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La campana de Huesca

Ante los últimos acontecimientos derivados de la extraña muerte de un ex funcionario, la “campana de Huesca” ha sonado y su lúgubre de repique se escuchó desde el Lempa hasta el Guascorán. Fue escuchado por la oposición, la oligarquía, la nobleza empresarial, la sociedad civil, los movimientos populares, los sindicatos, la academia, los estudiantes de la universidad nacional, los médicos, los jueces, los funcionarios, los activistas medioambientales, así como por todos aquellos que todavía conservan esa saludable costumbre de mantener su cabeza debidamente puesta sobre sus hombros.

Por Maximiliano Mojica
Abogado, máster en leyes

Una de las experiencias más satisfactorias a nivel cultural que he tenido, fue mi visita al museo del Prado en Madrid. Ahí pude ver en exhibición itinerante un cuadro que me dejó profundamente impresionado no solo por la increíble y acabada manufactura que dejó la impronta de su creador, el pintor palentino José Casado de Alisal, sino por su profundo, amenazador y lúgubre mensaje, el cual, después de tantos siglos, aún conserva su vigencia plena.

El lienzo retrata al rey Ramiro II de Aragón, vestido con engalanados y ricos ropajes propios de la monarquía, luciendo en su testa la corona de la que emana su muy mundano y temporal poderío. Lo que impacta a quien observa la obra, es que está rodeado de las cabezas cortadas a sus nobles, nobles levantiscos para decir lo menos, que habían osado desafiar su autoridad.

Según la historia, todo empieza cuando en el reino empieza a levantar cabeza una incipiente oposición a su estilo de gobierno, materializada, por una parte, por la nobleza que empezaba a declararse en rebeldía a las normas emanadas de su real autoridad. Preocupado, el rey manda a consultar un antiguo consejero: el abad del monasterio francés de Saint Pons de Thomières, a quien solicita su humilde consejo: ¿Qué hacer con esos nobles levantiscos?

Se dice que el abad no dijo palabra, se limitó a solicitar al heraldo enviado para que lo acompañara al jardín de la abadía. En él existía un hermoso rosal, tupido de bellas flores. El abad le hizo notar que algunas de las flores “sobresalían de las demás”, ante lo cual, el abad tomó unas tijeras y las cortó, sentenciando: “esto es lo que debes de hacer”.

El heraldo regresó con el ramo ante el rey y se lo entregó. “¿Qué dijo el abad?” preguntó. “Que vuesa majestad corte las flores que sobresalen” fue la lacónica respuesta. El rey, luego de meditar en la respuesta del abad, decide convocar a los nobles rebeldes: “necesito de su presencia y ayuda para crear una campana -la “campana de Huesca”- de dimensiones tales que su repique se escuche en todo el reino”. Sabemos que los nobles asistieron puntuales a la cita… solo para encontrar su muerte por decapitación.

El rey, hecha su truculenta y sanguinaria labor, convoca al resto de nobles para puedan ver a sus pies, diseminados por el suelo y puestos en forma de campana, las cabezas de los nobles rebeldes. Dato curioso: la cabeza del obispo de Jaca (municipio de la provincia de Huesca, capital de la comarca de la Jacetania, de la comunidad autónoma de Aragón) era la única que colgaba del pistilo de la campana, supongo que se trataba de un pequeño y macabro detalle para darle mayor contundencia a la escena.

Por descontado, una obra pictórica carece de sonido, pero al contemplar el cuadro casi se puede escuchar el asombro y los sonidos guturales emitidos por las gargantas de los presentes al contemplar semejante abominación.

Mientras eso sucede y como dato interesante, el cuadro muestra al monarca con un enorme perro negro -símbolo del poder que posee sobre sus violentos esbirros a quienes suelta o retiene, libera o reprime, para que ejerzan fuerza bruta sobre sus enemigos-, sujetado con una cadena con su mano izquierda -la más débil, la que más fácil deja soltar algo-, mientras el perro abre sus fauces amenazantes ante los nobles que permanecen, a pesar de las ricas vestiduras con que los representan, apiñados en una esquina de la estancia mudos de terror y asombro, sin atreverse a dar un paso, sin atreverse a desafiar a su majestad, sin atreverse a hablar, sin atreverse a respirar.

El mensaje de la “campana de Huesca” es claro: o se gobierna por la razón o por la fuerza, la idea es que los súbditos (no ciudadanos, ya que ciudadanos hay en una democracia, súbditos que obedecen, son los que hay en cualquier otro sistema) deben de conocer el lugar que les corresponde: el lugar del obediente, el silente, el que debe de meterse solo en lo que le corresponde. El que no lo entienda, eventualmente aprenderá.

Ante los últimos acontecimientos derivados de la extraña muerte de un ex funcionario, la “campana de Huesca” ha sonado y su lúgubre de repique se escuchó desde el Lempa hasta el Guascorán. Fue escuchado por la oposición, la oligarquía, la nobleza empresarial, la sociedad civil, los movimientos populares, los sindicatos, la academia, los estudiantes de la universidad nacional, los médicos, los jueces, los funcionarios, los activistas medioambientales, así como por todos aquellos que todavía conservan esa saludable costumbre de mantener su cabeza debidamente puesta sobre sus hombros. Ahora todos alineados, calladitos y bien portados ¿a poco no?

Abogado, Master en leyes/@MaxMojica

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