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Reconciliación hacia la paz

No perdamos de vista el camino recorrido y veamos el pasado no solo para recordar los tristes episodios, sino como la plataforma que nos llevó  atropelladamente a reconocer la luz de la justicia, la democracia, y la reconciliación

Quedó manifiesto que nuestra querida patria sufre una grave enfermedad. Es una que infecta corazones con rencor, envidia y venganza, que se traduce al más vil de todos los sentimientos, el odio. 

Mientras otros mundos se desangran entre guerras y batallas, en nombre de territorios, caudillismos, etnias o petróleo, el nuestro se desangra en rencores entre compatriotas.

Vale recordar que escribimos una historia en común; a pesar que en algunas ocasiones desde trincheras diferentes, también tras una misma, sabiéndonos solidarizar con nuestros compatriotas cada vez que hemos sido víctimas de alguna catástrofe. En esas horas de angustias nos acobijamos bajo una misma bandera, la de El Salvador, allí nos reconocimos el rostro de hermanos. 

No perdamos de vista el camino recorrido y veamos el pasado no solo para recordar los tristes episodios, sino como la plataforma que nos llevó atropelladamente a reconocer la luz de la justicia, la democracia, y la reconciliación. Permitámonos madurar como país y que nuestro pasado sea una guía para caminar hacia adelante y continuar creciendo.

Toda sociedad debe ser regida por un Gobierno, por un sistema de justicia y de orden. El papel del gobierno es actuar como un padre que se esmera por mantener a su familia en un ambiente de armonía y fomentar la unión, la seguridad, el bienestar, inclusión, la integración entre todos. Todo lo contrario sería inconcebible.

Desgraciadamente a diario somos testigos de lo inconcebible. Escuchamos de nuestros gobernantes toda clase de palabra cargada de sentimientos que abocan el odio y la separación. Repetidas veces sale de boca de los “dizque” padres de la patria un discurso separatista arrebatando la paz y promoviendo la lucha.

A su vez todo ciudadano es independiente y no nos exime la responsabilidad particular que llevamos implícita de crear una sociedad justa y pacífica.

Cada hijo de El Salvador que muere, muere una parte de él, cada salvadoreño asesinado es una puñalada al alma de país, cada injusticia cometida duele al ser de patria.

Como salvadoreña amante de mi país y como cristiana no me podía tragar mis letras porque me ahogaban. Ante este desborde de injuria causada por tantos sentimientos de oscuros, mi país está llorando y puedo sentir el dolor colectivo, aunque para algunos sea imperceptible, a mí me asfixia.

Nuestro escudo lleva inscrito:
DIOS, UNIÓN Y LIBERTAD

Me acojo a ello para reclamar esos derechos.

Hoy que ha muerto nuestro expresidente Francisco Flores a causa de la ignominia, víctima del derroche de los más bajos sentimientos hacia su persona, su espíritu no podía resistir más. La opinión pública no se dio la oportunidad a un juicio justo para poder meditar y formarse una opinión veraz.

Plasmado está en la ley que dice: una persona no puede ser llamada culpable hasta no comprobar su culpa.

Sin embargo a él se le trató como al Nazareno, hubo Judas que lo vendió, hubo Pedros que lo negaron, hubo Pilatos, hubo Herodes y una multitud enardecida vociferando.

Ha muerto un servidor de El Salvador, que elevó el nombre de nuestra patria al ámbito internacional y nos presentó ante el mundo como un pueblo de paz y progreso.

Ha muerto un hombre brillante y correcto que calló por no acusar, murió sin un juicio, pero sí juzgado.

Pido a todo aquel que lo recuerde, lo haga con todo el respeto que merece, un hombre con múltiples cualidades humanas y académicas.
No nos permitamos permear el alma con infundios oscuros que nos arrastran hacia el abismo del rencor.

Imploro a nuestro creador sea sembrada la semilla de la paz en nuestra tierra y renazca en ella un nuevo amanecer lleno de esperanza.

Ruego por que en el corazón de todos los salvadoreños renazca al amor y la concordia para volver a ser llamados El Salvador, país de la sonrisa.

Cito las palabras de Ana Frank, quien pudo ver lo más oscuro del ser humano durante la Segunda Guerra Mundial.

“A pesar de todo aún creo en la bondad humana”.

*Colaboradora de El Diario de Hoy.