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El encuentro de Rubén Darío y Francisco Gavidia

El paso de Rubén Darío por El Salvador marcó su vida como bardo universal luego de su encuentro con el intelectual salvadoreño, Francisco Gavidia

A pocas semanas de conmemorarse el Primer Centenario de la Muerte de Rubén Darío, acaecida el 6 de febrero de 1916, cabe recordar el encuentro de dos mentes fecundas  destinadas, una, la de Francisco Gavidia, a ser la chispa que encendió la hoguera y la otra, la de Rubén, la que deslumbró al mundo con ella. El acontecimiento tuvo los rasgos de lo que Nietzsche llamó “la unión de lo apolíneo con lo dionisíaco”. La sólida cultura de Gavidia y la embriaguez creativa de Darío.

Francisco Gavidia nació en el departamento de San Miguel, en el municipio de Ciudad Barrios en fecha cuya exactitud se desconoce, por haberse extraviado su partida de nacimiento pero por decreto La Asamblea Legislativa la fijó en 1863.

Luego de terminar su bachillerato en San Miguel, Gavidia se trasladó a San Salvador, donde ingresó al primer  año de Derecho, en la Universidad Nacional, sin embargo pronto abandona la carrera y toma con determinación, pero con disciplina, el rumbo del autodidacta. Con el paso de los años se convierte en una de las preclaras inteligencias del país, con prestigio extensamente reconocido en ámbitos intelectuales de América y Europa.

Fue lingüista, poeta, prosista, dramaturgo, traductor y dominó varios idiomas, entre ellos todos los romances, así como el inglés, alemán y otros. Mostró preferencia por los autores franceses a quienes tradujo al español. Entre 1882 y 1890, cultivan él y Rubén, una estrecha amistad y, en ese mismo período, Gavidia lleva de la mano a Darío por la que este último denomina, “la  armoniosa floresta de Victor Hugo” a quien Gavidia tradujo. Agrega el poeta que el humanista salvadoreño habría sido el primero en ensayar en castellano los alejandrinos franceses.

Es este el único, pero franco reconocimiento dirigido a Gavidia, por haberle iniciado en las cadencias del verso alejandrino francés. Rubén reafirma su dicho al declarar que surgió en él entonces “la idea de la renovación métrica que debía ampliar y realizar más tarde”. Esa realización fue la luminosa alborada del Modernismo un movimiento que, a fines del Siglo XIX y a principios del XX, influyó poderosamente en la producción literaria  del mundo culto con el empleo de originales  tropos, el desarrollo de temas exóticos, la mención de lugares lejanos y la ruptura con los autores, hasta entonces considerados tradicionales.

Entre los muchos episodios de su vida, Darío relata una poco conocida anécdota de Gavidia, de quien siempre fue tenido por hombre juicioso y comedido, nunca dado a desbordamientos emocionales. Sin embargo hemos de dar crédito a Darío cuando narra que, hallándose Gavidia en París, al cruzar por un puente del río Sena, iba leyendo un periódico en el  cual se enteró de que un inocente había sido ejecutado. “Entonces --dice Darío-- se impresionó de tal manera que sufrió la más singular de las alucinaciones. Oyó que las aguas del río, los árboles de la orilla, las piedras de los puentes, toda la naturaleza circundante, gritaban: ¡Es necesario que alguien se sacrifique para lavar esa injusticia. E incontinenti se arrojó al río. Felizmente alguien le vio y pudo ser salvado. Le prodigaron  auxilios y fue conducido al Consulado de El Salvador cuyas señas llevaba en el bolsillo”. 

De esa amistad e intercambio de experiencias, sentimientos y conocimientos poéticos habrían surgido, entre muchos otros, aquellos inmortales versos de la cornucopia dariana: “La princesa está triste. ¿Qué tendrá la princesa? / Los suspiros se escapan de su boca de fresa, / que ha perdido la risa, que ha perdido el color. / La princesa está pálida en su silla de oro, /está mudo el teclado de su clave sonoro, / y en un vaso, olvidada, se desmaya una flor...”
 

*Periodista.
rolmonte@yahoo.com