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¿Quién fue la primera mujer estudiante de medicina en El Salvador?

Muy poco se sabe de la vida de la primera salvadoreña que, en 1887, se inscribió en la Universidad para estudiar la carrera de Medicina y Cirugía.

Por Carlos Cañas Dinarte | Mar 08, 2022- 06:00

Tarjeta postal del edificio de la Universidad de El Salvador y de la adjunta Escuela Politécnica. Imagen digital proporcionada por el educador y coleccionista estadounidense Dr. Stephen Grant

La ceremonia comenzó a las 09:00 horas de aquel sábado 1 de enero de 1887, en el Salón General de Actos o Paraninfo ubicado en la segunda planta del edificio de la Universidad, al costado poniente de la Catedral de San Salvador. Durante la solemne ceremonia, que finalizaría seis horas más tarde, el rector Dr. Nicolás Tigerino – en el cargo desde el 20 de noviembre de 1885- ofreció las mejores atenciones del claustro al presidente de la república y general de división Francisco Menéndez, así como a todo su gabinete, magistrados de la Corte Suprema de Justicia y demás invitados especiales.

Entre las decenas de estudiantes presentes, dos se destacaban por sus atuendos. Eran las dos primeras mujeres matriculadas en aquel recinto. Una de ellas era la capitalina María Antonia Navarro Huezo (1870-1891), matriculada en el Doctorado en Ingeniería Topográfica, grado iberoamericano que alcanzaría en la tarde del 20 de septiembre de 1889, un año después de lograr el de Bachiller en la misma especialidad.

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También estaba María de la Concepción “Concha” Mendoza Mariona, nacida en San Salvador, el 17 de abril de 1866, en el hogar de Felipe Mendoza y Juana Mariona. Ella optó por inscribirse en el primer curso de la Facultad de Medicina y Cirugía. En ese año lectivo, el recinto universitario contaba con 26 cátedras, de las que 13 eran de Medicina y Cirugía, 7 de Jurisprudencia, 4 de Ingeniería y 2 de Farmacia y Ciencias Naturales.

Ambas féminas alcanzaron sus títulos de bachilleres en Ciencias y Letras, tras pagar 15 pesos cada una por sus derechos y aprobado los exámenes orales y públicos correspondientes, ante sendos tribunales designados por la Facultad correspondiente de la máxima casa de estudios del país, fundada en febrero de 1841. En casi medio siglo de historia universitaria, sólo Aurelia Lara había logrado un grado menor de Bachiller en Filosofía en 1854. Después, la ausencia femenina en aquellos salones de tendencias patriarcales era evidente, pero para nada justificable.

Dra. Antonia Navarro Huezo, en la fotografía difundida por La Revista Ilustrada de Nueva York, codirigida por Nicanor Bolet Peraza y Román Mayorga Rivas.

Estudiar en la Universidad no era fácil para nadie, hombre o mujer, por los vaivenes políticos, la carga escolástica en los estudios reglados y por los cambios constantes en los catedráticos, que muchas veces pasaban a ocupar otros cargos dentro de la administración pública.

La carrera de Medicina había iniciado en diciembre de 1847, gracias a la cátedra de Anatomía inaugurada en el preuniversitario Colegio Nacional de la Asunción, por el profesor Dr. Rafael Pino. Tres años después, el recinto universitario otorgaba la primera licenciatura en Medicina y Cirugía a Gregorio Ávalos, fallecido en septiembre de 1881 y sepultado en uno de los costados del templo de Santa Lucía, en Suchitoto.

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Aunque la carrera y facultad médica del país contaba con la larga experiencia de varios médicos formados en la Francia del segundo imperio napoleónico, lo cierto es que hasta la segunda mitad de la década de 1880 las instalaciones disponibles para dichos estudios eran precarias, los textos eran importados y leídos en francés y la disponibilidad de laboratorios especializados era casi inexistente. Sólo hasta el triunfo de la revolución liberal de 1871 y la introducción de la historia natural y el positivismo hubo cambios significativos para abordar y transmitir las ciencias en el país.

De la vida, destino y muerte de Concepción Mendoza se conoce muy poco. El martes 9 de noviembre de 1883, en su página 3, el periódico oficial La República informaba de que logró superar los exámenes del tercer curso de Ciencias y Letras. Dos años después, alcanzaría el bachillerato, como lo consignaría ese mismo medio en la página 2 de su edición del 15 de enero de 1886. Sus notas de esos años fueron tres sobresalientes y algunos buenos, que quedaron consignados en las páginas del Diario Oficial.

Fotografía del laboratorio de Química del edificio de la Universidad de El Salvador (1879-1955). Imagen proporcionada por la Biblioteca Nacional Francisco Gavidia, San Salvador

En la Memoria de labores universitarias de 1885 (Diario Oficial, tomo 20, no. 81, jueves 8 de abril de 1886, pág. 414), el secretario del claustro Dr. Daniel Calderón escribió acerca de Concha Mendoza: “Observaréis que entre los cursantes que obtuvieron el título de Bachiller figura el nombre de una señorita de esta capital, que sobreponiéndose a nuestras preocupaciones sociales y persiguiendo la realización de hermoso ideal, no ha trepidado en cursar las aulas para cursar para alcanzar honroso puesto en la sociedad ilustrada del país. Y así como ella, hay varias otras señoritas que no se han desdeñado de cultivar su inteligencia, haciendo sus estudios de conformidad con las prescripciones de la Ley Universitaria y sometiéndose a los exámenes respectivos en la Universidad. Esas nobles hijas de Minerva merecen, pues, que sus afanes no se miren con punible indiferencia y que, por el contrario, se les dispense toda protección, facilitándoles la prosecución de sus estudios. Tiempo es ya de conocer las ventajas que se alcanzarían con la metódica instrucción de la mujer, cuyas facultades intelectuales no ceden de ninguna manera a las del hombre. Y ya que entre nosotros se ha despertado en ella la noble afición al estudio, esforcémonos por hacer fructuosas sus labores, pues que de ella depende, en gran parte, el progreso y moralización de los pueblos, siendo, como es, que su elevada misión sobre la tierra abarca también la formación de los buenos ciudadanos, inculcándoles los mejores sentimientos y despertando en ellos las legítimas aspiraciones para prepararlos convenientemente a dedicar sus aptitudes en favor del engrandecimiento del país”. Concha Mendoza fue una de las 26 personas nacionales que, en ese año, alcanzaron el bachillerato en Ciencias y Letras.

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En aquel año de 1887, la carrera de Medicina tenía catedráticos como los doctores Carlos Bonilla (decano, periodista y suegro de Francisco Gavidia), Emilio Álvarez Lalinde (cirujano colombiano de renombre internacional), Tomás García Palomo (cirujano, farmacéutico y político), Antonio Najarro (futuro abuelo materno de los escritores Alfredo y Miguel Ángel Espino), Ramón García González (futuro alcalde capitalino), Francisco Guevara , Francisco García de Machón, Nicolás Aguilar, Daniel U. Palacios, Carlos Castro, Mariano Orellana, José Ángel Mendoza, Macario Araujo, etc. Según su experiencia, cada uno de ellos devengaba entre 960 y 1440 pesos por año al servir sus conocimientos en esas cátedras.

La carrera médica comprendía materias como Zoología, botánica y geología; Anatomía descriptiva, Fisiología, Histología, Obstetricia, Medicina legal, Química inorgánica, química orgánica y física médica; Clínica quirúrgica y medicina operatoria práctica; Patología general y patología interna; Materia médica, terapéutica e higiene privada; Enfermedades de los niños y viejos e historia de la Medicina, Clínica médica y anatomía patológica y Pequeña cirugía. Incluso, en ese año se pensó en establecer materias especializadas para que los jóvenes cursantes se decantaran por las profesiones de Dentista u Oculista. Así, un año después, el pénsum ya comprendía 15 cátedras, de las 26 manejadas en todo el recinto universitario, pero ese número decaería a 11 materias médicas en 1889.

Busto en mármol del intelectual nicaragüense Dr. Pablo Buitrago, que durante décadas estuvo en el patio central de la Universidad de El Salvador.

En aquel primer curso de su carrera, los compañeros de Concha fueron once: Carlos G. Salmón, Francisco Alvarado, Salomón R. Zelaya, Alfonso Zelaya, Ramón G. Chévez, Francisco M. Penado, Adonay Girón, José Antonio Rosales, Francisco A. Echeverría y Luis Quintanilla. En los exámenes de las cuatro primeras materias cursadas (Física médica, Anatomía descriptiva, Química orgánica y Botánica), para casi todos ellos hubo notas sobresalientes otorgadas por unanimidad y por mayoría. Para Concha sólo hubo tres buenos por unanimidad y un bueno por mayoría.

Entre 1888 y 1889, bajo el rectorado del galeno Dr. Francisco García de Machón, la carrera de Medicina y Cirugía fue dotada con modernos gabinetes de Histología, Bacteriología, Anatomía patológica, Farmacia, Materia médica, Fisiología y Física médica, así como un anfiteatro anatómico, construido en el Hospital General capitalino y cuyas funciones, iniciadas el 28 de enero de 1889, fueron puestas bajo la dirección del Dr. Eustorgio Calderón. Pero Concha Mendoza ya no hizo uso de ninguno de esos equipos e instalaciones ni optó por el grado menor de Bachiller en Medicina y Cirugía o por una de las seis plazas de Practicante en el Hospital, para lo cual habría tenido que estar matriculada en cuarto año, haber concursado por oposición y haber demostrado “moralidad notoria”, lo que fuera que eso implicara para una mujer soltera de más de 21 años. De esa manera, resulta falsa la afirmación hecha por el escritor, educador y periodista Francisco Espinosa, quien en su conferencia Evolución de la enseñanza secundaria en El Salvador, leída en el Instituto Nacional de San Salvador, el 19 de febrero de 1938, señaló que Concha concluyó la carrera de Medicina en cinco años.

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¿Abandonó la carrera por bromas pesadas de sus compañeros? ¿No pudo costearse más los textos importados y el equipo necesario para seguir con sus estudios? ¿No le otorgaron ninguna beca y debió buscarse un trabajo, quizá como docente de primaria? ¿Contrajo matrimonio o falleció, como le ocurrió a la Dra. Navarro Huezo? ¿Fue víctima de las inestabilidades políticas o de la acuciante situación de las finanzas nacionales, agobiadas por deudas masivas con acreedores extranjeros? Por el momento, sólo el silencio responde a esas inquietudes. Tampoco ha llegado hasta nosotros una fotografía o retrato pictórico de Concepción Mendoza, la salvadoreña que fue pionera en los estudios nacionales de Medicina y Cirugía.

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