde. 

Imagen procedente de la colección familiar Viaud-Kunny, San Salvador.

En homenaje a las víctimas mortales de aquella inundación, el 27 de junio y 12 de julio de 1922 se efectuaron honras fúnebres y solemnes misas en Catedral Metropolitana y al aire libre, presididas por el arzobispo Dr. Antonio Adolfo Pérez y Aguilar y por el obispo de San Miguel. El dinero popular colectado permitió construir una cruz conmemorativa, instalada en uno de los jardines adyacentes del antiguo templo católico del barrio de Candelaria.

Portada de periódico cedida por la Biblioteca del Congreso, Washington D. C.

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