Respuesta
a un "comunicado"
Apareció, otra
vez, el cobarde
Lafitte
Fernández
El enemigo público número uno
de quienes premian la calidad de los productos,
vuelve a atacar de nuevo. Puso a circular algo
que llama "comunicado número uno". Se
cobija bajo las faldas de una supuesta
asociación de empleados . Todos saben que
sus pobres asalariados, a quienes trata como
peones de finca, no conocen lo que escribe el
patrón.
Las cobardías de ese vendedor de carne
"chuca" y enemigo público número
uno de quienes premian la calidad de los
productos aparecen de nuevo. Oculto bajo las
enaguas de una supuesta asociación de sus
empleados, ha puesto a circular una
publicación hecha en Costa Rica, en
octubre de 1993, cuando caldeaba la
campaña política que llevó
a José María Figueres a la
presidencia de ese país. Lo que no dice
es que ese hecho forma parte de la más
vergonzosa persecución de periodistas que
se registra en la Costa Rica moderna.
En casi todas las democracias se persiguen
periodistas. Lo que cambia es el método.
Cuanta mayor es la madurez democrática,
más se sofistican los métodos. Les
contaré una parte de la historia
política de Costa Rica, porque mi
detractor examina los hechos como sólo lo
hacen los bandoleros.
Sé, muy bien, por qué me
convertí en el periodista más
odiado por José María Figueres. A
él le probé, en el
periódico La Nación, que, junto
con su padre y dos prófugos de la
justicia estadounidense, realizaron una
gigantesca estafa vendiendo certificados de
inversión de una mina de oro inexistente.
Eso ocurrió en 1984. Los prófugos
fueron extraditados a su país, luego de
la publicación.
Nueve años más tarde, cuando
José María Figueres lanzó
su candidatura presidencial, sin más
credencial que ser hijo de José Figueres
Ferrer (parte del problema político
costarricense es que los partidos se
convirtieron en patrimonio personal de los
familiares de los fundadores. Eso ha contribuido
al actual y duro enjuiciamiento que se hace al
bipartidismo). Cuando eso ocurrió,
sabía que la estafa se convertiría
en tema obligado de la campaña
política, no porque yo lo quisiera, sino
porque así lo exigían los
costarricenses.
José María Figueres nunca fue,
ni es, ni será, un santo. También
él ha llevado una vida vergonzosa, al
igual que el vendedor de carne "chuca". Cuando
tenía 20 años, y mientras su padre
gobernaba Costa Rica entre 1970 y 1974, se le
investigó, en el Congreso, por el
asesinato de un vendedor de marihuana de poca
monta. La cosa no pasó a más,
porque callaron a los diputados. A unos les
entregaron frecuencias de radioemisoras. En
otros corrió el dinero. Al final, el
crimen quedó impune.
En aquella época, existieron
suficientes evidencias para concluir lo
siguiente: que el hombre estaba detenido en la
Penitenciaría Central. Que el
último que lo interrogó (nadie
sabe qué hacía ahí) fue
José María Figueres, el hijo del
presidente. Que poco después lo sacaron
del reclusorio y lo introdujeron en un coche
policial. El pobre hombre apareció,
algunos días después, crucificado
a balazos en un barranco. La munición que
se usó para matarlo era parte del arsenal
del Gobierno. Lo acribillaron con una
ametralladora del gobierno.
Antes de que arrancara la campaña, y
por el hecho de que quien aspire a un cargo de
elección popular debe explicar los actos
de su vida, en cualquier época que
hubiesen ocurrido, el periódico La
Nación me pidió que investigara la
muerte ocurrida 20 años atrás.
Aquello lo supo José María
Figueres. Por supuesto, eso me convirtió
en su doble enemigo.
En ese tiempo, un par de hombres escribieron
un libro sobre el asesinato. José
María Figueres los demandó
penalmente. Apenas salió librado a medias
en ese caso. Durante ese debate penal, se
trató de lanzar lodo contra cualquiera
que se interpusiera en el camino de la
postulación o metiera sus narices en el
asesinato de "Chemisse". Periodista o no
periodista, el asunto era destruir. En ese
juicio no actué como imputado. Nada
tenía que hacer ahí. La
única vez que he encarado una
acusación fue, precisamente, cuando los
compinches de José María me
demandaron después de denunciar la estafa
con los certificados mineros. La Corte Suprema
de Justicia (no cualquier tribunal) me
absolvió por escribir la verdad.
Sin embargo, cuando transcurría el
juicio contra los autores del libro contra
José María Figueres, un oscuro ex
agente de narcóticos que fungió en
ese cargo durante el tiempo en que se
cometió el crimen se sentó ante el
tribunal y dijo que llegué a ofrecerle
dinero a cambio de que testificara contra
Figueres. Su declaración fue
rocambolesca. Dijo que le visité vestido
de militar (lo que jamás he hecho en mi
vida) y que le ofrecí el dinero a nombre
de Margarita Penón, la esposa del ex
gobernante Oscar Arias Sánchez. Sus
manifestaciones, por supuesto, representaban un
claro delito de falso testimonio y una
endemoniada patraña de José
María para ensuciarme mientras
investigaba el crimen. Por mero sentido
común, pregúntense por qué,
sin ser imputado, ni testigo, ni nada, en un
juicio emprendido por José María
Figueres, me metieron en ese circo.
Eso me obligó a acudir al tribunal a
testificar. Por supuesto que rechacé
aquella demencial acusación.
¿Quieren, sin embargo, saber quién
es el hombre que dijo eso? Liberg Campos, el ex
agente de narcóticos que conducía
el coche de la policía en el que sacaron
a "Chemisse" de la penitenciaría central
de Costa Rica. ¿Quieren saber cómo
le pagaron después de hacer esa
manifestación? Cuando José
María Figueres ganó las elecciones
por escaso margen, al conductor de patrullas lo
designaron Cónsul en Corea del Sur. A
muchos otros testigos falsos los destinaron a
cargos diplomáticos. Los favores los
pagaron con creces. ¿Cuál fue la
intención de involucrarme? El problema
que tenía José María es
que, si se le probaba el crimen, no sería
presidente de Costa Rica. Así de
sencillo. Por eso es que, quien metiera la nariz
en ese caso, se la quemaban con mentiras y
odios.
Lástima que el vendedor de carne
"chuca" no le recuerde a los salvadoreños
que el falso testimonio que se produjo en contra
mía quedó desdibujado en su
momento. Es una pena que tampoco mencione, en su
"comunicado número uno", cuál fue
el destino penal de ese falso testimonio.
Lástima también que no cuente la
forma como los serviles de Figueres
contribuyeron, en ese momento, a destituir a
periodistas como Pilar Cisneros, en
Telenoticias, o a Humberto Arce, en el
periódico La República.
Quizá por eso escribí, hace
algunos días, que no hay nada peor que
toparse con un ignorante o con quien,
deliberadamente, tuerce la verdad. A los miopes
se les puede perdonar las omisiones. A quienes
ni siquiera tienen la valentía de firmar
sus acusaciones y prefieren escudarse en las
faldas de sus pobres empleados, no.
El vendedor de tortas de carne dice en su
"comunicado" que las manifestaciones del falso
testigo se publicaron en el periódico La
Nación. Le voy a dar una lección
de honestidad periodística. Si mira la
fotocopia, las manifestaciones, aunque falsas,
se publicaron en el diario Al Día, el
segundo periódico de importancia de Costa
Rica. Lo que desconoce es que, en esa
época, el director de ese medio era mi
hermano Guillermo.
Ni él ni yo movimos un dedo para que
eso no se publicara, a pesar de que ambos
sabíamos que era una verdadera infamia.
Todavía recuerdo el día en que,
después de publicar, en El Diario de Hoy,
que a ese matón de cantina le retiraron
las licencias porque le descubrieron la
fábrica de porquería,
llegué a su despacho acompañado de
los periodistas Marta Elena Ibarra y Carlos
Herman Bruch. Estaba allí con su abogado,
Rodolfo Parker, un hombre a todas luces honrado.
Después de insultarnos, quizá
porque creía que podía tratarnos
como peones de finca, dijo que lo único
que querían los señores
Altamirano, propietarios de este
periódico, era quedarse con su negocio.
En ese momento, Rodolfo le tiró los
papeles encima de su escritorio y
renunció, en su cara, al patrocinio
legal, después de escuchar aquel delirio
paranoico. Sé que otros abogados le han
renunciado, porque no les paga sus honorarios.
Otros se alejan, porque no pueden tolerar la
forma como presiona jueces o trata de ganar sus
batallas legales.
Ese día, cuando casi salía de
su oficina, me dijo: ¿A usted lo
investigué en Costa Rica? Con sorna le
respondí: "Qué bien
¿dígame que le dijeron de
mí?". "Solo cosas buenas",
respondió. Después no lo
volví a ver más. Quizá lo
que no entiende ese hombre es que entre
él y yo existen muchísimas
diferencias. Nos distancia el respeto a las
leyes, las buenas costumbres, el esfuerzo por
hacer buen periodismo en forma honrada y
ética.
A lo largo de todos estos años
aprendí a amar, hasta lo más
profundo, a El Salvador y a todos sus
habitantes. Me han sobrado oportunidades de
regresar a mi país o de ejercer mi
profesión en otros mercados
periodísticos. Y, sin embargo,
aquí estoy, con la misma fuerza, para
tratar de hacer mis mejores contribuciones a
esta democracia.
Cuando salí de mi país era,
hasta ese momento, y creo que todavía lo
soy, el periodista costarricense que más
premios internacionales había recibido en
la historia de esa nación. Llegué
a El Salvador únicamente con dos maletas.
En una coloqué los libros que más
amo; en otras, los pantalones que siempre me han
sobrado para luchar contra los cobardes, los
corruptos y los sinvergüenzas. No
llegué aquí como exiliado. Mucho
menos como un expulsado. Jamás he
cometido un delito. Simplemente, guío
jóvenes que aprecian lo que hacen y que,
junto con otros talentos locales, forman parte
de la mejor generación de periodistas que
posee Centroamérica en la actualidad.
Estimo que así puedo pagarle a este
país lo que ha hecho por mí desde
el día en que me tendió la mano
cuando huí del asco que me
producían algunos políticos
costarricenses. Soy deudor de El Salvador. Lo
seré siempre. Lo que no le permito a
nadie, ni lo permitiré jamás, es
que ensucien mi nombre. Mucho menos a un cobarde
que utiliza a sus empleados para pelear en su
nombre cuando ni siquiera conocen lo que escribe
el patrón.