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Un padre, una misa y armas que lo están protegiendo

El padre Andrés Tamayo ha convocado a una marcha pacífica el 20 a Tegucigalpa.

Lauri García Dueñas
Enviada Especial El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
El sacerdote salvadoreño José Andrés Tamayo conduce su vehículo escoltado por Dios y por varios hombres armados. Foto: EDH/Lissette Moreno

Honduras. José Andrés Tamayo, el padre salvadoreño residente en Salamá, dio misa como todos los domingos.

El padre se levantó muy temprano para prepararse para oficiar las tres misas del día. Pero este domingo no era un día habitual.

El padre José Andrés ha sido amenazado de muerte, y tenía como plazo el 31 de mayo. Su lucha es por los bosques de Olancho. Sus enemigos: las motosierras cortadoras de árboles.

Sin embargo, los dos gendarmes que lo acompañan no han tenido que intervenir en su defensa, porque nadie lo ha atacado hasta ahora.

Así, con una normalidad parsimoniosa recibió el domingo, tomando café con pan dulce, y platicando, como siempre.

Sí, el padre salió de la casa cural, tranquilo el semblante, cargando una mochila con su sotana adentro.

A pocos kilómetros de Salamá se encuentra Silca y una iglesia rebosante que lo espera con los brazos abiertos. Son las 7:30 de la mañana del domingo, y la mayoría del pueblo decidió ir a oírlo.
Una alegría especial lo espera. Un detalle que hace que esa misa sea muy diferente a las demás son los niños y niñas.

“Él nos está haciendo un favor, porque sin el bosque no hay agua. ¿Qué si lo queremos? ¡Claro que sí, lo queremos mucho!”, dice Sharon Acosta, de 16 años.

Empieza la música, despierta la misa. Un grupo de niñas, de voces angelicales, de rostros morenos y sencillos, llena la capilla y se dispone a hacer cantar.

Luego, las distintas lecturas son leídas por niños, uno de ellos ni siquiera alcanza el micrófono.
Le llega su turno a José Andrés. Da agradecimientos a las comunidades de Olancho por toda su solidaridad. “Gracias por todas las manos que se juntaron para rezar por mí”, continúa.

Sobre las amenazas de muerte, afirma en voz alta, no está triste ni se siente derrotado y está seguro que es Dios quien lo conduce.

No para. Arremete también contra aquellos que, posiblemente están oyendo el sermón, “compran escrituras en el mercado negro, los que incendian los bosques”. Tienen que tomar conciencia, les dice.

Predicador  


El evangelio del domingo cuenta cuando Jesús mandó a sus discípulos a predicar. Él se siente predicador, pero cree que el centro de atención de Olancho no tiene que ser su persona.

“Mi historia no es lo central, la historia es que hay un pueblo que no tiene agua porque se destruyen los bosques”, afirma.

Se excusa. Él no quería luchar, fueron las situaciones de crisis las que lo llevaron a protestar, la situación de su pueblo porque “yo también soy ser humano”, dice.

Un viaje en el tiempo. Recuerda, cuenta, la vez que predicó en Parumbe, en medio de una corta de árboles y dijo: “Aquí está muriendo Cristo”.

 

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