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La “nueva” política

El discurso de la “nueva política” que atribuye los males que padecen los países a la falta de transparencia, a la abultada corrupción y a la parálisis de los liderazgos de finales del siglo XX, está debilitando aceleradamente la gobe

Los partidos tradicionales continúan en crisis. La diferencia en el siglo XXI es que aumentaron los riesgos para que sigan detentando el monopolio del poder político o inclusive para que sobrevivan. El discurso de la “nueva política” que atribuye los males que padecen los países a la falta de transparencia, a la abultada corrupción y a la parálisis de los liderazgos de finales del siglo XX, está debilitando aceleradamente la gobernabilidad.

El fin del bipartidismo en Honduras, Costa Rica y España demuestra lo anterior. En este último caso, el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español enfrentaron en la pasada elección general un considerable desgaste en su cuota de diputados en el Congreso. Las nuevas agrupaciones políticas “Podemos” y “Ciudadanos” menguaron la representación de socialistas y populares y mantienen al Reino en una encrucijada nunca vista desde el retorno a la democracia.

Según la Constitución, si el actual presidente del gobierno, Mariano Rajoy, o alguno de los otros candidatos no consigue los consensos para que le nombren en dicho cargo, España deberá realizar nuevas elecciones. De obtener el respaldo uno de los aspirantes presidenciales, este tendrá que lidiar con una integración parlamentaria muy fragmentada en la que, seguramente, quienes apoyen su proyecto le exigirán ciertos compromisos con la posibilidad de retirarle la confianza de no cumplir con los pactos que suscriban y con la amenaza de sustituirle antes que finalice su gestión.

El fenómeno español, si bien con algunos matices, presenta a la corrupción como el denominador común con los casos costarricense y hondureño. Lo mismo sucede en Brasil, donde la presidenta enfrenta un juicio político, y en Venezuela, en cuyas últimas elecciones la oposición se impuso obteniendo la mayoría de diputados como resultado de una decepción generalizada de los venezolanos con la forma en que se ha venido gestionando la administración pública. El de Guatemala es un suceso diferente porque no cuenta con un sistema de partidos institucionalizado.
 
Hasta hace algunos años era muy difícil creer que en Costa Rica los partidos Liberación Nacional y Unidad Social Cristiana cederían su sitio a una tercera organización, el Partido Acción Ciudadana, y además deberían encarar a otras entidades como el Movimiento Libertario y el Frente Amplio. La misma historia era impensable en Honduras. Los partidos Libre, el Frente Amplio Político Electoral en Resistencia, el partido Anticorrupción y la Alianza Patriótica terminaron con la tradición centenaria de dos partidos, el Liberal y el Nacional.

Buena parte de los habitantes en esas naciones se hartó de la deshonestidad con la que desempeñaron sus funciones los institutos políticos históricos, del incumplimiento de sus promesas electorales, de la falta de democracia interna y de la lejana relación que mantienen los diputados y los gobernantes con los ciudadanos. Estas decepciones, acumuladas durante años, han relativizado el análisis de los votantes al momento de tomar la decisión de a quién elegir. Ya no importa la perdurabilidad del sistema, ahora lo realmente trascendental es que “se vayan todos”, en referencia a los políticos “arcaicos” y que vengan quienes pueden “resolver” los problemas en el corto plazo. Los que avalan a los “políticos frescos” y  a la “política moderna” premian la rebeldía, el rompimiento del statu quo, la solución eficaz de las contrariedades que soportan diariamente y el manejo cristalino de las finanzas públicas.

Por ahora la población en esos lugares, hastiada de autoridades incompetentes y principalmente aburrida de tanta corrupción, considera a estas nuevas alternativas como la medida política que probablemente mejore su calidad de vida. Creen que un líder sin ataduras partidarias, lozano, hasta insolente, sin un ideario concreto que respetar, que se distancia por completo del pasado y que ofrece la adopción de un original estilo de gobierno, puede ser una buena opción para manejar al Estado.
 
Los experimentos que utilizan fenómenos como el de Pablo Iglesias, la figura que ha encarnado “el cambio” en España, o Alexis Tsipras de Syriza  en Grecia, deben observarse cuidadosamente. Sobre todo cuando el populismo es la herramienta que permite implementar sus ofertas y principalmente porque la “nueva política” está tocando las puertas en El Salvador y desafiando a los partidos mayoritarios.
 


*Columnista de 
El Diario de Hoy.