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Subcultura de la corrupción

La corrupción evidentemente frena el desarrollo y el progreso de los países además de que socava la democracia e incide en forma negativa en el funcionamiento de los servicios públicos

El problema de la corrupción es cultural, viene desde la infancia lo que explica su gran arraigo en la población. Desde muy temprano el niño aprende de sus progenitores, parentela, amigos, compañeros, vecinos y hasta de algunos profesores que “quien se aprovecha de algo es un babosito animala”, “el que se adueña de la mayor cantidad de dulces en una piñata es un triunfador”, “el que no aprovecha una oportunidad es un tonto y maje” y “el que hace truncia para robar en el cafetín de la escuela es inteligente”.

Cuando el niño, en la medida en que crece y desarrolla, observa que el dinero resuelve entuertos, compra voluntades, endereza lo torcido, blanquea negros y zurce honras, le genera una visión distorsionada del mundo y, como repuesta, se apodera de él en forma gradual y progresiva una ambición desmedida por el dinero y los bienes materiales, que opaca sus sentimientos de vergüenza, remordimiento, culpabilidad, respeto a lo ajeno y consideración al prójimo. Y como no quiere perder el tiempo rápidamente abandona los estudios y se involucra en la política en donde encuentra condiciones inmejorables para desarrollar sus potencialidades crematísticas.

En el medio salvadoreño se considera normal, es decir socialmente aceptable, que alguien se exprese así: “Yo me metí en política porque no tenía trabajo y quería componerme”.  “Me afilié al partido porque estaba cansado de vivir en la pobreza”. “Me conformo que me pongan a trabajar donde hay, del resto yo me encargo”. “Me gustaría conseguir una chamba en alguna aduana de la frontera”.  “Me conformo aunque sea de director del zoológico” (Se cuenta de un director que en el pasado sacrificaba los venados cuando tenía reuniones con asados y los pavos reales los reservaba para navidad y año nuevo).

En Latinoamérica es corriente que políticos que alcanzan el poder constituyan gobiernos de amigos que gobiernan para los amigos, se reparten entre ellos y despilfarran lo que no les cuesta, hasta donde la población se deja. Derraman algunas migajas a los aduladores y burócratas y se contraponen a la prensa porque ésta denuncia sus fechorías y engaños. Y para mantener contenta a la militancia y a la vez abonar al voto duro, reparten “huesos” a diestro y siniestro sin importar si tienen idoneidad, los gastos en sueldos y la enorme hipertrofia del aparato estatal, convirtiendo la cosa pública en una ballena encallada en la playa con una pobre capacidad para resolver los problemas nacionales.

Como producto de la “cargada”, como la llaman en México, donde se necesita un asesor con experiencia en determinado campo ubican a la querida de algún “macizo”, donde se requiere un administrador hospitalario de profesión colocan un especializado en otorrinolaringología, donde el cargo clama por un ingeniero en ciencias agronómicas especializado en café ponen un abogado, finalmente la delicada cartera de la educación la dejan en manos de ingenieros.

La corrupción evidentemente frena el desarrollo y el progreso de los países además de que socava la democracia e incide negativamente en el funcionamiento de los servicios públicos, porque donde tres secretarias eficientes pueden sacar la carga de trabajo contratan a catorce y, cuando necesitan tres ordenanzas debidamente capacitados, contratan ocho o nueve que apenas saben leer y escribir y si sólo necesitan cinco o seis motoristas contratan el doble de tal suerte que les queda tiempo para ver el fútbol y dedicarse a otros menesteres como mandaderos de la esposa de algún jefe.

En el medio criollo existen mil formas de hacer corrupción por acción, omisión, aceptar dádivas, tráfico de influencias, etc. Desde el motorista de un camión nacional que termina de construir su casa con los materiales de la construcción que sustrae en forma que nadie se da cuenta al personaje de altos vuelos que con sólo atrasar la vigencia de una ley puede embolsarse varios millones. En cierta institución se cuenta la anécdota de un concejal que se quejaba de las raquíticas dietas que le pagaban solo por llegar a almorzar y hablar carburo una o dos veces por semana pero nunca hizo mención de los 27 parientes que logró introducir en la institución.
 


*Colaborador de El Diario de Hoy.