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Escapando del paraíso

Sumando las deplorables condiciones de vida que tienen los cubanos en su patria y la restricción de sus libertades se comprende mejor por qué el éxodo de cubanos ha aumentado considerablemente los dos últimos años

Hace un año, cuando Barack Obama y Raúl Castro anunciaron que las relaciones entre sus dos países iban a tomar otro rumbo, no faltaron quienes predijeron que, por fin, se iba a ver el potencial económico y profesional de la nación caribeña. 

Se pronosticaba un despegue económico paralelo con una mejoría social. Sin embargo… para sostener cualquier economía, y en el caso cubano para reflotarla, son necesarios brazos y cerebros que, lamentablemente, en lugar de quedarse en la isla y trabajar por ellos y sus compatriotas, se están marchando en cuanto pueden. 

Una de las causas de esa emigración es el temor de que sea derogada la “Cuban Adjustment Act”, o Ley de Ajuste Cubano, por la que los cubanos que llegan a los Estados Unidos reciben desde el primer momento una serie de beneficios tales como asistencia médica gratuita, ayuda monetaria y alimentaria, cursos de inglés, un permiso de trabajo, y -al pasar un año de su ingreso- el derecho a obtener de manera automática la residencia norteamericana. 

Imagínese el lector que pasaría si en lugar de organizar redadas y deportaciones de los inmigrantes ilegales salvadoreños, el tío Sam emitiera una “Salvadorean Adjustment Act”… Pues eso, más o menos, es lo que le está pasando con los cubanos: están saliendo todos los que pueden, a donde les sea posible, para dirigirse en último término a los Estados Unidos. Lo que explica parcialmente el embrollado asunto de los migrantes cubanos varados entre Costa Rica y Nicaragua. 

Hace un par de años, además, cambiaron las leyes en la Habana. Hasta entonces, quienes se iban entregaban “voluntariamente” todos sus bienes al gobierno: sus propiedades eran confiscadas y redistribuidas; pero desde hace dos años, quienes emigran conservan sus bienes con la única condición de que regresen a Cuba al menos una vez antes de que pasen veinticuatro meses desde su marcha. 

Entonces, sumando las deplorables condiciones de vida que tienen los cubanos en su patria y la restricción de sus libertades, más el efecto de las leyes de acogida norteamericanas y las leyes cubanas sobre emigración, se comprende mejor por qué el éxodo de cubanos ha aumentado considerablemente los dos últimos años. 

Es interesante hacer notar que, según los medios oficiales, el desempleo en Cuba es tan solo del 2.7 %; por lo que, en realidad, todos los que emigran no lo hacen porque no tengan trabajo, sino porque las condiciones en que viven no son satisfactorias.
 
Esto supone una verdadera sangría de manos y cerebros. Así, por ejemplo, el éxodo de médicos está haciendo peligrar la viabilidad de la salud pública de la que tan orgullosa está la Revolución. Nada ha podido detener la desbandada: ni los aumentos de sueldo, ni la maraña de trámites que deben realizarse para obtener el ansiado permiso de salida, ni el pasaporte rojo (diferente a todos los demás) válido únicamente para viajar entre Cuba y Venezuela, ni el alto porcentaje del salario retenido por el gobierno cubano a cada trabajador, bajo condición de regresar a la isla.
 
¿Ha valido la pena? Le preguntaban a Madeleine, una joven doctora cubana que pidió asilo en la embajada americana en Bogotá, después de llegar en bus desde Venezuela, y que tiene ya un tiempo de estar trabajando en Kentucky: “Claro que sí –expresa–. Honestamente, en Cuba se vive muy mal. No hay futuro. Yo, profesional, con 25 dólares de sueldo, todavía dependía de mis padres. Una es joven y sale con ideas de mejorar profesionalmente. Aunque, claro, lo que más golpea es la soledad, haberlo dejado todo y empezar de cero. Es una vida completamente nueva. Pero de que ha valido la pena, claro que ha valido”.

*Columnista de El Diario de Hoy.
@carlosmayorare