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Agua de coco

La experiencia mundial ha llevado a identificar y volcar cada pieza del rompecabezas del desarrollo sostenible en una agenda ambiciosa y desafiante para la humanidad

¡Qué rico es tomarse una agua de coco! Muchos de ustedes, de seguro, lo han hecho camino al aeropuerto, hace un día, un mes o un año. Hay montañas de cocos, y con cada montaña se ven champitas con hamacas y sillas y bebés y niños y madres, sobrellevando cada día la miseria, la carga de un Estado que no ha logrado darles lo básico a generaciones de familias para vivir con dignidad y seguridad.

El Salvador adopta la Agenda de Desarrollo Sostenible 2015-2030 de la ONU 15 años después de haber adoptado la Declaración del Milenio, la cual incluyó ocho Objetivos de Desarrollo del Milenio con metas cuantificables. La nueva agenda se ha expandido a diecisiete objetivos, incluyendo dimensiones relacionados al fin de la pobreza, hambre cero, salud y bienestar, educación de calidad, igualdad de género, agua limpia y saneamiento, reducción de las desigualdades, trabajo decente y crecimiento económico, ciudades y comunidades sostenibles, industria, innovación e infraestructura, paz, justicia e instituciones sólidas, entre muchos otros temas relacionado con los recursos naturales y su sostenibilidad, así como alianzas para lograr los objetivos.

La experiencia mundial ha llevado a identificar y volcar cada pieza del rompecabezas del desarrollo sostenible en una agenda ambiciosa y desafiante para la humanidad. Esta agenda es adoptada en un contexto en el que el país enfrenta enormes dificultades ambientales y económicas, según la declaración del Gobierno ante la ONU (a éstas, yo agregaría la violencia, que no es un problema menor). Además, señala que se ha consolidado un sistema de protección social, y ha sobrepasado las metas de la reducción de la pobreza y la mortalidad materna, el aumento en la cobertura de educación primaria, la mejora en el acceso al agua potable y el empoderamiento de la mujer. Aunado a esta narrativa se lista una serie de programas, de los que desconocemos sus impactos o su contribución al logro de dichos objetivos.  

El camino que tomemos para lograr establecer una visión común en torno a temas claves del desarrollo, tiene que ver mucho con el liderazgo en el país. Es esencial poder contar con líderes que tengan la visión, la destreza y la habilidad de priorizar, formular, implementar y evaluar leyes, políticas públicas e iniciativas que estén dirigidas a contribuir al desarrollo sostenible de manera consistente y responsable, en un contexto de serias restricciones fiscales y de bajo crecimiento.

Como punto de partida, deberíamos reconocer la persistencia de brechas económicas, sociales, culturales y ambientales. Estas brechas se esconden tras las cifras de promedios nacionales. Esto significa que decir que hemos logrado cumplir los objetivos de desarrollo del milenio es tapar el eclipse lunar con un dedo. Más aún cuando mantenemos regiones con niveles de desarrollo humano bajo, comparables a países de África, en ámbitos tan críticos como la desnutrición crónica, el acceso a agua potable y al saneamiento básico. 

Reconozcamos que este nuevo compromiso asumido ante la ONU y el mundo, puede volverse inalcanzable si continuamos colocando los escasos recursos en programas que no tienen impactos sostenibles en la calidad de la educación y de la salud, en la reducción de la violencia, en el acceso a un empleo decente y a oportunidades de generación de ingreso, o en la gestión del riesgo y del cambio climático, entre otras dimensiones.  Esto requiere asumir la responsabilidad fiscal y profundizar los valores democráticos como el Estado de Derecho, la libertad de expresión y la transparencia.

Una señal de que habremos consolidado un sistema de protección social será cuando esas mujeres, bebés y niños que ahora venden cocos a la orilla de la carretera, no expongan sus vidas, sino que  tengan acceso a oportunidades para mejorar su calidad de vida.

*Columnista. Investigadora invitada, Universidad de Harvard.