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Acabemos primero con la pobreza

No se acaba con la pobreza a fuerza de acabar con los ricos, sino creando riqueza material, a través de fomentar la riqueza mental con la educación y la riqueza espiritual con los valores

Por Mirella Schoenenberg de Wollants
Nutrióloga y abogada

El anciano sacerdote se dirigió al joven clérigo recién llegado al pueblo, con voz suave y paternal:


–Padre Sebastián, he sabido algo que me preocupa profundamente. Comprendo que lo guía una buena intención, pero me veo en la necesidad de llamarle la atención. Don Silvestre me mandó a llamar para darme una queja. Se trata de que en las primeras lecciones del Catecismo, les ha metido usted en la cabeza a los niños ciertas ideas que considero altamente perjudiciales.

–¿Cómo cuáles, Padre?– cuestionó el interlocutor.


–Pues que le ha dicho a los niños que le digan a sus padres que el esfuerzo de su trabajo debe estar en proporción al salario.


–Así es, Padre. Y les dije que si cobran más de lo que trabajan, que entonces cobren menos. Pero que si trabajan más de lo que cobran, pues que cobren más.


–¿Y usted sabe que esas teorías ya han empezado a armar líos y que varios obreros se han presentado donde don Silvestre pidiéndole aumento en el salario?


–¡Ah, pues qué bueno!

–¿Por qué?


–Porque recuerde usted que se ha de procurar que las riquezas no se acumulen en manos de los ricos y que se repartan entre los trabajadores.


–¡Pero eso es comunismo! –argumentó, repentinamente, la hermana del Obispo, quien cenaba junto a los dos religiosos.


–No, doña Sara. Esa es la encíclica de su Santidad Pío XI y de su Santidad Juan XXIII. En su encíclica dice que los trabajadores deben ganar lo suficiente para tener un nivel de vida verdaderamente humano que les permita sacar adelante a su familia…


–Pero la forma en que usted lo enfoca puede traer problemas –refutó el otro cura.

–Pues no lo creo, porque Su Santidad León XIII, allá por el año de 1891, ya lo decía en su encíclica, que el Estado debe ayudar a la clase proletaria porque del trabajo y el esfuerzo del obrero salen las riquezas de los Estados. Eso lo dijo hace un titipuchal de tiempo y no ha pasado nada. ES UN ERROR QUERER ACABAR CON LOS RICOS, hay que acabar primero con los pobres, Padre…


–Eso no lo dice la encíclica…


–No. ¡Eso lo digo yo!…

Esta conversación es un extracto del guion de la película “El Padrecito”, filmada en 1964, en San Miguel Allende (México) y protagonizada por Mario Moreno, Cantinflas, quien, por supuesto, escribió en mucho el guion.


Halagada y criticada, realizada a solo dos años de que el Papa Juan XXIII hubiera convocado al Concilio Vaticano II, como muchas de sus películas, su mensaje fue originalmente moralizante y, al parecer, seminaristas residentes en Roma le enviaron una carta de felicitación.


Masón, culto e ilustrado, hábil de pensamiento y palabra, Cantinflas le da vuelta al calcetín y presenta el argumento contrario a lo acostumbrado: la importancia de la honestidad en el trabajador, y una ideación novedosa: convertir a los humanos en ricos para que ya no existan pobres.


La honestidad es uno de los valores más importantes que se ha tratado de cimentar en la mente humana, aplicable a todos los ámbitos de las relaciones humanas. Para una empresa, contar con colaboradores honestos es vital, pues su existencia aumenta la búsqueda por aprender habilidades laborales que incrementarán la eficiencia y el compromiso.

No obstante, la honestidad es producto del ejemplo, donde la cabeza o jefatura la estimulará en sus subalternos.
Implica mostrar respeto hacia los demás y tener integridad y conciencia de sí mismo. La honestidad es muchas cosas: es decir la verdad, es ser sincero, es mostrar respeto hacia las demás personas y tener consciencia de sí mismo, es tarima de la confianza al grado que mejora la toma de decisiones.


Ser honesto en lo que se cobra por el trabajo realizado es un valor a fomentar desde la niñez, en una época en que se están viendo funcionarios públicos alegando que trabajan ad honorem aunque reciben dineros de otras maneras, siempre proveniente de los impuestos de los ciudadanos: un pésimo ejemplo para la juventud actual, que ha destruido los cimientos morales de nuestra sociedad y la posibilidad de disminuir la pobreza.


Cantinflas tuvo éxito porque decía la verdad. Sus alegatos y argumentos fueron en mucho vistos como humor, al convertirse en un telón que caía para descubrir lo obvio, lo prohibido, lo verdadero, que, por no haber costumbre de ello, generaba emoción que impulsaba a la risa.

La honestidad del personaje Cantinflas nos ubica, a los espectadores de sus películas, en el rol de víctimas de las conductas deshonestas de otros, obligándonos a aceptar que los humanos no debemos tolerar ese tipo de comportamientos, pues nos dañan en lo individual y en lo colectivo, conservando la pobreza humana, material, mental y espiritual, en nuestros países.


No se acaba con la pobreza a fuerza de acabar con los ricos, sino creando riqueza material, a través de fomentar la riqueza mental con la educación y la riqueza espiritual con los valores ¡Hasta la próxima!

Médica, Nutrióloga y Abogada
mirellawollants2014@gmail.com

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Lucha Contra La Corrupción Opinión Valores

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