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Ni Robin Hood, ni lobo feroz

En todo caso, mientras sea el odio disfrazado de compasión el que mueva a los políticos (por no decir nada de ambiciones personales), difícilmente podremos encontrar una vía de salida estable a nuestros problemas políticos

Estos días se ha puesto de moda el socialismo. No solo aquí, sino también en muchos lugares del mundo. Pero mientras nosotros discutimos acerca de su viabilidad, en otras partes el argumento es qué se puede rescatar de un sistema político-económico a todas luces fracasado. 

Si le interesa el tema y ha tenido ocasión de discutir, seguramente fueron protagonistas de la plática los países nórdicos. Dinamarca, por ejemplo, es un país socialista en cuanto tiene un modelo de bienestar sustentado por una altísima cuota fiscal para sus ciudadanos, cuenta con un aparato de protección social envidiable y unos niveles muy considerables de gasto social. 

Sin embargo… en Dinamarca no hay salario mínimo, ni indemnización por despido, ni altas cotizaciones para la seguridad social. Lo que sí hay es un gasto público que sobrepasa el 50 % del PIB. De hecho, su mercado laboral es el quinto más libre del mundo, y el primero de Europa. Otros indicadores en los que Dinamarca arrasa son: protección de los derechos de propiedad privada, bajos niveles de corrupción, estabilidad monetaria, mínimo de trabas para emprender.

¿Cómo han hecho para hacer compatibles esos indicadores con una carga fiscal del 48 %, un gasto público del 57.2 % del PIB, y un macro Estado? La respuesta parece sencilla: trabajan. Sin embargo, también supone unos niveles de educación extraordinarios, funcionarios probos y eficaces, y una clase media amplia y sólida. 

Entonces ¿son socialistas o liberales, tienden a un gobierno que roba a los ricos para repartirlo a los pobres, o a uno que tolera la ley de la selva? Han llegado a una situación en la que son conscientes de que no es el Estado el que tiene que proveer de todo, sino que son los ciudadanos los que tienen que resolver sus problemas por su cuenta; pero, como no llegan por sí solos a todo, se organizan y dan al Estado unas potestades determinadas. 

De hecho no tienen expectativas desmesuradas. En esos países, por ejemplo, la salud funciona con un sistema de copago, que permite a los ciudadanos escoger calidad en el servicio, y al Estado distribuir más eficazmente los recursos públicos entre los distintos proveedores. 

¿Cómo pudieron hacerlo? Responde un experto: “en vez de aferrarse a la ortodoxia de un credo político, donde todos los elementos son aceptados o rechazados en bloque, los escandinavos optaron por una “visión exploradora”, abierta a aplicar distintos medios para alcanzar el fin deseado”, en lo que a políticas públicas y manejo de recaudación fiscal se refiere.

Este sistema supone renunciar de entrada, por parte de los que gobiernan o quieren gobernar (si se encuentran en campaña política), a realizar promesas imposibles de cumplir y a sostener hostilidad frente al adversario político, implica desechar moldes y clichés, obliga a tener expectativas moderadas y realistas, y a lograr acuerdos indispensables para la cohesión en beneficio de todo el país. 

Es obvio que los nórdicos no llegaron a esa situación de la noche a la mañana, como también queda fuera de cuestión que el socialismo puro y duro ha fracasado una y otra vez donde se ha intentado poner en marcha. No funciona cuando es alimentado por un romanticismo ingenuo, y menos cuando el motor que lo impulsa es el odio. 

La receta Robin Hood no tiene futuro más que para Robin Hood mismo, y por poco tiempo. Tampoco el lobo feroz lleva las de ganar. En todo caso, mientras sea el odio disfrazado de compasión el que mueva a los políticos (por no decir nada de ambiciones personales), difícilmente podremos encontrar una vía de salida estable a nuestros problemas políticos, que es lo mismo que decir nuestras dificultades sociales, económicas y de convivencia pacífica.

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare