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Se les pasó la mano, señores...

Ojalá que nuestra sociedad no vuelva a permitir en el futuro que se repitan hechos tan penosos como este, que nos hacen ver como incivilizados

La expectación y el respeto observados en la mayoría de salvadoreños frente al quebranto de salud del expresidente Flores han contrastado enormemente con la ruindad y la deshumanización mostrada por una minoría llena de odio y resentimiento.

Con estupor hemos visto cómo inicialmente celebraron hasta con petardos, luego expresaron dudas de su estado de salud y posteriormente llegaron al acoso clínico a una persona doblegada y a su familia.

Se pasaron, señores... Eso no se le hace a nadie. Eso solo los retrata como deshumanizados y revanchistas. ¡Qué fácil es denigrar a quien no está presente para rebatir, o atacar a quien no puede defenderse! 

Solo me recuerdan a los hombres que se sienten héroes y triunfantes después de maltratar a sus esposas e hijos y celebran sus siete minutos de gloria. Solo así pueden sentirse importantes.

Y aclaro que hablo desde un punto de vista humanitario, independientemente de lo que signifique el expresidente Flores para unos y para otros. Ni siquiera soy político. Lo mismo pude haber dicho si hubiera sido otra persona la vilipendiada.

Después de escarnecerlo públicamente y tratar de incriminarlo y condenarlo a toda costa, como se ha visto a través de los medios, no me vengan a decir que se solidarizan con él y con su familia.

A través de las últimas décadas hemos visto el ascenso y descenso de grandes figuras de la política salvadoreña y nunca vi que se celebrara por su infortunio o se acosara a sus familias.

Como seres humanos, lo menos que podemos sentir en esos momentos debe ser compasión y respeto, pues no sabemos cómo vamos a terminar nosotros. Porque, tarde o temprano, la vida nos pasa la factura.

Lo que queda claro es que la ideología y el fanatismo siguen cegando a sectores de nuestra sociedad y por eso no cobran verdadera conciencia de realidades tan espantosas como la ola de violencia que vivimos.

De allí que proclamen a los cuatro vientos que vivimos en un país pacífico y que la violencia y las pandillas son un “invento de los medios”.
Solo así se explican tantos intentos de amordazar a los periodistas con leyes o reformas sorpresivas a la venezolana.

Hemos celebrado 24 años de la firma de los acuerdos de paz, pero hechos como estos solo nos hacen pensar que para algunos ese acontecimiento histórico no vale nada y que hay que seguir atacando hasta aniquilar al enemigo.

Porque eso es lo que se ve que han tratado de hacer en este caso: exhibir al adversario como un delincuente y exponerlo públicamente con un inusitado despliegue policial, recurrir a toda clase de artificios legales y de hecho para meterlo preso, dilatar al máximo el tiempo en prisión, dirigir toda una maquinaria de improperios e insultos en las redes sociales.

Todo esto sin que hubiera sido juzgado y condenado en un juicio con arreglo a las leyes y, por tanto, sin respetarle la presunción de inocencia que manda la Constitución.

Parece como si la consigna fuera aniquilar moral, sicológica y físicamente al “enemigo” hasta llegar a su cimiento espiritual. Y si creyeran que pueden destruir su alma, quizá lo intentarían.

Ojalá que nuestra sociedad no vuelva a permitir en el futuro que se repitan hechos tan penosos como este, que nos hacen ver como incivilizados.

Y aclaro que si volviera a ocurrir con otras personas, aunque yo no piense como ellas, levantaría mi voz para condenarlo.

Solo hay que recordar que la vida es un búmeran y que nosotros tampoco somos infalibles ni eternos.

* Editor Subjefe de El Diario de Hoy.