Por qué algunos abuelos ya no quieren que les digan abuelos
Cada vez más familias usan apodos propios para los abuelos. No es rechazo al rol, sino una forma más personal de vivir esta etapa.
Convertirse en abuelo o abuela puede ser una de las experiencias más emocionantes de la vida familiar, pero no todos se sienten cómodos con que les digan “abuela” o “abuelo”. Para algunas personas, esas palabras son tiernas, entrañables y llenas de historia. Para otras, suenan demasiado formales o asociadas a una imagen de vejez que no coincide con cómo se sienten hoy. Por eso, los nuevos nombres para abuelos se han vuelto una forma creativa de expresar identidad, cercanía y complicidad con los nietos.
La tendencia no significa que las palabras tradicionales estén desapareciendo. Más bien habla de familias más diversas, generaciones más activas y vínculos que se construyen con mayor libertad. Hoy hay abuelos que trabajan, viajan, hacen ejercicio, emprenden, salen con amigos, cuidan su estilo y no sienten que el nombre clásico refleje del todo su momento vital.
AARP, organización enfocada en temas de personas mayores y envejecimiento activo, señala en uno de sus artículos sobre nombres de abuelas que muchas mujeres están redefiniendo esta etapa con apodos más personales, modernos o divertidos, como Mimi, Gigi, Nonna, Yaya o Lovey. La idea de fondo no es negar la edad, sino elegir un nombre que se sienta propio y que acompañe mejor la relación familiar.
Cuando el nombre no calza con la energía
El punto no es competir con los hijos ni fingir que el tiempo no pasa. Es algo más emocional: cómo una persona se reconoce en una nueva etapa. Para algunos, “abuelo” o “abuela” trae recuerdos maravillosos de infancia. Para otros, evoca una imagen demasiado solemne, quieta o antigua.
Good Housekeeping cita a Ellen J. Klausner, psicóloga clínica especializada en temas psicológicos de personas mayores, quien explica que hoy existe mayor flexibilidad en la forma de llamar a los abuelos. Según la especialista, a muchos baby boomers les cuesta conciliar una personalidad activa y vital con nombres tradicionales que no siempre se ajustan a su autoimagen.
Ese matiz ayuda a entender por qué algunos prefieren nombres más frescos, tiernos o inventados. No es que quieran ser menos abuelos. Es que quieren vivir ese vínculo a su manera, con un nombre que no les quede como ropa prestada.
Apodos que nacen de la familia
En muchas casas, el nombre del abuelo o la abuela no se decide en una reunión formal. Simplemente aparece. A veces lo inventa el primer nieto cuando aprende a hablar. A veces nace de una broma familiar, de una palabra mal pronunciada, de un diminutivo, de una tradición cultural o de una mezcla entre cariño y ocurrencia.

Puede ser “Nana”, “Nono”, “Yaya”, “Mimi”, “Tata”, “Lita”, “Abu”, “Güeli” o cualquier apodo que tenga sentido dentro de esa familia. Algunos suenan más modernos, otros más tiernos y otros totalmente inventados. Lo bonito es que, cuando el nombre se queda, se vuelve parte de la historia familiar.
También hay razones prácticas. En familias grandes, reconstituidas o con bisabuelos vivos, puede haber varios abuelos y abuelas al mismo tiempo. Usar nombres distintos ayuda a diferenciarlos y evita confusiones. No es lo mismo decir “vamos donde la abuela” cuando hay tres abuelas amorosas esperando turno.
La tradición también tiene su encanto
Así como algunos buscan un nombre nuevo, otros se emocionan con los de toda la vida. Para muchas personas, que un nieto les diga “abuela” o “abuelo” es un regalo. Les conecta con sus propios abuelos, con la infancia, con la mesa familiar, con los domingos, con los cuidados recibidos y con una tradición que quieren continuar.
AARP también recoge que, aunque hay más creatividad, muchas familias siguen usando nombres clásicos o variaciones heredadas por cultura, idioma o historia familiar. En otras palabras, no hay una moda única: hay más opciones sobre la mesa.
Esa es la parte más bonita del tema. El nombre puede ser moderno, tradicional, inventado o heredado. Lo importante es que tenga sentido para quienes lo usan y que nazca desde el cariño, no desde la obligación.
Cómo elegir un nombre sin drama familiar
Aunque parezca un detalle pequeño, el nombre puede tocar fibras sensibles. Tal vez una abuela sueña con que le digan “Nana”, pero la familia insiste en “abuela”. O quizá alguien quiere conservar el nombre tradicional porque le da orgullo y pertenencia. La clave está en hablarlo con naturalidad, sin burlas ni imposiciones.
Algunas ideas para elegirlo mejor:
- Preguntar al futuro abuelo o abuela cómo le gustaría ser llamado.
- Tomar en cuenta tradiciones familiares o culturales.
- Evitar nombres que incomoden a otro abuelo cercano.
- Dejar espacio para que el nieto termine adaptándolo.
- No forzar un apodo demasiado elaborado si no fluye.
- Aceptar que el nombre puede cambiar con el tiempo.
A veces los adultos eligen un nombre perfecto y el niño lo transforma en algo inesperado. Y, curiosamente, ese suele ser el que gana.
El vínculo importa más que el título
Al final, lo que hace especial a un abuelo no es el nombre, sino la relación. Es quien escucha historias repetidas con paciencia, celebra logros pequeños, consiente un poco, aconseja cuando puede y deja recuerdos que acompañan toda la vida.
Que alguien prefiera no ser llamado “abuelo” no significa que rechace el rol. Puede significar que quiere vivirlo con autenticidad, alegría y desde su propia identidad. Y que alguien sí quiera ese nombre clásico tampoco lo vuelve antiguo: lo vuelve parte de una cadena de afectos.
Los abuelos de hoy pueden tener tenis, agenda llena, grupo de WhatsApp, proyectos pendientes y nietos que los llaman de formas inesperadas. Lo importante es que, detrás del apodo, haya presencia. Porque ya sea “abuela”, “Tata”, “Nana” o “Mimi”, el verdadero nombre que queda en la memoria suele ser el mismo: amor.
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