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“En Cárcel de Mujeres han muerto tres reclusas, pero nadie ha dicho nada”

El Diario de Hoy entrevistó a dos mujeres que fueron encarceladas injustamente, según ambas, acusadas de ser terroristas, y luego enviadas a Cárcel de Mujeres, en Ilopango, donde cientos de mujeres sobreviven en un infierno con un vaso de agua al día, duermen tres en un mismo catre, donde defecar sin permiso se castiga… y donde también han muerto reclusas de las que nadie ha dicho nada.

Por Jorge Beltrán Luna | Ago 22, 2022- 21:57

Las condiciones en Cárcel de Mujeres no son distintas de los centros penales para hombres. Hacinamiento, torturas físicas y psicológicas de parte de custodias y otros empleados, son el diario vivir. Foto EDH / Archivo

Aquella tarde de abril, Adelaida y Sofía (nombres ficticios para proteger a las fuentes) sintieron que el mundo se les terminó cuando las puertas de Cárcel de Mujeres se cerraron tras de ellas. Sin saberlo, en ese momento estaban entrando a otro mundo; un mundo totalmente desconocido para ellas.

Ninguna de las dos había puesto un pie en cárcel alguna y por eso sentir que las puertas eran cerradas tras de sí, les quebró el ánimo. Y fue en ese momento cuando comenzaron a escuchar una frase que por más de dos meses escucharían de boca de las custodias y del mismo director de esa prisión cuando alguien se quejaba de las condiciones del encierro: “Y cuando se comían el dinero de la renta (extorsión de pandilleros) por qué no se quejaba… Y cuando colaboraban con los pandilleros…”.


HOY SE CUMPLEN 150 DÍAS DESDE QUE SE DECRETÓ RÉGIMEN DE EXCEPCIÓN. EN ESTE CONTEXTO, EL DIARIO DE HOY RECOGE UN RESUMEN DE LAS PRINCIPALES VIOLACIONES A DERECHOS HUMANOS Y ADVERTENCIAS DE CÓMO SE SISTEMATIZAN LOS ABUSOS DE PODER.


Ni Sofía ni Adelaida habían cometido delito alguno en su vida, jamás se habían aprovechado de un centavo de las extorsiones de pandillas y nunca habían colaborado con esos grupos, aseguran.

Pero de repente se vieron en un habitáculo donde llegaron a estar 400 mujeres aproximadamente, todas capturadas bajo régimen de excepción, donde solo había tres baños y tres inodoros; donde no se podía ir a defecar si no se tenía la autorización de las encargadas de la celda, mujeres a las que las custodias les asignaban de palabra ese cargo por el hecho de que antes ya habían estado en prisión por otras causas judiciales.

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Cuando Sofía y Adelaida llegaron a la celda donde permanecieron por dos meses, ya había unas 50 mujeres. Y cada día entraban una media de 25 hasta que ya no había espacio ni para caminar.

Al siguiente día, en la mañana supieron que sólo tendrían dos guacales pequeños, muy pequeños, de agua para bañarse. Prácticamente es la cantidad de agua que una persona podría ocupar para lavarse la cara al despertar. Ese mismo día se enteraron que solo podían orinar y defecar una vez al día.

Cuando ya la bartolina estaba repleta, hubo días que contaron hasta cuarenta mujeres haciendo fila para entrar a los inodoros (que realmente apestaban), mientras las encargadas regañaban a quienes no salían rápido. La recomendación era que se pusieran en la fila cuando estuvieran seguras de que no tardarían en defecar, para no hacer esperar a las demás. “Si van al baño, vayan listas”, les decía la encargada de la celda.

Pronto se enteraron del valor del agua: al día solo les daban el equivalente a un vaso de agua. Al retrete solo le podían echar agua para que se fueran las heces, cuando ya habían hecho 10 reclusas. Usar el inodoro sin permiso era castigado con la limpieza de los mismos o con sentadillas o abdominales.

De acuerdo con el relato de dos exreclusas de Cárcel de Mujeres, solo en mayo, tres mujeres murieron en esa prisión. Eran dos adultas y una joven, de lo cual nadie ha dicho nada. Para ellas era imposible saber el nombre de cada una de las víctimas, aseguran. Foto EDH / Archivo

A pesar de que en la celda estaban revueltas las civiles, pandilleras y quienes tenían tatuajes artísticos, generalmente adentro había solidaridad. Por ejemplo, se compartía la comida y el contenido de los paquetes que les enviaban sus familiares con quienes nunca recibían el paquete bien porque la familia no tenía los 100 o 200 dólares para comprarlo o porque eran de muy lejos.

Para 400 reclusas sólo había 23 catres dobles, es decir, 46 camas como de un metro de ancho; en donde dormían tres de costado. Estas camas, según Sofía y Adelaida, eran asignadas con prioridad a las más viejas o enfermas.

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El resto de reclusas dormían en el suelo o sentadas porque no había espacio suficiente. Algunas veces se pateaban entre ellas cuando alguna intentaba caminar por entre la tendalada de mujeres que intentaban conciliar el sueño o solo cerraban sus ojos para llorar en silencio.

Sofía dice que lloró los primeros cinco días continuos. ¿Cómo la estarían pasando sus hijos? ¿Cómo estarían haciendo con el pequeño negocio de pupusas?

“Si te patean no tienes que quejarte”, dice Adelaida, quien detalla que el hacinamiento, el calor, cualquier cosa puede caldear los ánimos y armarse discusiones o trifulcas.

En la celda en que ambas estuvieron solo se registró un incidente de violencia que dejó una reclusa con el tobillo quebrado. Recuerdan que se llama Soraya, era originaria de Verapaz, San Vicente.

Recuerdan que a Soraya la llevaron al hospital de San Bartolo, en Ilopango, la dieron tratamiento para el tobillo roto pero el mismo día la regresaron a la cárcel. Según Sofía y Adelaida, Soraya trabajaba en una venta de helados cuando llegaron a apresarla. Ella juraba que era injusta su captura.

A las carencias de agua, malas condiciones de higiene y la ira a ras de piel, se sumaba los padecimientos de algunas reclusas con enfermedades crónicas o que requieren atención médica continua. Una fiebre, unos gritos de dolor no son considerados emergencia por las custodias.

Hasta que alguien caía desmayada, las demás gritaban: ¡Emergencia!, ¡emergencia!. Las custodias llegaban y evaluaban si la sacaban para llevarla a la clínica.

Adelaida asegura que en Cárcel de Mujeres nunca entregan los medicamentos a tiempo. Los entregan una o dos semanas después de que la familia los ha llevado.

Las muertas de las que no se sabe

En Cárcel de Mujeres la tortura psicológica la ejercen empleados de todo nivel. Las custodias suelen gritarles a las reclusas que se quejan de algo o cuando piden que las saquen a la clínica por una dolencia: “pero bien que se comían la renta… mejor se hubieran corrido para que no estuvieran aquí”, eran frases recurrentes, según Adelaida y Sofía.

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Con esta última frase querían dar a entender que si se hubieran corrido, los soldados o policías las habrían matado y de esa forma hubiesen evitado estar en ese infierno que se convierte para las mujeres que nunca han estado en una prisión.

En los 150 días de régimen de excepción, se ha conocido de aproximadamente 70 reos que murieron mientras estaban en prisión, bajo la responsabilidad de agentes del Estado. De momento todos los muertos han sido hombres.

Sin embargo, a Sofía y Adelaida les parece raro que nada se diga de las reclusas que ellas supieron que murieron en los dos meses que estuvieron en Cárcel de Mujeres.

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Solo el hecho de pensar en cómo estarán los hijos allá afuera, ya es una tortura para cualquiera, relata Sofía, quien estuvo en Cárcel de Mujeres entre abril y junio, sin haber cometido delito, afirma. Foto EDH / Archivo

La primera fue una joven a la que después de una trifulca la metieron a un calabozo, es decir, la aislaron en una celda. Ella fue encontrada muerta y las custodias dijeron que había muerto de un paro cardíaco.

Esa mujer, según Sofía y Adelaida, fue metida injustamente al calabozo, porque ella no había sido quien inició una pelea con otra reclusa. Pero las custodias creyeron la mentira que les dio quien comenzó.

También recuerdan el caso de una joven y una señora ya de bastante edad (madre e hija). Un día la señora se puso tan grave que no podía caminar. La llevaron al hospital de San Bartolo, donde murió. La hija lloraba porque no le dieron permiso de ir al sepelio de su madre. Esto ocurrió en los mismos días que a Ingrid Xiomara Díaz se le murió la bebé y no le permitieron ir al entierro.

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En esos mismos días, el propio 10 de mayo murió una mujer que estaba en el sector conocido como La Galera, siempre en Cárcel de Mujeres.

Según Sofía y Adelaida, La Galera es un lugar que está en el primer nivel, es un espacio donde hay aproximadamente mil mujeres recluidas, sin paredes, solo techo y tela metálica: allí las mujeres permanecen como si fueran gallinas. En ese lugar no hay letrinas. Las reclusas defecan en bolsas que muchas veces derraman el contenido haciendo una pestilencia insoportable.

Al recordar todas esas condiciones, a la exreclusas les parece detestable que el procurador de derechos humanos, Apolonio Tobar, diga que las condiciones carcelarias están bien, que no hay violaciones a derechos humanos ni torturas.

Fotografiadas en las celdas

De acuerdo con Sofía y Adelaida, durante los dos meses que estuvieron detenidas, el director de esa cárcel llegó dos veces a visitarlas, pero no para mejorar las condiciones inhumanas sino para humillarlas. La primera vez fue cuando recién habían llegado. En esa ocasión lo escucharon decir que “el señor presidente lo que quería era ver muertas a todas esas viejas”.

Las condiciones en Cárcel de Mujeres no son distintas de los centros penales para hombres. Foto EDH / Archivo

Otra vez les dijo que él estaba consciente de que allí, en Cárcel de Mujeres, había mucha gente inocente pero que no podía hacer nada porque eran órdenes del presidente”. La última vez que lo vieron llegar fue con un fotógrafo. Les dijo que las fotos eran para mandárselas al presidente, para mostrarle cómo las tenían”.

“Es un daño irreparable que le está haciendo a mucha gente que no debe nada”, reflexiona Sofía, quien no para de llorar mientras recuerda las ocho semanas que estuvo sin derecho a nada.

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“Qué injusto es estar aquí sin haber hecho nada malo. Mi pecado es … vender tortillas, trabajar de tal cosa, vender pupusas, vender comida”, eso era lo que Sofía y Adelaida dijeron cuando llegaron a aquella celda… Eso es lo que escuchaban decir a quienes iban llegando.

Afortunadamente para Sofía y Adelaida, un día de junio, de repente, las llamaron a la alcaidía: iban libres. En cuanto el alcaide les dio la carta de libertad salieron de ese infierno, ya ni regresaron a la celda por sus pertenencias. Para ambas, que las hayan dejado libres es prueba de que no son terroristas ni colaboradoras de pandillas. Aseguran que son inocentes del delito por el que las metieron allí: agrupaciones ilícitas.

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