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Beato de todos.

La ceremonia de Beatificación fue una gran fiesta donde la abundancia de bien ahogó la presencia de mal que pudo haber habido. Subió hasta los altares la figura del Beato Óscar Romero, dejando de ser solo el Obispo M&a

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En el acto de Beatificación de este 23 de mayo, la figura de Monseñor Óscar Romero pasó a un plano superior, el de los altares. Al escuchar con atención los mensajes durante la ceremonia se fortalece el concepto cristiano de que todo es para bien. Quién iba a pensar, por ejemplo, que de la pronta partida de esta vida de la madre de un niño de 9 años, Karol Wojtyla, iba a erigirse la Magna figura de San Juan Pablo II. Contaba el Santo la profunda impresión que le causó despertarse por las noches durante su niñez, en aquella Polonia pobre, entre guerras --entre fascismo y comunismo-- y ver a su padre de rodillas junto a su cama.

Treinta y cinco años después del martirio del nuevo Beato, transcurridos los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, el Papa Francisco concretó su Beatificación. La Iglesia, que observa los juicios humanos desde la fe, estudió sus escritos, indagó extensivamente sobre detalles de su vida, dictaminando que evangélico fue su mensaje. "Romero es nuestro (de la Iglesia)", dijo San Juan Pablo II, al visitar su tumba. Todo es para bien, pensé en la ceremonia de Beatificación del pasado sábado, en la que concluyó la misa que oficiaba el Beato cuando fue asesinado en 1980. De ahora en adelante, su figura solo deberá ser venerada y respetada.

Claro mensaje de reconciliación es el que ha venido dando la Iglesia, en especial desde que se fijó la fecha para la ceremonia de Beatificación. Habiendo existido sostenida controversia alrededor del martirio y del negro capítulo, de horrores, que desde allí se desató, qué bueno que exhaustos los contendientes, doce años más tarde humanamente alcanzáramos acuerdos que nos permitieron la firma de la paz, reconciliación con nosotros mismos, con nuestros conciudadanos y con Dios es lo que requerimos ahora, para que empiece a ceder el odio y la violencia, que han venido predominando en una sociedad que lo que en su conjunto requiere es amor, paz y trabajo.

Por ello pienso que todo es para bien.

La ceremonia de Beatificación fue una gran fiesta donde la abundancia de bien ahogó la presencia de mal que pudo haber habido. Subió hasta los altares la figura del Beato Óscar Romero, dejando de ser solo el Obispo Mártir de los salvadoreños para convertirse en Beato de la Iglesia universal. No más división en torno a su figura, menos aún manipulación o revanchismo. Al revisar sus escritos encontré que el nuevo Beato condenaba la violencia viniera de donde viniera, no le conocí en persona pero a través de lo que he leído de su vida me doy cuenta de lo que le tocó vivir. Y que fue fiel al Evangelio, hasta llegar al martirio por amor.

Muchas cosas sorprendentes van descubriéndose al revisar sus escritos, testimonios de quienes le conocieron y han escrito sobre él, pero para no caer en la trampa humana de resaltar lo que a mí más me ha agradado, creo que lo marcó profundamente su paso por Roma para la realización de estudios superiores. Fue ahí donde su vocación sacerdotal encontró mayores asideros y respuestas, fe y razón. Porque contrario a lo que una buena rama de la intelectualidad piensa, fe y razón no son dos concepciones que antagonizan sino que se complementan. Hasta ellos llegó, dejándoles un gran aporte, el Papa Emérito Benedicto.

Una mañana especial vivimos los salvadoreños y quienes alrededor del mundo nos acompañaron, en especial latinoamericanos. Al develarse la imagen del nuevo Beato de la Iglesia, atrás quedaron treinta y cinco años desde su martirio. Ahora tenemos un Beato de todos.

*Director Editorial de EL DIARIO DE HOY.