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Los que nos enseñaron a caminar

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Por Carmen Maron
Educadora

Como decíamos, lidiar emocionalmente con la responsabilidad de cuidar a un adulto mayor puede ser extenuante y requerir de creatividad.


“Mi mamá se niega a vivir con nosotros, se NIEGA”, me comentó otra amiga, pensionada y ahora profesional independiente. Su madre es casi centenaria y la negativa comenzó hace veinte años. Así que mi amiga ha hecho malabares porque contratar enfermeros o ayuda fija se sale de su presupuesto: varios miembros de la familia viven en el mismo edificio de apartamentos desde principio de los 2000. Ella es una institución en el edificio y ha logrado mantener los mismos alquileres, e incluso cambiar de apartamento, cuando la dueña vendió el de ella, uno de los dos que tenía en el edificio. La señora tiene el apartamento en la planta baja y los demás se turnan para dormir con ella. El ISSS le provee terapia y atención psicológica. “Y aún así", me dice, “muchas veces me llama durante el día que se siente abandonada. Yo comprendo que es su edad, pero no niego que en el fondo me hace sentir culpable”.


“Yo no me puedo dar el lujo de contratar enfermeros", me dijo otra mujer, que me presentaron para este artículo. Trabaja en el gobierno y el esposo es mando medio en una empresa. Al contrario de muchas, cuida a su suegra. “Hay gente que me dice que mande a mi suegra al asilo porque no es mi mamá, como si fuera menos persona por ser mi suegra". Uno de sus hermanos se llevó a su madre a vivir a Estados Unidos, así que en ese sentido está tranquila. A su hermano le ha ido bien y su cuñada y su madre se llevan de maravilla. “Pero mi esposo con sus hermanos son como el agua y el aceite, y no puedo dejar a la señora sola, así que ella también va ‘al colegio’“. Todas las mañanas, llena el baúl del carro con loncheras para sus hijos y una bolsa de pampers y sueros para su suegra. Dos veces a la semana, se une la empleada del hogar. Lleva a sus hijos al colegio por el Bulevar de Los Héroes y luego deja a su suegra y la empleada donde la prima de su esposo en la Miramonte. La prima es jubilada y recibe una cantidad de dinero modesta por parte de ellos a cambio del “cuido” de la señora.


“La empleada se queda en casa tres veces a la semana y dos veces con la prima de mi esposo. Suena complicadísimo, pero Susy (la prima) creció con Mama Tita (la suegra) y se aman. Yo se que la cuidaría sin lo que le damos, pero con eso Susy se aliviana un poco. La empleada mantiene la casa limpia y les cocina para los días que no va. Además, gracias a Susy, mi esposo y yo podemos también tener tiempo solos o para actividades con los niños. A mamá Tita no le gusta el mar, así que si vamos, se queda con Susy. Incluso, tenemos un arreglo que si uno de los niños se enferma se queda con Susy, y si Susy se enferma, mi esposo o yo nos quedamos con ella.” Ella siente que el arreglo beneficia a todos, y permite mantener unida a la familia.


Y claro, hay aquellos que, ya sea por voluntad de los padres o por necesidad tienen que enfrentar las realidades de un asilo. “Es doloroso", me dijo una secretaria. “Yo sé que la gente me juzga pero no tuve opción. Soy madre sola y tengo un bebé. No tengo para pagar una empleada. Cuando mi mamá se cayó, estuvo ocho horas en la casa sola", se muerde el labio. “Nunca le dejé a mi hija, no por desconfianza, sino para que descansara. Ese día la bebé estaba en la guardería. Imagínese. La gente piensa que la tengo allí tirada, pero no es así. Pago para que esté en otra área y la voy a ver cada fin de semana y sé que está bien cuidada. Yo amo a mi mamá, pero ahorita no puedo cuidarla YO".


Otros, de mejor condición económica tienen otras razones. “Papá no quiso seguir viviendo en la casa cuando murió mamá. Se sentía solo", me cuenta otra amiga. "Vio un hogar para jubilados que tenía hasta gym y decidió probar. A los meses vendió su casa de Santa Ana, pero no la del mar y también arregló con su motorista que le hiciera viajes". Se ríe un poco. “La verdad, aunque suene egoísta, me alegro de que lo haya hecho. Lo vemos más a menudo, se siente independiente, y cuando quiere va al mar, y es el alma de la fiesta en el hogar. El todavía esta joven, no sé si, a largo plazo querrá seguir en un hogar, pero creo que fue su manera de decir ‘tengo que comenzar de nuevo’. Esa siempre ha sido su actitud. Por lo demás, no sé como le siguen el ritmo. Ni me quiero imaginar todo lo que se ha de inventar.”
“Mi mamá aún vive en Perquín", me cuenta otra mujer, la primera en su familia en salir de su pueblo y terminar la universidad. “Se niega a dejar su casa. Yo soy la solterona, tengo dos hermanos en Estados Unidos, así que un fin de semana sí y uno no, voy a Perquín”. Ella admite que es posible gracias a “todos los tíos, tías y tíos segundos” que viven cerca. “Yo vivo en un apartamento. Me la traigo a veces pero no le gusta. Y para mí, lo que importa es que sea feliz".

¿Piensa traerla en algún momento?

“Como última opción. Como le digo, la red familiar es fuerte. Me apoyaría en ellos primero. Y tendría que ser por algo muy, muy grave".


“Mi papá es viudo, mi hermana vive en Suecia,“ me cuenta otra mujer que me presentaron. Ella es una exitosa consultora, y su hermana igualmente exitosa en dónde escogió vivir. “Nosotros tenemos la fortuna de tener a la Cata y su familia, los que cuidan la finca dónde crecimos, porque el se niega a dejar su pueblo” (por privacidad me pidió no mencionarlo). Entre las dos hijas le pagan un motorista, que lo trae dos veces a la semana a San Salvador, dónde ella lo acompaña a citas médicas a almorzar y a hacer mandados. “Y yo voy al pueblo un fin de semana sí y uno no. Eso sí, lo llamo todas las noches y todas las mañanas. No lo creerías pero,en la Pandemia, aprendió a usar Zoom.

Educadora.

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