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Reflexiones a mi regreso a El Salvador

Como en Colombia, el diálogo no reemplaza la necesidad del imperio de la ley, de la justicia o de la necesidad de crear instituciones fuertes

¿Habrá alguna lección o mensaje relevante para El Salvador en las noticias tan emotivas de la semana recién pasada? 

Quizás las sonrisas desinhibidas de felicidad que recibieron al primer Papa latinoamericano cuando llegó a Cuba, momento particularmente conmovedor tras los esfuerzos del Pontífice por reconstruir la relación entre los Estados Unidos y Cuba, luego de más de 50 años de aislamiento, o el arribo, igual de celebrado, del Papa a Washington, una ciudad altamente dividida. De igual importancia, el anuncio del Presidente Santos de Colombia desde Cuba que se ha alcanzado un avance importante en uno de los últimos y más controversiales  elementos de las negociaciones de paz con las FARC: la justicia transicional. 

Asimismo la Fundación de Derechos Humanos Rafto en Noruega anunció que el ganador de este año es el sacerdote jesuita hondureño, periodista, y defensor de los derechos humanos, Ismael Moreno, o Padre Melo. 

Aunque ninguno de estos eventos signifique que la paz absoluta haya sido alcanzada en Colombia u Honduras, y aunque seguramente Washington vuelva a su rutina de siempre, los eventos mencionados son pasos simbólicos. Sin embargo, en medio de la euforia también existen los recientes titulares de la revista El Economista que indican que El Salvador es menos seguro cada día y que probablemente culmine el año como el país más violento del mundo.

Este es mi primer viaje a El Salvador desde la ruptura de la tregua de 2012, y el primero como un ciudadano particular, dado que ya no soy parte del staff de la Organización de los Estados Americanos. Como uno de los protagonistas del proceso de paz de 2012, sé exactamente que este se ha convertido en un tema sumamente complicado y polarizado. Sin embargo, todo El Salvador, incluyendo sus pandilleros, están asustados de la violencia alcanzada. 

El Papa Francisco nos recordó durante su discurso en Washington “que tengamos cuidado con el reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos, y que el mundo requiere que nos enfrentemos a cualquier forma de polarización que nos divide en esos dos campos”. En este sentido, durante su visita a la cárcel en Filadelfia, el Papa enfatizó que los criminales peligrosos pueden ser rehabilitados y reintegrados a la sociedad.

No estoy sugiriendo que el Papa Francisco estaba pensando en la situación que vive El Salvador, pero me pregunto: ¿Si el Presidente Santos puede darle la mano a un líder de las FARC como Timochenko, un enemigo mortal del Estado por más de 50 años, no podríamos empezar a pensar en restablecer el diálogo con los miembros de pandillas aquí en El Salvador?

Como en Colombia, el diálogo no reemplaza la necesidad del imperio de la ley, de la justicia o de la necesidad de crear instituciones fuertes, pero nos provee con un ambiente propicio a crear una sociedad, no como la que conocemos, sino como la que aspiramos a tener…

 
*Canadiense y exsecretario de Seguridad Multidimensional de la OEA.