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El Salvador está de pie

El terremoto de enero de 2001 generó pérdidas y daños económicos por US$1,255.4 millones, fueron sobrepasadas por los costos y pérdidas producidos por la violencia en 2015, que se calculan en US$2,800 millones

 Este año se cumplieron quince años desde los terremotos de enero y febrero de 2001, que cobraron la vida de muchos salvadoreños e hicieron llorar a todo el país. Las imágenes de devastación y muerte de niños, jóvenes, adultos y ancianos nos consternaron e hicieron surgir entre nosotros un hermoso sentimiento de hermandad y solidaridad que nos unió como salvadoreños y que nos permitió seguir de pie. Este sentimiento fue más fuerte que cualquier problema que podíamos enfrentar: callamos la voz del miedo y de la polarización y dejamos nacer un grito de esperanza, confianza y patriotismo.

Según cifras del Servicio Nacional de Estudios Territoriales (SNET), los terremotos de enero y febrero de 2001 cobraron la vida de 1,259 personas. Sorprendentemente, esta cifra es mucho menor que la de las víctimas por homicidio registradas en 2015 por la PNC, que fue de 6,643. Dicho de otra manera: las personas que fallecieron como consecuencia de la criminalidad en nuestro país en 2015, fueron cinco veces más que todas las personas que fallecieron a raíz de los terremotos de enero y febrero de 2001. Esta es una realidad totalmente escalofriante. Y sin embargo, no existe en el ambiente la mínima parte del sentimiento de patriotismo que nos unió en 2001. Hemos callado la voz de la hermandad y la esperanza y hemos parido un grito de miedo, desesperanza y polarización. 

En su reciente presentación del Informe de Coyuntura Legal e Institucional, Fusades hizo una comparación entre los costos generados por el terremoto de enero de 2001, con los costos ocasionados por la violencia e inseguridad durante  2015. Increíblemente, las cifras de Cepal, que muestran que el terremoto de enero de 2001 generó pérdidas y daños económicos por US$1,255.4 millones, fueron sobrepasadas por los costos y pérdidas producidos por la violencia en 2015, que según el Presidente del Banco Central de Reserva, se calculan en US$2,800 millones. Esto significa que las pérdidas por los homicidios, las extorsiones, los asaltos, y el costo en seguridad privada, equivalen al doble de las pérdidas causadas por los deslaves, las viviendas dañadas, la infraestructura vial destruida y las pérdidas en producción por el terremoto. Ante esta realidad, el tanque de pensamiento concluyó que “el costo anual por la inseguridad en El Salvador equivale al de dos terremotos similares al de enero de 2001”. 

A pesar de que la violencia es algo con lo que aparentemente nos hemos acostumbrado a vivir a diario, esta comparación permite poner en perspectiva el daño que la violencia está generando, no solo al tejido social en El Salvador, sino también al desarrollo y al crecimiento del país, del cual todos dependemos. Las personas, que son el origen y fin del Estado, sufren cada vez más ante un Estado que no es capaz de garantizar la protección de su derecho a la vida, y ante una oposición que se retira de los espacios de diálogo y busca sacar tajada política de las circunstancias. En efecto, tal como muestran las cifras oficiales de la PNC, en el segundo semestre de 2015 murieron más personas víctimas de homicidio, que en todo el año 2014.

Si los criminales nos están matando a este ritmo, y los efectos de esta violencia son más mortíferos y devastadores que los últimos terremotos sufridos en el país, debería existir un ambiente de solidaridad y patriotismo, mayor que el que vivimos en 2001. Y sin embargo, estamos enfrascados en un fango llamado polarización, que no nos permite avanzar en los grandes temas de país. ¿Por qué no recuperamos el patriotismo y callamos de una vez por todas a la polarización? Las nuevas generaciones nos resistimos rotundamente a heredar pleitos de viejos. Tal como decía recientemente el nuevo Ministro de Justicia y Seguridad Pública: “si algo ha afectado el trabajo en el tema de seguridad, es la falta en nuestro país de una sola visión”.   

Es admirable como, aun así, El Salvador está de pie. Y está de pie porque su gente está de pie. Luchamos cada día por salir adelante y vamos a trabajar, esperando en Dios que regresaremos a casa por la tarde, sanos y salvos. Pero necesitamos recuperar nuestro patriotismo y hacer de la polarización una víctima más, antes de que haga de nosotros la siguiente víctima. ¡Dios te salve patria sagrada! 


*Abogado e investigador
@Arevalo_Rengifo