- Palabras
de aliento
- De una
salvadoreña más
- Beatriz
González de
Barrenechea*
Hace cuatro años que llegué
sola a El Salvador con la idea de acopiar una
experiencia profesional estimulante y diferente
al estresante quehacer judicial de Madrid; el
paréntesis estaba previsto para doce
meses. Circunstancias de la vida, maravillosas
circunstancias, por cierto, urdieron que este
pequeño (en dimensión
geográfica) país centroamericano
se convirtiera, de forma indefinida, en mi casa,
más que eso, en mi hogar.
Desde hace cuatro meses me cabe el orgullo de
tener un hijo salvadoreño y así,
siendo salvadoreño lo que yo más
quiero en este mundo, mi simpatía,
admiración y agradecimiento hacia este
trocito del istmo centroamericano y, sobre todo,
hacia su gente, se han desbordado e incluso se
han contagiado a mi familia y amigos del otro
lado del mar.
Sin embargo, yo no sabía cuán
salvadoreña me sentía en realidad
hasta que el fatídico día 13 de
enero la tierra tembló enfurecida (Dios
sabrá por qué) y castigó
injustamente a un pueblo noble, trabajador,
generoso y tenaz. Desde Madrid, donde
eventualmente me encontraba, los intensos
sentimientos de angustia y de rabia no
consiguieron ahogar el aún más
fuerte instinto de solidaridad con quienes hoy
considero "los míos".
Pese a todo, resultó gratificante
constatar que, pasados los primeros momentos de
estupor, la ayuda internacional se puso en
marcha, y he de decir con modesta pero enorme
satisfacción que España, mi otro
país, lideró esta campaña
de auxilio, realizando un auténtico
despliegue de medios materiales y humanos para
paliar en lo posible la tremenda desgracia de
los hermanos salvadoreños.
Leyendo periódicos y viendo los
noticieros de la televisión, resulta
lamentable escuchar las quejas de un buen
número de personas afectadas (e incluso
no afectadas) que denuncian la falta de acceso a
esta ayuda, tanto la internacional como la de
los propios salvadoreños que, más
o menos indemnes, se han despojado de una parte
de lo suyo para ofrecerlo al que está en
peores condiciones. Al respecto se me ocurren
las siguientes reflexiones:
En primer lugar, aunque desconozco el
funcionamiento interno del COEN e ignoro,
así mismo, si es que se están
produciendo disfunciones en sus mecanismos de
actuación, es lo cierto que el papel
desgraciadamente protagónico que le
está tocando representar es tremendamente
complejo y está, naturalmente, en la
mira, no sólo de todos los
salvadoreños, sino también de una
buena parte de la comunidad internacional. Mi
experiencia profesional en el ejercicio de la
judicatura me ha enseñado que ni siquiera
las decisiones más salomónicas
satisfacen a todos y, en cualquier caso, los
dramáticos momentos que vivimos no nos
permiten despilfarrar esfuerzos en realizar
crítica destructiva y en verter, de
manera oportunista, acusaciones políticas
al gobierno de turno; seamos positivos, y esto
me lleva a la segunda reflexión:
Si es que la función del Comité
de Emergencia no merece nuestra confianza,
constituyámonos nosotros mismos en
nuestro propio "comité personal o
familiar de ayuda". Todos los que disfrutamos la
enorme suerte de no haber sido personal y
sustancialmente afectados por esta tremenda
catástrofe tenemos cerca, muy cerca, a un
buen número de personas con las que a
diario nos relacionamos, aunque la rutina, a
veces, no nos haga reparar en ellas: en el
ámbito de nuestra casa, nuestro servicio
doméstico, nuestro trabajo, el
supermercado, el club deportivo, el salón
de belleza, los vendedores ambulantes que
semanalmente nos ofrecen las tortillas, los
tamales, las naranjas..., en el surtidor de
gasolina, en el gimnasio, en el colegio de los
niños, en el kínder de los
bebés... Interesémonos por si
ellos o sus allegados están en una
situación de necesidad y
reparémosla en la medida que podamos. Que
nadie se escude en la eventual ineficacia de un
organismo administrativo, para dejar de hacer lo
que tan fácilmente está a su
alcance.
Me vienen a la cabeza, por su oportunidad,
las palabras que muchas veces he escuchado al
párroco de mi iglesia, en Madrid, y cuya
sabiduría y profundidad ahora descubro:
"Nadie puede hacer todo el bien que el mundo
necesita; pero si uno deja de hacer la
pequeña parcela de bien que le
corresponde, esa, quedará sin hacer". Por
ello, no nos avergüence pensar que nuestro
aporte es pequeño o insignificante: una
manta o un plato de comida se han convertido,
por su inaccesibilidad, en verdaderos
artículos de lujo para muchos de nuestros
hermanos. Pero, si podemos, no nos conformemos
con "cumplir" o con sacudirnos el remordimiento,
pues ha llegado el momento de volcarse y de dar
no sólo aquello que nos sobra, sino de
privarnos también de algunas cosas que la
voraz sociedad de consumo en que estamos
inmersos nos ha hecho pensar que realmente
necesitamos. Hasta que todos y cada uno de
nosotros no sintamos físicamente una
pequeña carencia o incomodidad por algo
que nos falta, nuestra deuda con el resto de los
hermanos salvadoreños estará
impagada.
Desde el corazón de una
salvadoreña más.
* Consultora Internacional
en proyectos del sector de
justicia.