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Una solución, tres palabras

¡Cuánta razón tiene Francisco! Sin futuro no hay esperanza, sin presente (sin la autovaloración de cada uno) no hay futuro… Sin futuro solo hay presente: un presente marcado por el materialismo y la inseguridad

De acuerdo a lo que se conoce, México padece una situación de inseguridad ciudadana, económica, de oportunidades, muy parecida a la nuestra. Las condiciones de la juventud, la problemática social, la corrupción privada y pública… hacen de la vida en ese país una especie de lotería, casi tan azarosa como la nuestra. 

El Papa lo sabe, y en su discurso a los jóvenes el pasado martes, después de poner las cosas en contexto, habló con los asistentes a corazón abierto. 

Empezó diciéndoles que tenía frente a él la riqueza de México. Idea que matizó diciendo: “cuidado, no dije la esperanza de esta tierra, dije: su riqueza. Ustedes son la riqueza, que hay que transformar en esperanza”.

Esperanza: “sentir el mañana, no podemos sentir el mañana si primero cada uno no logra valorarse, si no logra sentir que su vida, sus manos, su historia vale la pena. Sentir (…) que con mis manos, con mi corazón y con mi mente puedo construir esperanza”.

Un discurso que va directamente a la cabeza de las personas, a enfrentarlos con su realidad, a forzar para que cada uno tome determinaciones: “la esperanza nace cuando se puede experimentar que no todo está perdido, y para eso es necesario el ejercicio de empezar ‘por casa’, empezar por uno mismo (…). No estoy perdido, yo valgo, yo valgo mucho. Les pido silencio ahora. Cada uno se contesta en su corazón. ¿Es verdad que no todo está perdido? ¿Yo estoy perdido, estoy perdida? ¿yo valgo? ¿valgo poco? ¿valgo mucho?”.

El silencio se podía cortar, la gente meditaba de veras, pensaba, tomaba postura. ¡Cuánta razón tiene Francisco! Sin futuro no hay esperanza, sin presente (sin la auto valoración de cada uno) no hay futuro… Sin futuro solo hay presente: un presente marcado por el materialismo y la inseguridad.

“La principal amenaza a la esperanza son los discursos que te desvalorizan y terminás con el corazón triste (…). Es cuando sentís que no le importás a nadie o que estás dejado de lado”. “La esperanza está amordazada por lo que te hacen creer, no te la dejan surgir. La principal amenaza es cuando uno siente que tiene que tener plata para comprarlo todo, incluso el cariño de los demás”.

Y continuaba, ante la mirada atenta de quienes bebían sus palabras: “es mentira que la única forma que tienen de vivir los jóvenes aquí es la pobreza, la marginación”; hablaba palabras que no eran simplemente de denuncia, o de motivación, con frases y ejemplos que incluían también las soluciones: “de la mano de Jesús les pido que no se dejen excluir, no se dejen desvalorizar, no se dejen tratar como mercancía”. 

Y como buen catequista, como buen maestro, ayudó a los presentes, y a los miles de jóvenes que le escuchaban en Morelia y en las plazas de la república mexicana, a trazarse un plan de acción concretado en tres palabras: riqueza, esperanza, dignidad: “tres palabras que las vamos a repetir: riqueza que se la dieron, esperanza porque queremos abrirnos a la esperanza, dignidad ¿Las repetimos? Riqueza, esperanza, dignidad. La riqueza que Dios les dio a ustedes -ustedes son la riqueza de México- la esperanza que les da Jesucristo, y la dignidad que les da el no dejarse ‘sobar el lomo’ y ser mercadería para los bolsillos de otros”.

Un programa de vida, una solución para el futuro, una receta que debe trabajarse en el presente. ¿Teórico? ¿Utópico? ¿Irreal? Sí. Pero, precisamente, la juventud necesita de utopías, de grandes ideales, de esperanza; si no, se hunde en la miseria presente. El Papa lo sabe, y seguro de que en la juventud está la solución de México, y –por qué no decirlo-, de la humanidad, apuesta fuerte. 

*Columnista de El Diario de Hoy.
@mayorare