Jueves 17 de enero 2002


Respuesta a un "comunicado"
Apareció, otra vez, el cobarde
Lafitte Fernández

El enemigo público número uno de quienes premian la calidad de los productos, vuelve a atacar de nuevo. Puso a circular algo que llama "comunicado número uno". Se cobija bajo las faldas de una supuesta asociación de empleados . Todos saben que sus pobres asalariados, a quienes trata como peones de finca, no conocen lo que escribe el patrón.

Las cobardías de ese vendedor de carne "chuca" y enemigo público número uno de quienes premian la calidad de los productos aparecen de nuevo. Oculto bajo las enaguas de una supuesta asociación de sus empleados, ha puesto a circular una publicación hecha en Costa Rica, en octubre de 1993, cuando caldeaba la campaña política que llevó a José María Figueres a la presidencia de ese país. Lo que no dice es que ese hecho forma parte de la más vergonzosa persecución de periodistas que se registra en la Costa Rica moderna.

En casi todas las democracias se persiguen periodistas. Lo que cambia es el método. Cuanta mayor es la madurez democrática, más se sofistican los métodos. Les contaré una parte de la historia política de Costa Rica, porque mi detractor examina los hechos como sólo lo hacen los bandoleros.

Sé, muy bien, por qué me convertí en el periodista más odiado por José María Figueres. A él le probé, en el periódico La Nación, que, junto con su padre y dos prófugos de la justicia estadounidense, realizaron una gigantesca estafa vendiendo certificados de inversión de una mina de oro inexistente. Eso ocurrió en 1984. Los prófugos fueron extraditados a su país, luego de la publicación.

Nueve años más tarde, cuando José María Figueres lanzó su candidatura presidencial, sin más credencial que ser hijo de José Figueres Ferrer (parte del problema político costarricense es que los partidos se convirtieron en patrimonio personal de los familiares de los fundadores. Eso ha contribuido al actual y duro enjuiciamiento que se hace al bipartidismo). Cuando eso ocurrió, sabía que la estafa se convertiría en tema obligado de la campaña política, no porque yo lo quisiera, sino porque así lo exigían los costarricenses.

José María Figueres nunca fue, ni es, ni será, un santo. También él ha llevado una vida vergonzosa, al igual que el vendedor de carne "chuca". Cuando tenía 20 años, y mientras su padre gobernaba Costa Rica entre 1970 y 1974, se le investigó, en el Congreso, por el asesinato de un vendedor de marihuana de poca monta. La cosa no pasó a más, porque callaron a los diputados. A unos les entregaron frecuencias de radioemisoras. En otros corrió el dinero. Al final, el crimen quedó impune.

En aquella época, existieron suficientes evidencias para concluir lo siguiente: que el hombre estaba detenido en la Penitenciaría Central. Que el último que lo interrogó (nadie sabe qué hacía ahí) fue José María Figueres, el hijo del presidente. Que poco después lo sacaron del reclusorio y lo introdujeron en un coche policial. El pobre hombre apareció, algunos días después, crucificado a balazos en un barranco. La munición que se usó para matarlo era parte del arsenal del Gobierno. Lo acribillaron con una ametralladora del gobierno.

Antes de que arrancara la campaña, y por el hecho de que quien aspire a un cargo de elección popular debe explicar los actos de su vida, en cualquier época que hubiesen ocurrido, el periódico La Nación me pidió que investigara la muerte ocurrida 20 años atrás. Aquello lo supo José María Figueres. Por supuesto, eso me convirtió en su doble enemigo.

En ese tiempo, un par de hombres escribieron un libro sobre el asesinato. José María Figueres los demandó penalmente. Apenas salió librado a medias en ese caso. Durante ese debate penal, se trató de lanzar lodo contra cualquiera que se interpusiera en el camino de la postulación o metiera sus narices en el asesinato de "Chemisse". Periodista o no periodista, el asunto era destruir. En ese juicio no actué como imputado. Nada tenía que hacer ahí. La única vez que he encarado una acusación fue, precisamente, cuando los compinches de José María me demandaron después de denunciar la estafa con los certificados mineros. La Corte Suprema de Justicia (no cualquier tribunal) me absolvió por escribir la verdad.

Sin embargo, cuando transcurría el juicio contra los autores del libro contra José María Figueres, un oscuro ex agente de narcóticos que fungió en ese cargo durante el tiempo en que se cometió el crimen se sentó ante el tribunal y dijo que llegué a ofrecerle dinero a cambio de que testificara contra Figueres. Su declaración fue rocambolesca. Dijo que le visité vestido de militar (lo que jamás he hecho en mi vida) y que le ofrecí el dinero a nombre de Margarita Penón, la esposa del ex gobernante Oscar Arias Sánchez. Sus manifestaciones, por supuesto, representaban un claro delito de falso testimonio y una endemoniada patraña de José María para ensuciarme mientras investigaba el crimen. Por mero sentido común, pregúntense por qué, sin ser imputado, ni testigo, ni nada, en un juicio emprendido por José María Figueres, me metieron en ese circo.

Eso me obligó a acudir al tribunal a testificar. Por supuesto que rechacé aquella demencial acusación. ¿Quieren, sin embargo, saber quién es el hombre que dijo eso? Liberg Campos, el ex agente de narcóticos que conducía el coche de la policía en el que sacaron a "Chemisse" de la penitenciaría central de Costa Rica. ¿Quieren saber cómo le pagaron después de hacer esa manifestación? Cuando José María Figueres ganó las elecciones por escaso margen, al conductor de patrullas lo designaron Cónsul en Corea del Sur. A muchos otros testigos falsos los destinaron a cargos diplomáticos. Los favores los pagaron con creces. ¿Cuál fue la intención de involucrarme? El problema que tenía José María es que, si se le probaba el crimen, no sería presidente de Costa Rica. Así de sencillo. Por eso es que, quien metiera la nariz en ese caso, se la quemaban con mentiras y odios.

Lástima que el vendedor de carne "chuca" no le recuerde a los salvadoreños que el falso testimonio que se produjo en contra mía quedó desdibujado en su momento. Es una pena que tampoco mencione, en su "comunicado número uno", cuál fue el destino penal de ese falso testimonio. Lástima también que no cuente la forma como los serviles de Figueres contribuyeron, en ese momento, a destituir a periodistas como Pilar Cisneros, en Telenoticias, o a Humberto Arce, en el periódico La República. Quizá por eso escribí, hace algunos días, que no hay nada peor que toparse con un ignorante o con quien, deliberadamente, tuerce la verdad. A los miopes se les puede perdonar las omisiones. A quienes ni siquiera tienen la valentía de firmar sus acusaciones y prefieren escudarse en las faldas de sus pobres empleados, no.

El vendedor de tortas de carne dice en su "comunicado" que las manifestaciones del falso testigo se publicaron en el periódico La Nación. Le voy a dar una lección de honestidad periodística. Si mira la fotocopia, las manifestaciones, aunque falsas, se publicaron en el diario Al Día, el segundo periódico de importancia de Costa Rica. Lo que desconoce es que, en esa época, el director de ese medio era mi hermano Guillermo.

Ni él ni yo movimos un dedo para que eso no se publicara, a pesar de que ambos sabíamos que era una verdadera infamia.

Todavía recuerdo el día en que, después de publicar, en El Diario de Hoy, que a ese matón de cantina le retiraron las licencias porque le descubrieron la fábrica de porquería, llegué a su despacho acompañado de los periodistas Marta Elena Ibarra y Carlos Herman Bruch. Estaba allí con su abogado, Rodolfo Parker, un hombre a todas luces honrado. Después de insultarnos, quizá porque creía que podía tratarnos como peones de finca, dijo que lo único que querían los señores Altamirano, propietarios de este periódico, era quedarse con su negocio. En ese momento, Rodolfo le tiró los papeles encima de su escritorio y renunció, en su cara, al patrocinio legal, después de escuchar aquel delirio paranoico. Sé que otros abogados le han renunciado, porque no les paga sus honorarios. Otros se alejan, porque no pueden tolerar la forma como presiona jueces o trata de ganar sus batallas legales.

Ese día, cuando casi salía de su oficina, me dijo: ¿A usted lo investigué en Costa Rica? Con sorna le respondí: "Qué bien… ¿dígame que le dijeron de mí?". "Solo cosas buenas", respondió. Después no lo volví a ver más. Quizá lo que no entiende ese hombre es que entre él y yo existen muchísimas diferencias. Nos distancia el respeto a las leyes, las buenas costumbres, el esfuerzo por hacer buen periodismo en forma honrada y ética.

A lo largo de todos estos años aprendí a amar, hasta lo más profundo, a El Salvador y a todos sus habitantes. Me han sobrado oportunidades de regresar a mi país o de ejercer mi profesión en otros mercados periodísticos. Y, sin embargo, aquí estoy, con la misma fuerza, para tratar de hacer mis mejores contribuciones a esta democracia.

Cuando salí de mi país era, hasta ese momento, y creo que todavía lo soy, el periodista costarricense que más premios internacionales había recibido en la historia de esa nación. Llegué a El Salvador únicamente con dos maletas. En una coloqué los libros que más amo; en otras, los pantalones que siempre me han sobrado para luchar contra los cobardes, los corruptos y los sinvergüenzas. No llegué aquí como exiliado. Mucho menos como un expulsado. Jamás he cometido un delito. Simplemente, guío jóvenes que aprecian lo que hacen y que, junto con otros talentos locales, forman parte de la mejor generación de periodistas que posee Centroamérica en la actualidad. Estimo que así puedo pagarle a este país lo que ha hecho por mí desde el día en que me tendió la mano cuando huí del asco que me producían algunos políticos costarricenses. Soy deudor de El Salvador. Lo seré siempre. Lo que no le permito a nadie, ni lo permitiré jamás, es que ensucien mi nombre. Mucho menos a un cobarde que utiliza a sus empleados para pelear en su nombre cuando ni siquiera conocen lo que escribe el patrón.


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