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Lecciones guatemaltecas

Sin embargo, la realidad puede mancillar este optimismo, pues todavía no hay garantías de que a Pérez Molina se le logre llevar a la justicia

El jueves 27 de agosto pasará a la historia como el día que los guatemaltecos, bajo el estribillo de “Yo no tengo presidente”, abarrotaron calles y plazas, cerraron negocios (acarreándose pérdidas personales) y pospusieron clases, todo para pedir a una sola voz la renuncia del presidente Otto Pérez Molina, luego de que se encontrara evidencia de sus vínculos con una estructura de corrupción.

La manifestación unió sectores que rara vez concuerdan: desde los feudalismos corporativistas de las asociaciones empresariales, temerosos de cambios radicales al statu quo, hasta  estudiantes; desde grupos religiosos hasta grupos étnicos, a menudo manipulados y excluidos. Toda una manifestación de orden espontáneo –-o la armonía que resulta cuando a intereses encontrados les une el mutuo beneficio-– que, como diría el periodista guatemalteco Luis Barrueto, “le habría sacado lágrimas al economista austríaco Frederick Hayek”. El despertar ciudadano tiene todos los méritos para despertarle el optimismo a cualquiera. 

La tolerancia a la corrupción por parte de la población se ha reducido a cero, se están creando estructuras de reacción cívica que estarán prontas a activarse para lo que se venga en el futuro y lo más importante: la gente está poniendo atención y ya se dio cuenta que ni el pan y el circo alcanzan, porque hasta eso se están robando. 

Sin embargo, la realidad puede mancillar este optimismo, pues todavía no hay garantías de que a Pérez Molina se le logre llevar a la justicia.

El presidente está aferrándose a la inmunidad que le da su cargo. Probablemente comprando tiempo y negociando alianzas con la oposición legislativa para conseguir salir airoso del antejuicio que le podría quitar el fuero. Y ni siquiera tiene que aferrarse demasiado: todo indica que si aguanta hasta el fin de su período en enero (o en su defecto, logra negociar que no le quiten el fuero), puede entonces lanzarse de clavado en las aguas de la inmunidad que le acogerán en el Parlacen, junto a otros compadres de similares historiales. A Guatemala le esperan elecciones, y todo indica que el ganador será Manuel Baldizón --populista que no desentonaría en un coro integrado por Rafael Correa y Daniel Ortega-– en una contienda donde los perdedores no son muchísimo mejores. Un panorama electoral equivalente a salvarse de un barco que se hunde para caer en aguas infestadas de tiburones. Ojalá la ciudadanía guatemalteca no se desanime y sepa que esta es una lucha de largo plazo, pues el paro generalizado del 27A es solo el primer ladrillo para mantener al margen a quien venga después.

La lección más valiosa para nosotros, los vecinos de la región, es la que contesta la pregunta “¿para qué sirve una Comisión Internacional contra la Impunidad?”. Cuando se ejecuta como lo ha hecho el colombiano Iván Velásquez en Guatemala (de manera técnica y sin politiquerías) una CICIES nos serviría para lo que tanto necesitamos: iniciar investigaciones necesarias, convertir rumores en evidencia y despertar a la ciudadanía. Todo con tal de evitar que el poder siga siendo usado para evadir a la justicia e impulsar carreras beneficiadas por la corrupción. ¿Qué estamos esperando?
 

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg