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¿Gobierno de unidad?

Liderazgo y apertura a todas las ideas son probablemente las dos cualidades que necesita quien tiene a su cargo la conducción del país

La violencia que padece El Salvador debió ser motivo suficiente para que al país lo condujera un “Gobierno de unidad”. Se trata de una etapa tan desesperante para los salvadoreños que las fuerzas políticas, los empresarios y los sectores sociales están obligados a entenderse para encontrar una solución definitiva e integral. En los momentos más conflictivos de la historia, únicamente los consensos bipartidistas o multipartidistas y entre los partidos y la sociedad, han representado el remedio más efectivo en contra del cáncer de la polarización que asesina lentamente a los estados. Los españoles con el “pacto de la Moncloa”, el encuentro de la derecha y la izquierda en Chile, los peruanos con su “acuerdo nacional” y el “pacto de punto fijo” de los venezolanos, son solo algunos de los varios ejemplos que demuestran cómo la sensatez de la clase política puede desmontar, no sin profundas dificultades pero al mismo tiempo con grades posibilidades de éxito, las diferencias que la soberbia puede enraizar en la conciencia de quienes administran el poder político en el gobierno y en la oposición.

Un hecho histórico relevante ilustra con toda claridad la afirmación inicial de esta columna de opinión: la Segunda Guerra Mundial. Cuando Jorge VI de Inglaterra solicitó a Winston S. Churchill “formar gobierno”, este último pensó de inmediato en una gran coalición nacional. De esta manera, el estadista británico llamó a laboristas, conservadores y liberales a ocupar los principales cargos ministeriales. Sabía que el reto asumido, nada más y nada menos que defender a Gran Bretaña de la amenaza nazi, que a la fecha había invadido Checoslovaquia, Polonia, Noruega, Holanda y Bélgica, demandaba un manejo estratégico de las relaciones con la totalidad de las fuerzas políticas. Churchill confiaba en la honorabilidad de los políticos y en la presión generalizada ante el inminente ataque alemán. “Es probable que resulte más sencillo formar un Consejo de Ministros, sobre todo uno de coalición, en el calor de la batalla que en tiempos de paz, porque el sentido del deber domina todo lo demás y se dejan de lado los personalismos”.

Esta hazaña, la de persuadir al opositor político para que, formando parte del gobierno de turno, o desde su bancada legislativa, se sume al esfuerzo para alcanzar el objetivo trazado por quien dirige a la Nación, pasa por una condición ineludible: el liderazgo del convocante. Sin ese requisito la batalla está perdida desde el inicio. A Churchill se le facilitó el camino porque desde la Primera Guerra Mundial ocupó posiciones importantes dentro del gabinete de guerra. Cuando los alemanes, con Adolf Hitler a la cabeza, desencadenaron por segunda ocasión un enfrentamiento global entre las grandes potencias, el Primer Ministro de la época ya contaba con suficiente experiencia y con la admiración de la clase política inglesa. Por esta razón, decía Churchill, “una vez acordado lo principal con los dirigentes de los demás partidos, la actitud de todas las personas que convoqué fue similar a la de los soldados en acción, que acuden en seguida a los puestos que se les asignan sin cuestionar nada”.

Liderazgo y apertura a todas las ideas, vengan del partido de gobierno, de la oposición política, de los empresarios o de los movimientos sociales, son probablemente las dos cualidades que necesita quien tiene a su cargo la conducción del país. Mientras suceda lo contrario, es decir, cuanto más alejados se encuentren los gobernantes y el resto de la clase política representada en otras agrupaciones, habrá nulas o muy pocas posibilidades de resolver el problema. También se necesita de una “oposición leal”. Churchill llamaba “hombres honorables” a quienes desde los partidos contrarios al suyo respaldaron su llamado a la unidad. Sabía que sin su amparo fracasaría cualquier intento de contrarrestar la embestida alemana. Nunca escatimó ningún elogio al liderazgo y a la franqueza de sus opositores cuando le favorecieron en aquellas circunstancias históricas tan complicadas. 

Ciertamente El Salvador vive su propia “guerra contra la delincuencia”. Y aunque en una escala infinitamente menor, el ejemplo del ex-Primer Ministro inglés nos permite reflexionar acerca de la imperiosa necesidad que tenemos los salvadoreños de apoyar al poder establecido. Si continuamos enfrentados, y sobre todo si el Presidente permite que sus colaboradores sigan derribando los puentes de entendimiento con los partidos de oposición en la Asamblea Legislativa y con las fuerzas civiles y empresariales, será muy difícil controlar la situación de inseguridad que acongoja a los ciudadanos. Solo un “Gobierno de unidad” puede encarar el conflicto que sufrimos. Pero esa aspiración pasa por un liderazgo fuerte en el Ejecutivo, un despojo por parte de la dirigencia del partido oficial de posiciones ortodoxas y una oposición política dispuesta a entender que vamos hacia el precipicio si no concertamos lo más pronto posible.


*Columnista de El Diario de Hoy.