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Una sociedad sin privilegios

El socialismo es una ideología de poder, no de justicia. Busca la reestructuración de la sociedad, no en beneficio de los pobres, sino en beneficio de una nueva clase dominante y omnipoderosa. Así lo ha sido a través de la historia, y lo seguirá

En nuestro país se habló mucho, de manera electoral, de eliminar la cultura de privilegios en la política nacional. Pero la realidad es que quienes se llenaron la boca de promesas sobre construir una sociedad justa y sin privilegios, fueron quienes más han hecho para institucionalizar el rol del Estado como una maquinaria de repartición de privilegios, beneficios, favores y riquezas para los nuevos poderosos. ¿Justifica esto los errores y abusos del pasado? No. Pero los errores del pasado tampoco justifican los abusos del presente. 

Decía Bastiat que “el Estado es la gran ficción por la cual todo el mundo busca vivir a costa de todos los demás”. Así construyeron los nuevos poderosos la gran ficción del Estado Robin Hood, que eliminaría los privilegios, castigaría a los corruptos y rescataría a los pobres de la opresión de los ricos. Pero detrás de esa fantasía, la realidad es que hoy ellos son los privilegiados. Los que han instrumentalizado al Estado para acumular riquezas y poder. Los que hoy viven a costa de todos los demás. 

¿Adónde quedan entonces las promesas de justicia? ¿Es esta la sociedad sin privilegios que prometieron? Claramente fue una farsa. La realidad, con la historia como su maestro, es que el socialismo nunca busca la eliminación de los privilegios en la sociedad, ni la eliminación de la pobreza, ni la justicia. El socialismo es una ideología de poder, no de justicia. Busca la reestructuración de la sociedad, no en beneficio de los pobres, sino en beneficio de una nueva clase dominante y omnipoderosa. Así lo ha sido a través de la historia, y lo seguirá siendo. Todas sus otras promesas son fantasías y farsas.
 
El clientelismo y la corrupción son facetas que crecen de la cultura de privilegios. Son la herramienta del Estado en función de unos pocos. La idea de que hay quienes están sobre la ley, y que de esta forma pueden utilizarla a su conveniencia y para su beneficio, sin consecuencias. Esta visión corrupta del poder se ha ampliado, pero no es nueva. Su origen está mucho más atrás, y todos debemos asumir la responsabilidad de haber permitido que germinara en la deformación que es hoy. El presente no justifica ni reivindica al pasado. Los errores deben aceptarse y asumirse para poder construir una alternativa real para el futuro.

La eliminación de la cultura de privilegios, y con ella una lucha genuina contra el clientelismo y la corrupción, no se logrará simplemente depositando nuestra ciega confianza en líderes mesiánicos o ideologías de poder. Parafraseando a Lord Acton, el poder corrompe, y el poder no auditado corrompe absolutamente. La ciudadanía debe asumir su rol de  verdaderos auditores del poder. El poder nunca se vigilará a sí mismo y siempre encontrará las formas de corromper lo corrompible.  

La lucha por la justicia inicia con la construcción de la conciencia nacionalista. Nuestro sentido de responsabilidad ante nuestro país y nuestro prójimo. Nuestra convicción de trabajar por cambiar las cosas en la política de nuestro país. El aceptar que la responsabilidad no es de otros, sino nuestra, de cada uno de nosotros. Y ante todo, la voluntad de asumir esa lucha por la libertad y la justicia en nuestra sociedad.

*Colaborador de El Diario de Hoy. @rodrigomolinar