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La marca del destino

Aproximadamente 1,500 personas murieron en el naufragio. Fueron rescatadas por el Carpathia unas 700. Cada pasajero tiene su historia. Hay historias de heroísmo, de dignidad, y también de vergüenza

Ya pasaron 103 años y la historia sigue fascinando al mundo. Todo libro que se escribe sobre el tema se convierte en éxito inmediato. Los lectores quieren conocer más y, aunque es probable que lo que encontrarán ya lo hayan leído, buscan algún dato nuevo, cualquier detalle, algo que agregue aunque sea un poco a sus conocimientos sobre la tragedia. La historia del Titanic despierta interés porque va más allá de lo doloroso del suceso; nos habla del Destino, de lo vanas que a veces resultan ser las pretensiones humanas y de lo frágiles que son las certezas.

El barco más grande y lujoso del mundo, el más moderno de su tiempo, el “insumergible”, tan seguro que “ni Dios lo podría hundir”, se hundió en su primer viaje la noche del 14 de abril de 1912 con un mar en completa calma. Zarpó de Southampton, Inglaterra, y jamás llegó a su destino final: Nueva York.

Fue construido en Belfast con la idea de que superara a todos los barcos de la época. La White Star Line lo publicitó a bombo y platillo por toda Europa y Estados Unidos. Estaba diseñado con compartimientos herméticos para evitar que el agua se propagara en caso de colisión, pero surgió el rumor de que se usaron clavos de remache menos fuertes de los requeridos, para aminorar peso y ahorrar carbón. Tenía un equipo de comunicación de última tecnología, que se usó más para recibir y mandar mensajes de los pasajeros de primera clase que para atender informes de navegación. El capitán Smith era considerado muy diestro y experimentado, pero recientemente había cometido un grave error y colisionado con otro barco. El Titanic recibió no uno, sino varios mensajes de alerta de barcos cercanos de que había campos de hielo en su trayecto. El creador del barco, Bruce Ismay, leyó la nota de advertencia y se la guardó en el bolsillo. Smith también lo supo y no hizo nada. En fin, una serie de eventos que en conjunto…

Cuando el iceberg se divisó ya era muy tarde, iban directo a él. Si no hubieran cambiado de rumbo y dado de frente posiblemente el sistema de compartimientos hubiese funcionado. Pero giraron, y giraron al lado contrario al que había que hacerlo. El témpano golpeó de costado, en el lugar precisamente más vulnerable, en el talón de Aquiles del barco. 

Aproximadamente 1,500 personas murieron en el naufragio. Fueron rescatadas por el Carpathia unas 700. Cada pasajero tiene su historia. Hay historias de heroísmo, de dignidad, y también de vergüenza. El capitán Smith murió dignamente quedándose en el barco, como también lo hicieron los músicos, que tocaron hasta el fin. Diferente es la historia de Bruce Ismay, el director del navío, quien en medio del tumulto y los gritos de “las mujeres y los niños primero”, se subió a un bote salvavidas y estuvo entre los sobrevivientes. Murió 25 años después. Rodeado de controversia, intentando justificarse, fue otra vida marcada por el destino. 

Guadalupe Loaeza nos cuenta que en el Titanic viajaban varios latinoamericanos. Uno de ellos merece especial mención. El mexicano Manuel Uruchurtu, quien ya había sido colocado en un bote salvavidas, pero mientras bajaban el bote al mar escuchó las súplicas de una mujer desde el barco. Cedió su puesto a la mujer y murió como héroe. Es interesante que haya tantas cosas que decir de algo que ocurrió hace más de cien años.

*Médico psiquiatra.
Columnista de El Diario de Hoy.