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Militares tratan diferente a los tatuados dependiendo de dónde viven

Jóvenes tatuados de una urbanización populosa de Ilopango y otros de colonias de clase media de Santa Tecla viven realidades distintas bajo el régimen de excepción.

Por Jonatan Funes | Ago 21, 2022- 21:23

Foto EDH/ Jonatan Funes

La rutina es la agresión física y verbal para luego investigar. Esto lo confirman jóvenes tatuados que viven en colonias conocidas por tener presencia de pandillas, es decir “rojas” en el lenguaje popular. Los jóvenes, adolescentes, ya eran víctimas de abusos antes del régimen de excepción, sobre todo por parte de militares, pero bajo la bandera del régimen de excepción, estar tatuado, es un delito.

Ponerse la mano sobre el cuello, mostrar el labio inferior, la lengua, los dedos, levantarse la camisa, y bajarse el pantalón hasta quedar desnudo, es el primer paso para colaborar mientras se es retenido. Luego inicia una minuciosa revisión de tatuajes para confirmar o descartar si son artísticos o alusivos a pandillas. Sin dejar de mencionar que la agresión física y verbal siempre está en cada ocasión.

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Salvador, nombre ficticio, vive en una urbanización de Ilopango con casas pequeñas y pasajes peatonales estrechos, una de esas que fueron proyectadas dando por hecho que el nivel económico de sus habitantes no les permitiría tener un vehículo propio frente a su casa. Ahí se han cometido muchos crímenes que hacen que los lugareños miren con recelo a cualquier extraño que entra en el territorio y que un extraño entre con desconfianza y temor al lugar.

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Jesús muestra sus tatuajes. Uno es el rostro de una india rebelde que es un homenaje a su mamá, la silueta de una sub ametralladora se suponía que sería un mensaje contra las armas, pero al tatuador se le terminó la tinta roja para hacer un círculo con una franja roja transversal sobre el arma. En el brazo izquierdo dice “Rodríguez” con la tipografía de un conocido artista del grafiti mexicano llamado “Malandro”.
Foto EDH/Jonatan Funes

Salvador narra cómo ha sido retenido y registrado por los mismos agentes del orden unas 15 veces durante el régimen de excepción y en 10 de ellas fue golpeado. Su forma de vestir y su cuerpo cubierto por tatuajes hacen que las autoridades lo tengan siempre en la mira.

Recién aprobado el régimen, y a escasos metros de su casa, lo detuvieron por primera vez unos soldados. Ahí recibió la primera golpiza, cuestionado por sus tatuajes. Al no encontrar ningún ilícito ni vinculación con las pandillas, lo liberaron después de un interrogatorio de media hora.

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Es de tarde y está oscureciendo sobre la urbanización. Dos niños juegan con pistolas de agua en uno de los parques, mientras que en una cancha polvosa tres hombres y dos mujeres practican sóftbol. Es el área verde del lugar y el espacio donde Salvador comparte tiempo y pláticas con sus amigos, otros jóvenes que también tiene tatuajes y que usan la ropa al alcance de sus bolsillos. “Lo he vivido en carne propia, me han parado más de 15 veces y me han golpeado más de 10 veces. Tengo amigos tatuados que son de Ciudad Merliot y ninguno me ha contado una experiencia así. Si vivís en una zona marginal, tienes que atenerte a esto”, expresó.

Salvador dice que ha recibido más golpes de los soldados que los que le daba su madre de pequeño. Pareciera que la forma de torturar tuviera una receta porque siempre son puñetazos en las costillas y patadas con bota forzando abrir sus piernas mientras su cabeza recibe coscorrones.

En el régimen de excepción, los policías y soldados golpean a todos por igual, seas blanco o moreno, al menos así piensa Jesús, nombre ficticio, quien también ha sido víctima de la brutalidad de los soldados. Un día recibió la visita de militares, llegaron a su casa porque unos vecinos denunciaron que ahí vivía una persona tatuada y que posiblemente era pandillero. Con palabras soeces y amenazantes ingresaron a la casa, lo acusaron de pandillero enfrente de su madre, esposa e hijo. Revisaron cada rincón buscando ilícitos. El cuerpo de Jesús comenzó a temblar de miedo mientras sus tatuajes eran analizados con detalle.

“Yo si les tengo miedo a los soldados. Me preguntaron si era pandillero por mis tatuajes, me hicieron que me quitara la camisa, la calzoneta, luego tuve que enseñarles los dedos, los labios. Cuando estaba desnudo, me decían que me iban a llevar y que me iba a podrir seis meses en investigación. A eso le tengo miedo”, explicó.

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”Buena vida, mala fama”, es la frase con la que ha tenido que soportar golpes y humillaciones de los soldados en estos meses de régimen de excepción.
Foto EDH/Jonatan Funes

A dos amigos suyos también los han agredido, les han cortado el cabello y uno de ellos ahora está en prisión. “En la madrugada llegaron los soldados a sacarlo de su casa, se lo llevaron preso por sus tatuajes”, explicó.

Mateo, nombre ficticio, es el amigo de Jesús, aprovecha la tarde para acompañar a su hijo a jugar fútbol. Mateo no tiene tatuajes, no tiene aritos, su delito es andar de pelo largo y ropa holgada, la moda actual entre los jóvenes. Relata como los soldados pasaron de acosarlo y revisarlo a tirarlo al suelo a punta del fusil por defender a su hijo. Una tarde, su hijo se dirigía a jugar fútbol y fue detenido por los soldados, estos le apretaban los dedos mientras los tenía en la nuca, le golpearon las piernas y le daban coscorrones cada vez que negaba que era pandillero. Mateo fue alertado por los vecinos, salió de su casa airado a encarar a los soldados, los mismos que lo han revisado en varias ocasiones. Al reclamar por la agresión fue tirado al suelo y le apuntaron el fusil a la cabeza. “Empecé a gritar para que me escucharan los vecinos y salieran de sus casas para que no me mataran y me decían que me callara mientras me golpeaban con la punta del arma”, afirmo el hombre. Los militares al notar que había personas observando lo ocurrido los liberan sin antes recordarles que están bajo régimen de excepción.

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Jesús considera que, si la misión de las autoridades es “acabar con las pandillas”, está bien, pero que deberían preparar más a los militares y policías para que sepan, que no todo el que anda tatuajes tiene vínculos con pandillas.

Salvador y Jesús han crecido rodeados de pandilleros y sabían perfectamente lo que implica andar tatuado, pero eso no les impidió hacerlo, al fin y al cabo, es una moda entre los jóvenes. El primer tatuaje de Salvador se lo hizo cuando tenía 13 años y fue el nombre de su madre pensando que así ella no lo regañaría mucho. “Cuando a uno le gusta algo, lo haces sin ver las consecuencias. Lo haces porque te gusta, no importa la condición en la que vivas”, comentó.

Por su parte, Jesús se lo pensó dos veces al tatuarse, pero que al final lo hizo por una satisfacción personal. “Siempre te limitas hacer cosas en la vida por alguna razón, ya sea por tus padres, la escuela, la iglesia, o por las circunstancias, pero es el riesgo con lo que uno vive y se acostumbra a eso”, expresó.

“Si le preguntas a alguien de Santa Tecla que ande bien tatuado, si ha tenido problemas con las autoridades te dirá que no, porque ellos andan bien vestidos, zapatos nuevos, no tienen nuestra misma apariencia de pobre, en eso la llevamos de perder con las autoridades”, recalcó.

Otra realidad al poniente de la ciudad

Alejandra A. de 26 años, es tecleña. Sus tatuajes bien elaborados cubren gran parte de su cuerpo. Ella es cliente de un estudio de tatuaje en Ciudad Merliot donde fue entrevistada. Nunca ha tenido problemas con autoridades desde que empezó el régimen de excepción. Considera que nunca ha sido interrogada porque los soldados y los policías son clasistas por sospechar solo de las personas que viven en una colonia conflictiva.

Ella tiene alrededor de 75 tatuajes y no vacila al responder que se hará más y que no le da miedo en lo absoluto. “Si viviera en Soyapango, así como estoy de tatuada, estoy segura de que ya me hubiesen llevado, pero vivo en Santa Tecla, me pueden ver los policías o los soldados y en ningún momento me han parado, pero tiene que ver por el lugar donde vivo”, recalcó. Otra ventaja con la que cuenta es que viaja en Uber, por comodidad y seguridad.

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Alejandra A. tiene gran parte de su cuerpo tatuado y no ha tenido ninguna mala experiencia con las autoridades durante el régimen.
Foto EDH/Jonatan Funes

“Por suerte, donde vivo, nunca han llegado a tocarme la puerta para revisar. Me imagino que en residenciales más exclusivas tampoco va a pasar”, expresó David A. quien también y tiene grandes tatuajes visibles fuera de la ropa. También vive en Santa Tecla. Él piensa que todo lo que sea bueno para ayudar al país, para acabar con la violencia, está bien, pero siempre y cuando capturen a personas que tengan delitos pendientes con la ley”.

Piensa que, si durante el régimen han capturado a alguien inocente, ha sido mala suerte por estar en el momento lugar y momento incorrecto. “Nadie quiere ir a parar un par de días por gusto a bartolinas o donde sea que te lleven. Es bien injusto que se lleven a personas que nada que ver. Tal vez viven en zonas conflictivas”, aseguró.

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La rutina de David, al igual que el resto de jóvenes tatuados que fueron entrevistados y que viven en colonias de clase media, es casi la misma, de la casa al trabajo y viceversa. Frecuentan los mismos sitios, compran en el mismo lugar, se transportan en vehículos privados. Esto por seguridad desde antes del régimen y con mayor razón ahora.

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“Cuando vivía en Soyapango tuve problemas con los soldados porque decían que era raro ver a una persona tatuada y que no fuera nada, no me capturaron, pero sí me golpearon”, comenta Samuel M.
Foto EDH/Jonatan Funes

“No te voy a decir que no me da miedo o desconfianza, me da incertidumbre que pasará que si me paran, si salen de clavados y me llevan solo porque estoy tatuado. Eso pienso cada vez que veo policías o soldados. Pero me pregunto ¿por qué les voy a tener miedo si no estoy haciendo nada malo?”.

David piensa que las autoridades deberían de tener la capacidad de identificar cuando un tatuaje es artístico y cuando es evidentemente de pandillas.

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