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¿Pueden o no pueden?

Nos enteramos sobre la vida y los huérfanos de tanto policía que cae en batalla. Nos aumentan la rabia con la noticia que los mareros son capaces de parar el transporte, matando a ocho desafiantes motoristas

Nada para sentirnos orgullosos: un salvadoreño sabe distinguir entre un cuete y un balazo.

Entretenido con buena lectura estaba en una hamaca de San Sebastián, colgada bajo dos palos de coco, cuando ¡Bam, Bam, Bam!
“El gran poder, a quien se habrán quebrado” pensé, y ya no pude concentrarme en mi libro.

Sofocado y sudoroso se acerca el hermano Alfredo, a contarme que los tres plomazos acabaron con la vida de Conce, el hijo de su vecino. Que la niña Bibi había convencido al bicho que se saliera de la mara, acción que en el código de ética de la Salvatrucha, significa ejecución.
Conce estiró sus chancletas de instructor de surf, descansando después de sus clases del amanecer. Ya no pudo saborear el plátano que freía su mamá.

A pesar de que las “salvadorean waves” son cabeza y hombro más altas que las de Costa Rica, los hoteles del Sunzal están a medio vapor, pues los gringos prefieren la paz de la Suiza de Centroamérica. 

En El Salvador estamos en guerra. Casi cien mil mareros de diversas facciones y grados de trastorno mental, aplauden la ejecución de Conce, el traidor. Un ejército, tan populoso como juntas -- la PNC y la guardia--, que libra tres sangrientas batallas: contra el Estado, contra nosotros los ciudadanos y contra ellos mismos.

Estas tres ofensivas han silenciado a un promedio de 560 corazones mensuales, durante los primeros diez meses de este año.
Tampoco para sentirnos orgullosos, pero gracias a la actual carnicería, El Salvador recién le roba a Honduras, no la Isla Conejo, sino que el récord mundial como el país más violento del planeta.

Pareciera ser que a nuestro gobierno le conviene este penoso récord, quizás porque así puede hincarse ante la merced de países amigos, y castigarnos con más impuestos.

Es que durante seis años, vamos para atrás como el cangrejo. La mentada tregua no “furuló”, y el tiro por la culata salió. Durante casi dos años de “peace & love”, los mareros le jugaron la “chicagüita” al gobierno, armándose hasta los dientes, reclutando y extorsionando masivamente.
Los cabecillas bien sabían que dejarían de fumar la pipa de la paz, cuando salieran los trapos de la tregua al sol. Dicho y hecho, justo antes de las elecciones del año pasado, vuelven a sonar los tambores de guerra.

¡A conquistar territorio se ha dicho! Clarísimos de su ventaja en agilidad, anonimato y entrega a su código de ética. 

En la otra esquina, el mismo ministro de defensa, reportándose a dos presidentes que, de “security, me no understand english”.

Y es por eso que sabemos distinguir un balazo de un cuete, algo que ignorábamos durante la guerra, cuando sí se disparaba, pero no en nuestras narices.

Grueso pellejo han tenido que echar los periodistas. Sus cámaras, micrófonos y plumas, salpicadas de sangre, nos llevan a la morgue, adonde nos enteramos que hay más sábanas blancas que espacios para trabajar.

Nos enteramos sobre la vida y los huérfanos de tanto policía que cae en batalla. Nos aumentan la rabia con la noticia que los mareros son capaces de parar el transporte, matando a ocho desafiantes motoristas. Respiramos esperanza, cuando la Corte Suprema los declara terroristas.

Una esperanza efímera, pues mucho bla bla, sin ver la salida de semejante laberinto.

¿Qué pasó con el Plan Giuliani? ¿Es El Salvador Seguro un plan sincero, o puro show político, así como lo es El Festival del Buen Vivir? ¿Cuál será el destino de nuestra contribución especial “La seguridad es tarea de todos? 

Tarea de ustedes, señores del Frente, es sacar a nuestro buey de la barranca. 

¿Pueden o no pueden?

*Colaborador de El Diario de Hoy. 
tcalinalfaro@gmail.com