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El error chino

Esta conducta revela que para los jerarcas del Partido las materias primas son percibidas como un botín que debe ser acaparado por las naciones poderosas, mientras deja en claro que no han abandonado del todo la Guerra Fría

Ha sido asombroso. En el curso de apenas una década 300 millones de chinos han abandonado la pobreza gracias a la globalización. La transferencia de tecnología, las inversiones extranjeras y el intenso comercio exterior han realizado el milagro. La humanidad no había conocido un fenómeno semejante en toda su historia. Nunca antes una masa humana de esas proporciones había pasado de la indigencia a integrar los niveles sociales medios en un periodo tan breve.

La bien pensada observación se la debemos al periodista argentino Claudio Escribano. Sin embargo, ese espectacular desarrollo de los chinos puede terminar en el mayor de los de sastres si la cúpula dirigente, al fin y al cabo formada dentro de la dogmática rigidez marxista, continúa insistiendo en el inmenso error de producir como capitalistas modernos, pero sin dejar de comportarse como comunistas viejos. Eso explica que desde hace un tiempo algunos jerarcas del Partido, en lugar de acudir al mercado, estén dándole la vuelta al mundo con una chequera en la mano para “asegurarse” fuentes de abastecimiento de materias primas capaces de surtir a una inmensa maquinaria económica que crece al ritmo anual del 10 %, lo que encarece artificialmente los precios. Y eso explica —y esto es mucho más grave— que sus presupuestos militares se eleven anualmente a 90 mil millones de dólares dedicados a crear una peligrosa fuerza ofensiva repleta de misiles intercontinentales y bombarderos de largo alcance.

Esta conducta revela que para los jerarcas del Partido las materias primas son percibidas como un botín que debe ser acaparado por las naciones poderosas, mientras deja en claro que no han abandonado del todo la Guerra Fría. Todavía sostienen una absurda relación adversaria en el terreno militar contra Japón, Europa y Estados Unidos, obsesionados con Taiwán, como si esa minúscula isla de apenas 36 mil kilómetros cuadrados, 23 millones de laboriosos habitantes y algo más de 500 mil millones de dólares de producción anual, pudiera ser una amenaza para China y no lo que realmente es: una productiva fuente de capital y tecnología que beneficia tremendamente al territorio continental.

Es como si la clase dirigente China no se diera cuenta de que al renunciar al modelo comunista, abrazar la economía de mercado e internarse decisivamente en el camino de la globalización, dejó de tener sentido la visión de conquista y destrucción de los “enemigos internacionales de clase” identificados por Marx y Lenin en sus escritos más agresivos y delirantes. China no aprendió la lección de Japón, hoy la segunda economía del planeta, cuyos dirigentes, después de 1945, comprendieron perfectamente que el secreto del desarrollo sostenido era colaborar pacíficamente en todos los órdenes con el primer mundo, mientras se competía fieramente en el mercado abierto a base de talento, creatividad, precios y calidad creciente, porque eso que llamaban “mundo occidental”, al que se adherían firmemente, no le cerraba las puertas a ninguna nación que respetara las reglas de juego, como posteriormente comprobaron Singapur, Corea del Sur, España, Irlanda y otra docena de países exitosos.

Según los expertos en asuntos militares, China tiene la capacidad de enfrentarse militarmente a Estados Unidos y a la OTAN con algunas posibilidades de vencer en la batalla. Y en los cálculos siniestros que hacen los estrategas, esa victoria podría lograrla con “apenas” 500 millones de muertos, cien ciudades carbonizadas y 800 millones de supervivientes.

Lo que no dicen los estrategas es qué ganaría China con reinar sobre una bola llena de escombros radioactivos en que se convertiría la Tierra. ¿A quiénes les van a comprar y vender? ¿Dónde van a estar los clústers científicos para impulsar el progreso? ¿Es posible que la dirigencia china, pese a su propia experiencia reciente, no haya advertido que la prosperidad, el desarrollo y los avances científicos que pueden beneficiar a su pueblo provienen de la colaboración y la interconexión internacional y no de la destrucción de otras sociedades cargadas de creatividad y riqueza? ¿Es posible que a estas alturas de su propia historia no perciba que el mejor negocio para su superpoblado país —una quinta parte de la humanidad— es que las otras cuatro partes —incluido Taiwán— sean socios ricos con los cuales multiplicar todo tipo de transacciones?
Cuando el modo de producción de China era el comunismo, resultaba natural que los gobernantes en Pekín se aferraran a los disparates de Marx. Pero si han abrazado el capitalismo, es hora de que comiencen a leer seriamente a Adam Smith antes de que destrocen inútilmente el planeta en que vivimos todos. (Firmas Press).

*El autor es periodista y escritor. Su último libro es la novela Tiempo de canallas.