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Corrupción en carne y hueso

Después de observar corrupción por todos los rumbos en la historia el ciudadano común y corriente, me refiero al peluquero, artesano, operario de taller y al empleado que viaja en transporte colectivo, si bien no acepta la corrupción la considera inevitable y no le causa asombro

Por Rodolfo Chang Peña |

Un sociólogo mexicano estima que investigar el origen de las prácticas corruptas necesita remontarse a la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XV y considera se fundamentan en preceptos que se han venido perfeccionando con el tiempo y son ahora mas prácticos y casi doctrinarios como los siguientes: “Toda cacha es permitida”, “Majes los que no aprovechan la oportunidad”, “Si vas a pecar que sea por algo que valga la pena”, “Dejé que otros lo hicieran, ahora es mi turno”, “El derecho al botín no se discute”, “El que reparte se queda con la mayor parte”, “Sólo los que no aprovechan mueren pobres” y “Con dignidad y decencia no se llena el estómago”.


El aprovecharse del cargo para procurarse beneficio de cualquier índole, favorecer a terceros y privilegiar la amistad, el compadrazgo y la parentela por sobre la idoneidad, siempre han prevalecido y es la conducta esperada cuando hay cambios en los niveles altos, aunque lo interesante es que no parece responder a una necesidad, capricho o circunstancia especial, sino mas bien producto de una subcultura, una especie de corriente que arrastra y subyuga, que se transmite de generación a generación y no es privativa de un sector o nivel social determinado.

Después de observar corrupción por todos los rumbos en la historia el ciudadano común y corriente, me refiero al peluquero, artesano, operario de taller y al empleado que viaja en transporte colectivo, si bien no acepta la corrupción la considera inevitable y no le causa asombro que nombramientos y ascensos se hagan “por cuello”, que el robo tipo “hormiga” ocurra en muchas instituciones, que el tiempo contratado se cumpla a medias, que se realicen mas llamadas de carácter personal que las relacionadas con el trabajo, que el transportista que lleva 30 bolsas de cemento solo declara 15, que la encargada de una dependencia encargue 150 desayunos y pide que le facturen 250, etc. Y como la corrupción es parte de la vida cotidiana no extraña que tenga un arraigo similar al de lanzar basura al suelo, carecer de cortesía al conducir, quemar pólvora en navidad y fin de año, soltar a todo trueno el volumen del aparato de sonido alegando !Estoy en mi casa!, cenar con pupusas los fines de semana y orinar a la vera del camino.


Pero, ¿qué comenta la gente? ¿Cómo reacciona ante las noticias que señalan prácticas corruptas? En prácticamente todos los hogares es común escuchar comentarios como los siguientes: “Y quién no lo hace en estos tiempos por las facilidades de la comunicación”, “Si llegas arriba, robas, si te quedas abajo, te roban, en conclusión será que ¿Todos roban y todos se dejan robar?”, “Ni modo, es como el fútbol, es lo que hay, no hay para mas, que se va hacer”, “Excelente que investiguen pero que lo hagan parejo, es decir con los nuestros y con los otros”, “En Centroamérica probablemente existen mas corruptos por kilómetro cuadrado que en otras regiones”, “No tiene sentido combatir lo inevitable, el problema es que algunos se pasan de la raya”, “Abatir la corrupción es tan complejo como eliminar tradiciones”, “En estos tiempos el que no cae, resbala, en cuanto a las investigaciones, lo mas seguro es que tal vez”, “La impresión es que en el pasado el corrupto se conformaba con menos, lo hacia de vez en cuando o la sabia hacer” y “Esta bien que pequen pero que hagan obra, que resuelvan los problemas y no hablen paja”.


El sociólogo citado estima que al menos en Latinoamérica el problema de la corrupción es prácticamente insoluble por la misma naturaleza humana. En todo caso considera que los impulsos que inducen a la corrupción son variados y dependen de cada caso en particular pero que en términos generales destacan el hambre, costumbre, ociosidad, rapiña, complejos, compromisos familiares, salir de deudas y ambición desmedida por el dinero y bienes materiales. Todos están por encima de las buenas prácticas, leyes, educación y valores aceptados por la comunidad; no obstante, algunos involucrados justifican su proceder y los hay que reniegan dar información sobre el origen de su fortuna que dilapidan sin escrúpulos. Llama la atención el corrupto cuyo móvil es la ambición, aunque existe toda una variedad de esta estirpe, a muchos se les identifica por acumular lo que consideran “trofeos” o “botines” (200 camisas de marca, 90 pares de zapatos, 20 relojes de puño de lujo, colecciones de armas, vehículos o propiedades) y se sienten mal si no son objeto de admiración y lisonja.


Médico.

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