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Don
lito en el Flor Blanca
No
todos tenemos el mismo modo de ver las cosas. Los que tuvimos la
oportunidad de entrar al estadio nacional Flor Blanca
el sábado pasado a la inauguración de los XIX Juegos,
vivimos un momento inolvidable, que según parece, se tendrá
que esperar otros sesenta y siete años para volverlo a ver.
Por Lito Montalvo
El Diario de Hoy
nacional@elsalvador.com
Mi chero diplomático Sigi Ochoa Pérez, me hizo la
atenta invitación.
El viento obliga a todos a ponerse algo encima. Muchos aprovecharon
para lucir sus chumpas de cuero, gorros de lana, bufandas, guantes,
chalecos antibalas y cualquier cosa que mitigara el frío.
A sabiendas de que iba a ser un lleno total, entramos a los graderíos
con suficiente anticipación lo que dio chance de saludar
a varios cheros enchumpados que hacía mucho que no veía.
Entramos donde antes era sombra izquierda y nos sentamos en unas
butacas azulitas, ya no en las sucias y frías gradas de cemento
de hace años.
A mi mente vino el recuerdo cuando iba al estadio a ver los mascones
de fútbol de antaño, cuando el Juventud Olímpica
de la barriada alegre, Santanita, era mi favorito, y
el Tamalón Garay era el mejor portero.
Comprábamos unas bolsas, rellenadas de zacate y fabricadas
con papel de bolsas de cemento. Además de servirnos para
mitigar el cansancio de las sentaderas, eran utilizadas como el
principal artefacto de guerra entre los fanáticos de los
diferentes equipos. Al final eran incendiadas y lanzadas salvajemente
a las barras contendientes. Eran los fuegos pirotécnicos
de antaño pensé, al registrar mi caja de los recuerdos.
Enfrente, donde antes se llamaba el Vietnam estaban los estudiantes
que hacen los mosaicos. Desde muy temprano empezaron a animarnos
con sus cambios de colores y banderas. Mi mente volvió a
retroceder...
Los gritos se escuchaban cuando la mara del Vietnam empezaba a lanzarse
garrobos vivos... ¡Qué salvajismo!, Que hubiera pensado
Su Majestad Serenísima, el Príncipe Alberto Grimaldi,
si hubiera podido entrar en mis pensamientos. Seguro hubiera perdido
su serenidad, o hubiera imaginado que estaba en algún lugar
de África.
Desde el cielo nos cayeron los paracaidistas con las banderas de
los países contendientes, mi chero Embajador, antes Coronel,
y ahora su Excelencia Brutalísima, (lo de brutalísimo
es una nueva distinción que Donlito otorga a sus cheros leales)
me contó que él también se había lanzado
desde los aviones.
Te creo, le dije, mientras socaba para que los muchachos
cayeran, por lo menos dentro del engramado.
Al empezar los actos con un desfile, los cielos se poblaron de un
lucerío que yo pensé que era el Cuatro de Julio. La
mara se entusiasmaba y gritaba cuando caía una lluvia de
serpentinas y confeti. Mi mente me volvía a traicionar al
remontarse al pasado cuando la mapachada gritaba eufórica.
Nos dieron unos tubos de plástico que al inflarlos se convertían
en salchichones gigantes. El diputado Pichinte de Cojute, se los
llevó para su casa, quizá de recuerdo de la fiesta
de los salchichones blancos.
La delegación más numerosa fue la nuestra, y esto
que no nos permitieron los juegos de capirucho, trompo, peregrina
y pispisigaña, que según dice don Molins, no se ha
de morir sin celebrar los juegos no tradicionales.
Venezuela desfiló con la esperanza en el rostro, pero Alexis
Cova estaba presente no sólo en su delegación, sino
también en el corazón de todos los que estábamos
en el estadio.
El Himno Nacional fue interpretado a dúo, nueva modalidad,
no cabe duda que hasta en eso estamos progresando. Y que bueno que
fue en una pirámide Maya donde quedó la llama olímpica,
ya era hora que fuéramos originales con nuestras tradiciones,
lo mismo que los bailes del torito pinto y los indios de Chirilagua.
También nos dieron unos chirutes fosforescentes,
y al apagar las luces, el Estadio completo se tornó en la
Bandera Nacional, azul y blanco, yo creo que hasta los médicos
se les encogió el cuchamper.
El ingeniero Molins, entre otras cosas, agradeció el trabajo
de los voluntarios que estaban al costado norte y que se levantaron
gritando con sus camisetas anaranjadas. Yo creía que eran
los del FOVIAL, a quienes me los encuentro a todas horas, a todas
partes y hasta en la inauguración de los Juegos. Pensé
que ellos habían pavimentado la pista azul del estadio.
Dicen que cuando el General Martínez mandó a construir
el Flor Blanca, hace sesenta y siete años, algunos se opusieron
(para variar), pues para qué una obra tan grande, y tan lejos
del centro de la ciudad. Ahora se quedó chiquito, muchos
no pudieron entrar.INSERTO: Si el Príncipe Alberto de Mónaco
hubiera venido hace 20 años a un mascón de fútbol,
hubiera perdido la serenidad.
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