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¿Resabios de Guerra Fría en algunos políticos?

El político obsesionado no mira más allá de su rígida programación mental, se comporta como un egocentrista, maneja pasiones toscas y elementales que fácilmente lo hacen incurrir en una permanente beligerancia

Desde mucho antes que se iniciara el conflicto de los años ochenta algunos salvadoreños viajaron a Cuba, Viet Nam, Corea del Norte, China continental y países tras la Cortina de Hierro de aquel entonces, por diferentes motivos tales como asistir a congresos, seminarios, capacitaciones, cursos, realizar estudios de posgrado, etc.

Aquellos más analíticos que entusiastas y sobre todo con criterio independiente separaban la realidad de la propaganda, otros terminaban por convencerse y al regresar se incorporaban a algún movimiento, sin embargo habían algunos jóvenes con cierto perfil psicológico en quienes la propaganda caló muy hondo. Se inició en ellos una especie de “sarampión político” y al regresar venían alabando a Ho Chi Min, Mao Zedong, Fidel Castro y otros personajes y por supuesto odiando a rabiar a los EUA, los oligarcas, los lujos vergonzantes, el militarismo y los estilos de vida decadentes del mundo occidental.

Uno que otro de estos últimos ahora convertidos en opulentos y rancios políticos que se transportan en lujosos vehículos con seguridad incluida y múltiples asesores, de vez en cuando dejan escapar resabios de antaño sea para llevar la contraria, por capricho o por cualquier otro motivo. Lo cierto es que se identifican con jefes de Estado que encarcelan a sus opositores, amordazan a los medios de difusión, gastan en propaganda para incautos enormes sumas de dinero de los contribuyentes, usan la fuerza para reprimir las manifestaciones callejeras, aplauden todo ataque a los EUA y hasta acuerpan y apoyan movimientos armados como las FARC que secuestran, encadenan a prisioneros y acumulan caudales valiéndose de la narcoactividad.

Sus ataduras ideológicas de antigua data les impiden admitir el fin de la Guerra Fría, el derrumbe del Muro de Berlín y el descalabro de la Unión Soviética y naturalmente los desaciertos del primer gobierno del cambio Se evidencia la no percepción de estos últimos cuando hablan de “profundizar los cambios” ¿Acaso consideran buenos cambios el incremento de la inseguridad, la gestión atropellada y confrontativa, la meritocracia del diente al labio, la hipertrofia del aparato estatal y los consiguientes gastos, los tradicionales problemas de educación y salud, el ocultar información y el doble discurso?

El político obsesionado no mira más allá de su rígida programación mental, se comporta como un egocentrista, maneja pasiones toscas y elementales que fácilmente lo hacen incurrir en una permanente beligerancia, situación que se complica cuando se incorporan otras perturbaciones como el alcoholismo crónico, violencia intrafamiliar, obsesión revanchista, reacciones bipolares con matices paranoides, delirios de grandeza y complejo de inferioridad. En casi todos los casos entran en conflicto con los medios de difusión porque estos desenmascaran los engaños, el populismo barato dirigido a la gente sencilla y señala la onerosa partidocracia excluyente y discriminante.

El comportamiento anterior rebasa el raciocinio normal porque el político no aplica los mismos criterios y valores en el análisis sino lo hace en forma selectiva según le convenga o no, evade responsabilidades echando la culpa a otros, teje y estructura grandes patrañas para defenderse aunque más que todo para mantener la cohesión de sus partidarios. En efecto, los ciudadanos salvadoreños se preguntan con justa razón ¿por qué en lugar de atacar y descalificar a las instituciones que los critican, o quejarse de desestabilización, no desvirtúan los señalamientos y denuncias con argumentos sólidos y consistentes incluyendo cifras, acaso no disponen de cientos de asesores?

*Colaborador de El Diario de Hoy.