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No nos confundamos

La estructura institucional y estado de derecho propios de la república liberal son la razón por la que ni el peor populista podría convertir a Estados Unidos en un paraíso del populismo

Las elecciones en los Estados Unidos han alcanzado un ímpetu de espiral descendiente que ningún analista pudo haber predicho. Las posibilidades de que Donald Trump llegue a ocupar el puesto de lumbreras como George Washington son ahora bastante reales, con todo y que su plan de gobierno no cuente con un solo específico en materia de políticas públicas y que sus propuestas estén compuestas más por ataques ad-hominem que de ideales de filosofía política. Lo peor no necesariamente es el candidato: son sus seguidores. Las encuestas han demostrado que no es la demografía o la ideología necesariamente lo que explica su leal club de fans: es el autoritarismo. Sus seguidores coincidieron en que era la característica que principalmente les atraía a Trump, y de manera similarmente preocupante, otra encuesta demostró que un 20 por ciento de los seguidores de Trump consideran que la emancipación de los esclavos fue un error y un tercio considera que las personas gay deberían tener prohibida la entrada a los Estados Unidos.

El panorama por el otro lado no es mejor, y casi, casi recuerda a la situación en que el Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa describió la elección en Perú en la que se enfrentaban Keiko Fujimori contra Ollanta Humala como la “disyuntiva de decidir entre el sida y el cáncer terminal”. Los demócratas tienen la amenaza de Bernie Sanders, que con una plataforma radical, pero monotemáticamente enfocada en la desigualdad económica, está prometiendo la imposibilidad fáctica (en base a las realidades fiscales actuales) de otorgar educación gratuita, con independencia de que pasar reformas que en comparación son tibiamente moderadas, como Obamacare o una reforma migratoria, sea imposible con la actual composición legislativa. 

Las estridencias tanto de Trump como de Sanders, han llevado a que muchos Latinoamericanos – aún en recuperación por los traumas graves que nos ha dejado el populismo carnívoro del socialismo del siglo 21, lleno de propuestas estridentes con pocos resultados en materia de desarrollo – hayan caído en la tentación de comparar las candidaturas de Donald Trump o Bernie Sanders con payasos del circo político del calibre de Hugo Chávez o Nicolás Maduro. Los medios conservadores han tomado la comparación como punta de lanza para pintar el escenario apocalíptico de que de ganar uno de los dos, Trump o Sanders, los Estados Unidos se convertiría en una copia al carbón de Venezuela, y no precisamente por el clima.

A ver: no nos confundamos. La comparación entre Sanders/Trump con (inserte el nombre del populista latinoamericano de turno de su preferencia) tiene tanto de acertada como decir que un tomate y una manzana son lo mismo solo por que ambos son considerados fruta. Si bien las consecuencias para las políticas públicas son difíciles de predecir si las presidencias de Sanders/Trump se vuelven algo más que un ejercicio hipotético, lo que sí es definitivo es que el sistema, el de una república con pesos y contra pesos, no va a cambiar.
 
Precisamente por la rigidez —a veces incluso irritante— del sistema, es que Estados Unidos difícilmente se convertirá en la Venezuela en la que se persigue con la fuerza del estado a los opositores políticos y se los apresa, la que reformó la Constitución para expandir el ejercicio del poder presidencial y no el de los derechos individuales. En su diseño del sistema, los fundadores de la república en Estados Unidos volcaron la desconfianza absoluta que les había generado la manera que se ejercía el poder en una monarquía. Por eso, los cambios radicales o las revoluciones políticas en Estados Unidos difícilmente pueden conseguirse en una administración. Son necesarios varios ciclos electorales para cambiar la composición de las dos cámaras del legislativo, que tiene la capacidad de detener o entrampar cualquier cambio impulsado por el ejecutivo. Y, en última instancia, la Corte Suprema es el último bastión para proteger los derechos del individuo, y a menos que cayera un asteroide sobre su edificio, es poco lo que puede hacer un presidente para cambiar totalmente la composición ideológica de la magistratura. En pocas palabras: la estructura institucional y estado de derecho propios de la república liberal son la razón por la que ni el peor populista podría convertir a Estados Unidos en un paraíso del populismo. No nos confundamos.

*Lic. en derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy
@crislopezg