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La raíz de la violencia

Mientras el problema de la seguridad se continúe manejando sin tener en cuenta la patología que produce la violencia, los resultados siempre serán contraproducentes

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud la violencia es causada por un estado abrumador de humillación que afecta al agresor y le genera un sentimiento de inadecuación. La humillación se produce frente a cualquier trato de desprecio que una persona recibe. Por ejemplo, la segregación social, la atención inadecuada de la salud, vivienda precaria, falta de acceso a oportunidades, pobreza. Para que el estado de humillación desencadene actos violentos se precisan factores de riesgo, como por ejemplo, ser víctima de abusos, machismo, altos niveles de criminalidad en el vecindario, acceso a armas, hacinamiento, exclusión. Para mitigar los factores de riesgo se deben anteponer a ellos los factores de protección como la mejora de la autoestima, la formación en valores, oportunidades para la vida y opciones de superación, la aceptación y el aprecio. Es decir, aquellas acciones que permitan el alivio y superación del estado de humillación.

Cuando se habla de prevención de la violencia se hace referencia a las acciones de largo plazo que llevan como finalidad elevar el nivel de vida de los niños y jóvenes; proporcionarles oportunidades de vida reales, abrirles espacio en la toma de decisiones y disminuir la estigmatización. Exactamente esas cosas son las que no se están haciendo en nuestro país. O que, al menos, no se hacen en proporciones adecuadas como para producir un impacto perceptible. Por el contrario, lo que se prioriza en temas de seguridad es una confusión esencial entre los conceptos de criminalidad y violencia, el ignorar que el fenómeno de las pandillas está estrechamente relacionado con el tejido social. Las pandillas no son entes ajenos que llegan a invadir un barrio o comunidad. Las pandillas son la expresión de las comunidades que viven en esos lugares y se encuentran fuertemente enlazados a la vecindad. El trato injusto, prejuiciado y parcial solamente profundiza el sentimiento de humillación. El uso de epítetos despectivos, la fuerza desmedida, las ejecuciones arbitrarias, el maltrato en las prisiones y el endurecimiento de las condiciones, ya de por sí inhumanas, incrementan el estado de humillación abrumadora que, a su vez, provoca más violencia.

A pesar del esfuerzo represivo que se lleva a cabo y que satisface el clamor de venganza de la ciudadanía, los niveles de violencia en lugar de disminuir se han incrementado escandalosamente. No pasará mucho tiempo sin que la población comience a darse cuenta que nos han conducido a un callejón sin salida. Mientras el problema de la seguridad se continúe manejando sin tener en cuenta la patología que produce la violencia los resultados siempre serán contraproducentes. Lo trágico de la situación es que el precio más alto lo siguen poniendo las personas de limitados recursos que son quienes más expuestas se encuentran a las violencias de las partes. Nadie responde por las vidas que se pierden para siempre en porcentajes que se duplican o triplican. Se desprecian los esfuerzos que sí han dado resultado pero no con la rapidez que el próximo evento electoral demanda. Al final, los actuales impulsadores de la represión ciega y arbitraria terminarán frustrados, desacreditados y sobrepasados en sus posibilidades sin haber entendido nunca la naturaleza del problema al que quisieron hacer frente y sin comprender nunca la razón de su fracaso. Ya para entonces la oportunidad será pasada y la verdad habrá dado su veredicto.
 

*Colaborador de El Diario de Hoy.