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Las relaciones tóxicas pueden afectar la autoestima, la tranquilidad emocional y la forma en que una persona se relaciona con su entorno.

¿Por qué volvemos a lo que sabemos que nos hace mal?

Revisar el celular sin parar, procrastinar o volver a una relación dañina puede dar alivio inmediato. Entender qué buscamos en ese momento ayuda a romper el ciclo.

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Resumen del artículo:

Muchas veces repetimos conductas que sabemos que nos hacen mal porque ofrecen alivio inmediato frente al estrés, la ansiedad, el cansancio o la soledad. No todo es un hábito automático: algunas acciones responden a patrones emocionales más complejos. Revisar el celular sin parar, procrastinar o volver a una relación dañina puede convertirse en una forma de buscar calma momentánea, aunque después aparezca malestar. El estrés y el agotamiento también dificultan tomar decisiones orientadas al bienestar futuro. Identificar cuándo aparece la conducta, qué emoción la precede y qué recompensa ofrece puede ayudar a comprender el patrón y empezar a cambiarlo.

Decís que no vas a escribirle otra vez. Que hoy sí vas a dejar el celular lejos de la cama. Que esta vez empezarás ese pendiente antes de que sea urgente. Y, sin embargo, llega la noche, aparece el cansancio, la ansiedad o la soledad… y terminás haciendo exactamente lo que prometiste evitar. La pregunta aparece casi sola: si sabemos que algo nos hace mal, ¿por qué volvemos?

La respuesta es menos sencilla que “falta de voluntad”. No todo comportamiento repetido es un hábito automático ni todo ocurre porque el cerebro “entra en piloto automático”. Expertos consultados por EL PAÍS explican que algunas conductas sí se vuelven automáticas con la repetición, mientras otras son patrones mucho más complejos, en los que intervienen emociones, vínculos, miedo, recompensa y experiencias previas.

¿Es un hábito o estás buscando sentirte mejor?

Tomar café siempre a la misma hora, revisar el móvil apenas vibra o morderse las uñas ante un correo estresante pueden convertirse en respuestas muy automáticas. Un hábito se fortalece cuando repetimos una conducta en contextos similares hasta que comienza a requerir menos esfuerzo consciente. Investigaciones sobre formación de hábitos de University College London señalan justamente la importancia de repetir una acción ante señales o situaciones consistentes para desarrollar automaticidad.

Pero volver con alguien que te hace daño, quedarte horas haciendo scroll cuando deberías dormir o posponer una conversación difícil no siempre entra en esa categoría.

El psicólogo clínico Aleix Hildebrandt explica a EL PAÍS que volver a una relación dañina puede formar parte de un patrón donde se mezclan apego, miedo a la soledad, momentos buenos y una historia compartida. La psiquiatra Rosa Molina añade que conductas como mirar repetidamente el celular, procrastinar o regresar a relaciones complicadas pueden proporcionar algo muy poderoso en el corto plazo: alivio frente al estrés, la ansiedad o la soledad.

Y ahí aparece una pista importante: muchas veces no volvemos porque nos guste sufrir. Volvemos porque, durante unos minutos, eso conocido nos calma.

El problema del “solo cinco minutos”

Pensá en una tarde pesada. Tuviste un mal día y abrís una red social “solo cinco minutos”. Una hora después seguís deslizando la pantalla. Sabés que mañana estarás cansado, pero en ese momento el celular está haciendo algo por vos: te distrae.

El uso excesivo del celular puede interferir con el descanso, la concentración y el bienestar emocional en la vida cotidiana.
El uso excesivo del celular puede interferir con el descanso, la concentración y el bienestar emocional en la vida cotidiana. / Shutterstock

O imaginá que extrañás a una expareja. Recordás perfectamente por qué terminó la relación, pero también recordás una noche buena, una conversación que te hacía sentir acompañado o la sensación de que alguien estaba ahí. Entonces aparece el mensaje: “¿Cómo estás?”.

Ese choque entre lo que conviene mañana y lo que alivia hoy está en el centro del problema. Hildebrandt lo plantea como una elección repetida del alivio inmediato frente al bienestar futuro.

El estrés también puede inclinar la balanza. Una revisión científica sobre estrés y toma de decisiones encontró evidencia de que, bajo determinadas condiciones de estrés, las personas pueden depender más de respuestas habituales y menos de decisiones orientadas hacia objetivos. Los investigadores advierten que el fenómeno es complejo, pero existe consenso creciente sobre esa tendencia.

En palabras sencillas: cuando estás agotado, saturado o bajo presión, quizá tengas menos energía mental para preguntarte “¿qué me conviene?”. Y lo conocido tiene ventaja.

Saberlo no siempre alcanza

Hay otro motivo por el que estas situaciones resultan tan frustrantes: uno puede entender perfectamente el problema y aun así repetirlo.

“Sé que debería acostarme temprano”. “Sé que esa relación no me hace bien”. “Sé que dejar todo para mañana me estresa”.

Ese conocimiento importa, pero no necesariamente modifica la conducta por sí solo. Molina explica que lo que racionalmente consideramos importante puede competir con mecanismos relacionados con recompensa y alivio emocional.

Por eso castigarte con un “¿cómo pude hacerlo otra vez?” probablemente aporta menos información que preguntarte qué estaba pasando justo antes.

Cuatro preguntas para reconocer tu propio patrón

Antes de intentar eliminar una conducta de golpe, puede ser útil observarla durante unos días:

  • ¿Cuándo aparece? ¿De noche, después del trabajo, cuando estás solo o cuando estás estresado?
  • ¿Qué sentís justo antes? Aburrimiento, ansiedad, enojo, cansancio, miedo o soledad.
  • ¿Qué obtenés inmediatamente? Distracción, compañía, placer, calma o evitar algo incómodo.
  • ¿Cómo te sentís después? Ahí suele aparecer la verdadera diferencia entre alivio inmediato y bienestar.

Este tipo de observación también encaja con enfoques psicológicos como la terapia cognitivo-conductual, que presta atención a la relación entre pensamientos, emociones y comportamientos. La Asociación Americana de Psicología señala que estrategias como identificar fuentes de estrés, cuidar el sueño y reformular ciertos pensamientos pueden ayudar a manejar mejor las respuestas ante situaciones difíciles.

Cambiar también consiste en ponértelo más fácil

Si cada noche terminás haciendo scroll, dejar el teléfono cargando lejos de la cama puede funcionar mejor que confiar únicamente en “tener fuerza de voluntad”. Si procrastinás ante tareas enormes, dividirlas en acciones pequeñas reduce la barrera de entrada. Si el impulso es escribirle a alguien en un momento vulnerable, esperar, salir a caminar o contactar primero a otra persona puede crear una pausa.

No se trata de encontrar un truco que funcione para todos. Se trata de descubrir qué necesidad está intentando resolver esa conducta.

A veces lo que parece un “mal hábito” es simplemente automático. Otras veces es una forma imperfecta de calmar algo más profundo. Reconocer la diferencia no resuelve todo de inmediato, pero cambia la pregunta: en vez de “¿por qué hago esto otra vez?”, quizá convenga preguntarse “¿qué estoy intentando conseguir cuando vuelvo aquí?”.