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Idi Amín Dada

Atrás quedaron esos tiempos en los que un funcionario podía pensar estar fuera de la ley, ya no se puede seguir trabajando entre sombras, la transparencia exigida por la sociedad civil es una demanda que ha llegado y que llegó para quedarse

Idi Amín Dada fue un dictador militar y el tercer presidente de Uganda desde 1971 a 1979. Tomó el poder tras un sangriento golpe de estado en enero de 1971, en el que depuso al Presidente Milton Obote. Siendo ya jefe del estado, se ascendió a sí mismo a mariscal de campo.

El gobierno de Amín se caracterizó por el abuso flagrante de los derechos humanos, la represión política, la persecución étnica, los asesinatos extrajudiciales, el nepotismo, la corrupción y la mala gestión económica, si no fuera por que Uganda está en África, juraríamos que se trata de un presidente latinoamericano. Como muchos otros demagogos, Amín pronto olvidó sus promesas democráticas y se dedicó con entusiasmo a acosar a sus enemigos, a los opositores políticos de su régimen y a cualquiera que pensara diferente a su excelentísima majestad. 

El número de víctimas de su gobierno -de acuerdo con estimaciones de observadores internacionales y grupos de derechos humanos- fue de medio millón de personas. Durante sus años en el poder, Amín pasó de la lealtad a occidente y de recibir un apoyo firme de Israel, a ser respaldado por la Libia de Muamar el Gadafi, la Unión Soviética y Alemania Oriental. Si el dicho “dime con quien andas y te diré quien eres”, tuvo una aplicación fiel, fue con Amín: sus amigos eran los entusiastas violadores de los derechos humanos y políticos, así como los gobiernos antidemocráticos que existían para esa época. Era el equivalente a que un gobernante de la actualidad, fuera amigo de los dictadores cubanos y norcoreanos, modernos tiranos y violadores consistentes y sistemáticos de los derechos humanos, para este recién iniciado siglo XXI.

En 1977, después de la retirada de Uganda de los dos últimos diplomáticos británicos, Amín declaró que había vencido a los británicos y añadió a su título las siglas «CBE», por «Conquistador del Imperio Británico», en sus iniciales en inglés. Radio Uganda anunció entonces que su título completo era: «Su Excelencia, el presidente vitalicio, mariscal de campo Alhaji Dr. Idi Amín Dada, VC, DSO, MC, CBE, señor de todas las bestias de la tierra y peces del mar y conquistador del imperio británico en África en general y en Uganda en particular», sin olvidar que era pretendiente al trono como rey de Escocia; solo le faltaba que se le diera el título de “legítimo sucesor de Bolívar”, como alegremente lo utilizaba el Presidente Chávez, cuando se creía el Mesías de Venezuela.

En 1972, como parte de su “guerra económica” –algo que suena curiosamente a la situación que actualmente se vive Venezuela-, Amín rompió relaciones diplomáticas con Gran Bretaña y nacionalizó 85 empresas de propietarios británicos. Ese año las relaciones con Israel se rompieron, pues aunque éste había suministrado antes armas a Uganda, en 1972 Idi Amín expulsó a asesores militares israelíes, se convirtió en un abierto crítico de Israel y se volvió hacia la Libia de Gadafi y la Unión Soviética para conseguir apoyo. Israel, que nunca se anda por las ramas consintiendo tiranozuelos y regímenes que lo atacan, cerró su embajada en Uganda, algo que curiosamente está a punto de ocurrir en El Salvador.

En 1973, el embajador norteamericano Thomas Patrick Melady recomendó que los Estados Unidos redujeran su presencia en Uganda, y describió el régimen de Amín como “racista, errático, impredecible, brutal, inepto, belicoso, irracional, ridículo y militarista”, así tal cual, en ese orden; de hecho, un poquito más y parece como si estuviera describiendo al Presidente Maduro. Bien dicen que la historia se repite, solo que en caso de Venezuela, el gobernante no es tan morenito. 

Con el paso de los años el comportamiento de Idi Amín se volvió más errático, impredecible y escandaloso, incluida la creencia muy difundida de que era caníbal. En 1978 el número de partidarios y asociados de Amín se había reducido significativamente, y se enfrentaba a una disidencia cada vez mayor de la población ugandesa, pues la economía y la infraestructura se habían derrumbado por años de negligencia y abuso. 

Amín murió en el exilio, el 16 de agosto de 2003, no pudo regresar nunca a su Uganda natal, ya que según el Presidente ugandés para esa época, Yoweri Museveni, si él regresaba tendría que “responder por sus pecados en cuanto estuviera de vuelta”. 

Creo que la vida, obra y muerte en el exilio del anterior “hombre fuerte y todo poderoso Rey” de Uganda, debería ser tomada como una lección para ser tenida muy presente por la clase política salvadoreña. Atrás quedaron ya esos tiempos en los que un funcionario podía pensar estar fuera de la ley, ya no se puede seguir trabajando entre sombras, la transparencia exigida por la sociedad civil es una demanda que ha llegado y que llegó para quedarse. No más excusas, no más componendas, todos -incluidos los gobernantes y funcionarios- estamos sujetos a la Ley, nadie por encima de ella, ni siquiera un gobernante que pretenda ser un dios terrenal.

*Abogado, máster en Leyes.