Lo que tu cansancio crónico está tratando de decirte
La inflamación crónica de bajo grado puede estar detrás de tu fatiga persistente, neblina mental y malestar diario. Una experta explica cómo detectarla y qué hacer.
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EFE
Publicado el 26 de febrero de 2026
La inflamación crónica de bajo grado es un proceso silencioso que puede estar detrás del cansancio persistente, la neblina mental y molestias digestivas o articulares. Según EFE, la nutricionista Isabel Raya explica que se trata de una respuesta mantenida del sistema inmunitario cuando ciertos factores no se resuelven. Si no se atiende, puede asociarse a enfermedades metabólicas, cardiovasculares, neurodegenerativas o autoinmunes. Detectarla requiere valorar síntomas persistentes y marcadores como la proteína C reactiva ultrasensible. La experta propone un enfoque integral: mejorar alimentación, descanso, actividad física y gestión del estrés para reducir la inflamación y mejorar la calidad de vida.
La inflamación crónica de bajo grado es un proceso silencioso que puede explicar el cansancio crónico, la fatiga persistente y otros síntomas que muchas personas normalizan, según publica EFE. La nutricionista y bióloga Isabel Raya advierte que se trata de una respuesta sostenida del sistema inmunitario que, si no se aborda a tiempo, puede afectar el metabolismo, el descanso, la salud cardiovascular y el bienestar general.
La inflamación es un mecanismo natural de defensa. El cuerpo la activa frente a infecciones o agentes externos, como ciertos alimentos que no sientan bien. El problema aparece cuando esos factores no se resuelven y el organismo permanece en un estado de alerta constante.
Raya, quien ha trabajado durante años para Naciones Unidas y ha colaborado con la Organización Mundial de la Salud en proyectos vinculados a la salud pública y el desarrollo sostenible, explica a EFE Salud que esta inflamación puede ser local, por ejemplo en el intestino, o sistémica, con distintos focos activos en el cuerpo.
“Es muy importante que separemos lo que persiste de lo que aparece de forma puntual”, señala.
La inflamación silenciosa que se vuelve costumbre
A diferencia de la inflamación aguda, que genera dolor visible o hinchazón evidente, la inflamación crónica de bajo grado actúa de forma discreta. No paraliza, no obliga a parar, pero tampoco desaparece.
La experta lo describe con una imagen clara: “Se parece más a una alarma de incendios que suena muy bajito, pero de manera continua. No molesta lo suficiente como para reaccionar, pero tampoco se apaga. Con el tiempo, uno se acostumbra al sonido y deja de prestarle atención, aunque el problema siga ahí”.
Ese acostumbramiento es uno de los mayores riesgos. Muchas personas integran el malestar en su rutina diaria y dejan de cuestionarlo.

“El sistema inmunitario se desgasta, empleamos muchos más recursos, intenta resolver eso y es como un pequeño fuego que cada vez se va haciendo más grande”, subraya Raya.
Síntomas de inflamación crónica que no deberías ignorar
No hay una señal única que marque el inicio. Según la nutricionista, los síntomas dependen del contexto individual y suelen ser persistentes más que intensos.
Entre los más habituales se encuentran:
- Fatiga persistente, incluso después de haber dormido suficientes horas.
- Sensación de agotamiento con dificultad para conciliar el sueño.
- Sueño poco reparador.
- Molestias frecuentes, rigidez corporal o inflamación articular, especialmente al levantarse.
- Problemas digestivos como hinchazón constante, digestiones pesadas o irregularidad intestinal.
- Irritabilidad o cambios en el estado de ánimo.
- Dificultad para concentrarse y neblina mental, asociadas a inflamación a nivel cerebral.
Raya insiste en que no se trata de síntomas aislados, sino de señales que persisten en el tiempo. “Llega un momento en el que nos acostumbramos tanto a ese estado de malestar diario que se nos olvida lo bien que puede funcionar un organismo cuando está realmente bien”, afirma.
Cuando el cansancio crónico puede ser algo más
Ignorar estas señales puede tener consecuencias. La especialista advierte que actuar temprano es clave para evitar complicaciones mayores.
Entre las patologías asociadas a estados inflamatorios persistentes menciona enfermedades metabólicas como la diabetes tipo 2 y la enfermedad cardiovascular, patologías neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer y enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide.
El mensaje no es alarmista, sino preventivo. Según Raya, existe una capacidad real de mejorar la calidad de vida si se interviene antes de que el proceso se consolide.
Escuchar el cuerpo es el primer paso. Identificar patrones repetidos, registrar cambios en energía, sueño o digestión y no asumir que el malestar es parte inevitable de la vida adulta puede marcar la diferencia.
Cómo saber si hay inflamación crónica de bajo grado
Una vez que se detectan señales persistentes, la recomendación es acudir a un profesional de la salud para una valoración integral. No basta con una analítica aislada.
El especialista evaluará la historia clínica, el estilo de vida y el contexto general. Existen marcadores que pueden orientar, aunque siempre deben interpretarse dentro de un análisis global.
Uno de los más utilizados es la proteína C reactiva ultrasensible, conocida como PCR-us. También la ferritina puede ayudar a detectar niveles de inflamación.
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En el plano metabólico, se revisan el perfil lipídico y parámetros como la insulina en sangre, ya que la resistencia a esta hormona y otras alteraciones metabólicas se asocian con inflamación crónica de bajo grado.
Diferencias según sexo y edad
“La inflamación crónica de bajo grado afecta tanto a mujeres como a hombres”, explica Isabel Raya. Sin embargo, existen matices hormonales.
Durante la etapa fértil, los estrógenos actúan como antiinflamatorios, lo que brinda cierta protección al cuerpo femenino antes de la perimenopausia. A partir de esa etapa, alrededor de los 40 años, la caída estrogénica puede aumentar la susceptibilidad a procesos inflamatorios.
La edad también influye. Con el paso del tiempo, el riesgo puede incrementarse, en parte porque se han normalizado síntomas durante décadas.
“Cuanto más vamos acumulando a nivel de edad, quizá porque llevemos normalizando cosas durante décadas, más cuidado tenemos que tener en el sentido de que eso realmente derive en algo serio”, advierte.
Las causas que pueden estar detrás
La alimentación es una pieza relevante, pero no la única. La experta enfatiza que la inflamación está profundamente relacionada con el estilo de vida.
Entre los factores que pueden influir destacan:
- Consumo frecuente de alimentos ultraprocesados, azúcares y harinas refinadas.
- Descanso insuficiente o de baja calidad.
- Sedentarismo y pérdida de masa muscular.
- Estrés sostenido.
- Calidad de las relaciones sociales.
- Entorno y exposición limitada a la naturaleza o a la luz solar.
“Toda esa cantidad de ‘inputs’ que entran en nuestro día a día, al final, en nuestro cuerpo se traduce como información”, explica. Esa información puede favorecer el equilibrio o mantener activada la respuesta inflamatoria.
Más que una dieta, un enfoque integral
Raya propone dejar de hablar únicamente de alimentación antiinflamatoria y ampliar la mirada hacia un estilo de vida antiinflamatorio.
“En definitiva, no podemos hablar de que haya una sola cosa que nos va a resolver el problema, porque al final los seres humanos, por suerte, somos mucho más complejos que una sola variable”, reflexiona.
La especialista matiza que prefiere hablar de mejora más que de reversión total. Utiliza una metáfora sencilla: “Si tienes un fuego en la cocina, lo primero de todo que tienes que hacer es retirar lo que lo está provocando”.
Muchas personas buscan añadir alimentos o suplementos como la cúrcuma o la leche dorada sin antes eliminar aquello que sostiene el problema.
“Muchas veces queremos seguir con la mano todavía puesta donde quema, en la parte de la placa que quema, pero a la vez quiero meter ese alimento antiinflamatorio que me va a solucionar”, añade.
Reducir ultraprocesados, exceso de azúcar, harinas refinadas y alcohol es una acción clave. A eso se suma disminuir el sedentarismo, mantener el movimiento diario y cuidar la masa muscular.
La gestión del estrés es determinante. Incluso con buena alimentación y ejercicio, niveles elevados de tensión pueden mantener activado el sistema inflamatorio.
“Al final no es tanto qué puedo meter en mi dieta o qué fórmula mágica existe, sino también qué debo, de alguna forma, retirar para apagar ese fuego y cómo puedo mirar el estilo de vida en su conjunto”, concluye.
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