Viernes 2 de febrero 2001


Palabras de aliento
De una salvadoreña más
Beatriz González de Barrenechea*

Hace cuatro años que llegué sola a El Salvador con la idea de acopiar una experiencia profesional estimulante y diferente al estresante quehacer judicial de Madrid; el paréntesis estaba previsto para doce meses. Circunstancias de la vida, maravillosas circunstancias, por cierto, urdieron que este pequeño (en dimensión geográfica) país centroamericano se convirtiera, de forma indefinida, en mi casa, más que eso, en mi hogar.

Desde hace cuatro meses me cabe el orgullo de tener un hijo salvadoreño y así, siendo salvadoreño lo que yo más quiero en este mundo, mi simpatía, admiración y agradecimiento hacia este trocito del istmo centroamericano y, sobre todo, hacia su gente, se han desbordado e incluso se han contagiado a mi familia y amigos del otro lado del mar.

Sin embargo, yo no sabía cuán salvadoreña me sentía en realidad hasta que el fatídico día 13 de enero la tierra tembló enfurecida (Dios sabrá por qué) y castigó injustamente a un pueblo noble, trabajador, generoso y tenaz. Desde Madrid, donde eventualmente me encontraba, los intensos sentimientos de angustia y de rabia no consiguieron ahogar el aún más fuerte instinto de solidaridad con quienes hoy considero "los míos".

Pese a todo, resultó gratificante constatar que, pasados los primeros momentos de estupor, la ayuda internacional se puso en marcha, y he de decir con modesta pero enorme satisfacción que España, mi otro país, lideró esta campaña de auxilio, realizando un auténtico despliegue de medios materiales y humanos para paliar en lo posible la tremenda desgracia de los hermanos salvadoreños.

Leyendo periódicos y viendo los noticieros de la televisión, resulta lamentable escuchar las quejas de un buen número de personas afectadas (e incluso no afectadas) que denuncian la falta de acceso a esta ayuda, tanto la internacional como la de los propios salvadoreños que, más o menos indemnes, se han despojado de una parte de lo suyo para ofrecerlo al que está en peores condiciones. Al respecto se me ocurren las siguientes reflexiones:

En primer lugar, aunque desconozco el funcionamiento interno del COEN e ignoro, así mismo, si es que se están produciendo disfunciones en sus mecanismos de actuación, es lo cierto que el papel desgraciadamente protagónico que le está tocando representar es tremendamente complejo y está, naturalmente, en la mira, no sólo de todos los salvadoreños, sino también de una buena parte de la comunidad internacional. Mi experiencia profesional en el ejercicio de la judicatura me ha enseñado que ni siquiera las decisiones más salomónicas satisfacen a todos y, en cualquier caso, los dramáticos momentos que vivimos no nos permiten despilfarrar esfuerzos en realizar crítica destructiva y en verter, de manera oportunista, acusaciones políticas al gobierno de turno; seamos positivos, y esto me lleva a la segunda reflexión:

Si es que la función del Comité de Emergencia no merece nuestra confianza, constituyámonos nosotros mismos en nuestro propio "comité personal o familiar de ayuda". Todos los que disfrutamos la enorme suerte de no haber sido personal y sustancialmente afectados por esta tremenda catástrofe tenemos cerca, muy cerca, a un buen número de personas con las que a diario nos relacionamos, aunque la rutina, a veces, no nos haga reparar en ellas: en el ámbito de nuestra casa, nuestro servicio doméstico, nuestro trabajo, el supermercado, el club deportivo, el salón de belleza, los vendedores ambulantes que semanalmente nos ofrecen las tortillas, los tamales, las naranjas..., en el surtidor de gasolina, en el gimnasio, en el colegio de los niños, en el kínder de los bebés... Interesémonos por si ellos o sus allegados están en una situación de necesidad y reparémosla en la medida que podamos. Que nadie se escude en la eventual ineficacia de un organismo administrativo, para dejar de hacer lo que tan fácilmente está a su alcance.

Me vienen a la cabeza, por su oportunidad, las palabras que muchas veces he escuchado al párroco de mi iglesia, en Madrid, y cuya sabiduría y profundidad ahora descubro: "Nadie puede hacer todo el bien que el mundo necesita; pero si uno deja de hacer la pequeña parcela de bien que le corresponde, esa, quedará sin hacer". Por ello, no nos avergüence pensar que nuestro aporte es pequeño o insignificante: una manta o un plato de comida se han convertido, por su inaccesibilidad, en verdaderos artículos de lujo para muchos de nuestros hermanos. Pero, si podemos, no nos conformemos con "cumplir" o con sacudirnos el remordimiento, pues ha llegado el momento de volcarse y de dar no sólo aquello que nos sobra, sino de privarnos también de algunas cosas que la voraz sociedad de consumo en que estamos inmersos nos ha hecho pensar que realmente necesitamos. Hasta que todos y cada uno de nosotros no sintamos físicamente una pequeña carencia o incomodidad por algo que nos falta, nuestra deuda con el resto de los hermanos salvadoreños estará impagada.

Desde el corazón de una salvadoreña más.

* Consultora Internacional en proyectos del sector de justicia.


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