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Espantoso, todavía siguen asesinando a periodistas en México

En el pasado, en nuestro país también se amenazó, golpeó y hasta se asesinaron periodistas que fueron acusados de “subversivos”; ahora esto no ocurre, aunque siempre hay presiones para ejercer la profesión libremente

Cualquier asesinato es detestable, abominable y deleznable, pero cuando se trata del asesinato de un periodista esto es espantoso, pavoroso y aterrador no solo porque se acaba con una vida sino porque se pretende asfixiar un derecho fundamental como lo es la libertad de expresión, el libre juego de las ideas, el derecho que la población esté informada.

Esta es la primera reacción que me surge luego de que esta semana, en Veracruz, México, sicarios de los narcos primero secuestraron a una periodista y luego la asesinaron salvajemente.

Según los reportes, la periodista Anabel Flores Salazar, de 32 años y madre de dos niños, fue plagiada por un grupo de encapuchados, vestidos con ropa militar y posteriormente asesinada con lujo de barbarie; “su cadáver apareció en un camino de Puebla… estaba semidesnuda, tenía las manos y pies atados, y bolsas de plástico cubrían su cabeza. Según la autopsia, murió por “asfixia mecánica por sofocación”.

Anabel trabajaba para el periódico El Sol de Orizaba, en el área de sucesos, en la tradicionalmente llamada “nota roja”; en México, esta área, importante para todo periódico, no solamente tiene que ver con la violencia cotidiana de tipo delincuencial sino que está estrechamente vinculada con el narcotráfico… lo que hace a la profesión sumamente peligrosa. 

Según Reporteros sin Fronteras, una organización que vela por el trabajo de los periodistas, en 2015 fueron asesinados unos 37 profesionales, siendo Yemen, Sudán del Sur, Siria, Francia y México los países donde han ocurrido el mayor número de asesinatos de comunicadores.

Un reportaje del periódico argentino El Clarín cita que en Veracruz al menos 15 periodistas han sido asesinados desde el 2010; todos han quedado en la impunidad como el de Moisés Sánchez, editor de un semanario regional, Regina Martínez, corresponsal en Veracruz de la revista Proceso, Gregorio Jiménez, otro periodista local asesinado, su cadáver apareció enterrado en una fosa en 2014. No me cabe la menor duda que el crimen contra Anabel Flores también quedará sin descubrirse a los asesinos, el móvil y por supuesto una condena y castigo a los culpables.

La pregunta que surge de inmediato es por qué es espantoso, pavoroso y aterrador el asesinato de periodistas; llanamente, se trata de una acción contra una persona que no está involucrada en los hechos, y que su “único pecado” es contar lo sucedido.

El periodista al informar, en el caso de Anabel, sobre hechos de violencia, particularmente sobre temas relacionados con el narcotráfico, su labor es contar hechos y convertirlos en noticia, esto conlleva al menos tres cuestiones: uno establecer lo sucedidos, dos, relacionar y darles contexto para que puedan ser entendidos; y tres, exponerlos en una publicación sea este un periódico impreso, una radio, una televisora o un sitio web. 

Pero, ¿por qué molesta esto? La respuesta tiene que ver también con tres cuestiones: uno, se revela y se expone a los cuatro vientos lo que se hace en la obscuridad de la noche; los narcos suelen actuar bajo el manto de la noche, en la obscuridad. Dos, poner en entredicho, y esto parece que ocurre a diestra y siniestra en Veracruz, la vinculación de los narcos con el poder, con el gobierno; por supuesto esto pone nervioso a unos y otros. Y tres, muestra las deficiencias de la labor de control y vigilancia del mismo estado, del gobierno, incapaz de enfrentar con firmeza el narcotráfico… hay zonas donde los que “mandan” son los narcotraficantes.

Esto explica porqué la mayoría de asesinatos de periodistas se llevan a cabo con lujo de barbarie... se trata de dar “un mensaje” aleccionador con el gremio y evitar que otros comunicadores se “atrevan” a tocar el tema con valentía, con fuerza, con dureza como lo amerita tratar la problemática de los narcos, en muchos casos, enquistados en las mismas estructuras del Estado y el gobierno, incluso en las mismas instituciones de justicia, policiales y del ejército.

Hacer periodismo de sucesos, informar sobre la cuestión de violencia, no es fácil no solo en México, donde la cuestión linda con los narcotraficantes, sino en países como el nuestro donde las pandillas tienen amplia presencia en todo el territorio, donde las maras han penetrado el tejido social y se ha convertido en una cuestión social tocando profundas raíces estructurales.

*Editor Jefe de El Diario de Hoy.
ricardo.chacon@eldiariodehoy.com