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Nuestro Congreso de Viena

Es preocupante el maniqueísmo sobre la relación entre sector público y privado y es evidente que para el partido oficial el comercio sigue siendo visto como un juego de suma cero

En octubre de 1814, tras la derrota definitiva de Napoleón Bonaparte, las principales potencias europeas acudieron al llamado del canciller austriaco Klemens von Metternich para asistir a un importante evento que buscaría la paz y estabilidad del continente: el Congreso de Viena.

En este congreso, los más altos dignatarios del Reino Unido, Francia, Prusia, Rusia y Austria plantearían contener el avance de las ideas del progreso y esa “incómoda” ansia que se empezaba a sentir por libertades civiles y derechos individuales. El objetivo primordial del Congreso de Viena era devolver a Europa al “Ancién Régime” de monarquías con poco control parlamentario y donde se prolongaban los antiguos privilegios estamentales.

Desafortunadamente, para ellos estabilidad, paz y balance significaban volver a los tiempos del poder ilimitado, donde el Estado era un fin en sí mismo y no un medio. Vale la pena recordar que este evento, las pretensiones de Metternich y la falsa “Pax Europea” basada en la sumisión al poder fracasaron rotundamente pues la ciudadanía ya no estaba dispuesta al verticalismo autoritario del pasado.

Dos siglos después, en El Salvador estamos siendo testigos de una versión local de este histórico evento: hace unas semanas, el partido de gobierno celebró su primer congreso en 35 años de historia, el cual buscaba “discutir” con una parte selectiva de su militancia las necesidades, prioridades y estrategias de este instituto político que engloba a parte de la izquierda de El Salvador.

Al igual que en Viena, este Congreso supone un claro anacronismo: en tiempos donde la población está entendiendo la importancia de vigilar y despartidizar sus instituciones, cuando cada vez más salvadoreños apuestan por emprender e independizarse, y cuando ganan importancia las ideas progresistas que proveen de más libertad al individuo, este partido de izquierdas hace una apología del poder centralizado y hace evidente una pobre vocación democrática.

Hablemos de la economía: Entre sus líneas, el FMLN apuesta por desmontar el neoliberalismo y derrotar a la oligarquía. Para estos efectos coquetean con la históricamente superada idea de “desprivatización” de los medios de producción, postulando en cambio “debilitar al enemigo principal (…) la oligarquía y sus aliados” (Formación económico social de El Salvador, párrafo 92).

Por un lado, es preocupante el maniqueísmo sobre la relación entre sector público y privado y es evidente que para el partido oficial el comercio sigue siendo visto como un juego de suma cero, y no uno en el que para enriquecerse de forma legítima, se deben solventar las necesidades de la población.

Por otra parte, la apuesta por una mayor participación del Estado en la economía produce --al menos a mí-- un poco de alarma. ¿Podemos confiarle a una estructura ineficiente y contaminada de intereses políticos y de grupos de presión la planificación económica? ¡Claro que no! La apuesta del FMLN ya fue denunciada por el filósofo y economista Friedrich A. Hayek, quien en 1988 calificó el centralismo como “fatal arrogancia”, pues nunca un grupo de burócratas e ideólogos lograrán planificar las complejidades económicas.

De hecho, en aquellos países donde es alta la influencia del Estado en la economía, se han producido graves crisis de escasez, pobreza y desasosiego social y, poco a poco, empiezan a exigir mayores libertades. ¡Hasta la misma Cuba, al pedir el fin del embargo, implícitamente exige más mercado!

Si bien es cierto en su era democrática El Salvador ha transitado un triste camino de corrupción y colusión y algunos sectores han logrado encontrar en las protecciones del Estado una fuente de ingresos extra, la respuesta a estos abusos no es el Estado mismo (siendo sus privilegios artificiales la causa del problema) sino una mayor liberalización de la economía que nivele a todos los participantes y evitar que aquellos con suficiente capital económico o político coopten al Estado.

En el futuro, comentaré sobre la visión política-institucional de este Congreso. De momento, no me queda más que lamentar que en El Salvador, un importante partido caiga en el mismo error de Metternich y los congresistas de Viena: pretender ignorar a millones de personas que ansían cambios, prosperidad, independencia y libertad, y en cambio ofrecer una restauración conservadora. 

 
*Columnista de El Diario de Hoy.