La dieta “chucho-free”

El problema con la dieta de los que no comen chucho es que se vuelven cómplices de la cultura de impunidad  que en nuestro país fomenta los delitos de corrupción desde el poder

Cualquier individuo moderadamente sociable se habrá dado cuenta, como consecuencia de comer con amigos, que aquello de “yo como de todo” se está volviendo una expresión tan chapada a la antigua como “te marco al víper”. La ciencia, para bien o para mal, nos ha permitido conocer tanto más sobre el efecto que la nutrición tiene en nuestros cuerpos que muchos han logrado grandes aumentos en sus calidades de vida a través de la personalización de sus dietas, incorporando nutrientes que les benefician y renunciando a productos que les hacen mal.
 
Al club de los vegetarianos se han unido los lactosa-free, los veganos, los paleolíticos, los gluten-free. Y ¡qué bien por ellos! Cualquier decisión individual que lleva a la mejoría personal sin consecuencias negativas para terceros no debería ser sujeto de juicio público o crítica. Nadie mejor calificado para tomar decisiones sobre lo que mejor le conviene a su persona y a su cuerpo que uno mismo. Cada quien. Sin embargo, la parte que le da operatividad al anterior principio es “sin consecuencias negativas para terceros”. Y hay una dieta que sí merece crítica por cómo está afectándonos a todos y favoreciendo a quienes libremente la han escogido. Y las consecuencias negativas de esta dieta no superficiales -- como tener que sobrevivir tortuosas y largas conversaciones cargadas de información que no necesitábamos sobre cólones irritables -- sino verdaderamente dañinas al Estado de Derecho y la democracia. 

La dieta a la que me refiero, por falta de un nombre propio, podría conocerse como “chucho-free”, a partir de aquel sabio adagio que dice “chucho no come chucho, y si come no come mucho”. El adagio se usa para calificar a aquellos que, en una posición de poder y con la responsabilidad de condenar, perseguir o hacer operativas las consecuencias negativas de cometer actos de corrupción o crímenes, no lo hacen precisamente porque quieren reservarse el derecho a ser ellos quienes también han cometido o quieren cometen las mismas faltas en un futuro. Casi parece un poético acto de solidaridad empática: todos los corruptos juntos, contribuyendo puntadas de crochet para una gran colcha de impunidad que los cubra a todos.

Y la dieta chucho-free trasciende las fronteras ideológicas: solo vea con el cuidado quirúrgico con el que Mauricio Funes se refiere a Antonio Saca, y viceversa. Lo mismo el presidente Sánchez Cerén, que al hablar de la administración de Saca o Funes hace malabares retóricos para evitar dar una impresión que no sea la de probidad absoluta, a pesar de que existan suficientes signos de interrogación que podrían ameritar por lo menos, investigaciones por parte de las instituciones correspondientes.

También los diputados han demostrado ser aficionados a la estricta dieta libre de chucho. Con el mismo grado de experticia y agilidad que una persona “gluten-free” le puede recitar listas de granos básicos y especies sobrinas de la quinoa, un grupo de legisladores ya estudia como ponerle cualquier tipo de freno a los pesados de la Corte Suprema y sus ganas de andar moviendo piedras y buscando gusanos con esa su probidad y lucha “anticorrupción”. Quieren quitar la incomodísima “presunción de enriquecimiento ilícito” que podría constituir el chispero para desatar importantes investigaciones. No, lo anterior no es devoción por los derechos procesales de individuos como Reynaldo Cardoza o Nelson Flores. Es simplemente la protección propia del pellejo: el que no come chucho, compra la tranquilidad de que los chuchos que le rodean no se lo van a venir a comer más tarde.

El problema con la dieta de los que no comen chucho es que se vuelven cómplices de la cultura de impunidad  que en nuestro país fomenta los delitos de corrupción desde el poder. Al llegar, se pasan todos al mismo bando, olvidando que se deben al cumplimiento de la ley y que los recursos del Estado deben estar al servicio de la población y no del auto-servicio. Como he Lmencionado en alguna columna anterior, el club de las colas pateadas hace que expresidentes y funcionarios en general continúen aumentando fortunas mientras el ministerio público permanece ciego y se pasa legislación con el descarado propósito de entorpecer y debilitar a la justicia. 

Quizás de los elementos más importantes a considerar para los diputados en la próxima elección del fiscal, y para nosotros, el electorado en general cuando le demos apoyo electoral a cualquier funcionario, es que nos aseguremos de que come de todo.
 

*Lic. en Derecho de ESEN con maestría en Políticas Públicas de Georgetown University. Columnista de El Diario de Hoy.
@crislopezg