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Toda una vida

Ya no hay escuadrones de la muerte, ahora es el régimen de excepción que te va a traer por ser denunciado con una llamada anónima. Ya no silencian a los Jesuitas con balas sino con mensajes en Twitter. Ya no nos odiamos por ideologías contrarias, sino porque no pertenecemos a ese nebuloso “97%” que aplaude sin entender y que sin rubor cae de hinojos frente al becerro de oro que ellos mismos han creado. Ya no expulsan a la gente del país por ser comunistas, sino porque no forman parte del coro de alabanzas.

Por Maximiliano Mojica
Abogado, máster en leyes

Resulta interesante analizar las peripecias que nos ha tocado a vivir a los que formamos parte de la “Generación X”, esos que nacimos entre 1965 y 1981; que cuando nos castigaban nuestros papás le ponían un candado al teléfono, que fuimos al “machine land” a jugar con unos grandes armatostes que solo tenían opción de un videojuego, el que, por cierto, valía peseta ($0.03); que nos deslizamos en el tobogán de Plaza Alegre y comimos en Hardee’s.


Nací en 1971. La Guerra Civil salvadoreña inició en 1979; de ahí en adelante, nuestra generación vivió saltando de matocho en matocho. Con apenas 9 años, recuerdo el día que mi papá llegó a la casa todo abatido para que arregláramos las cosas que nos íbamos a Guatemala; le había llegado información que venía la “ofensiva final” ese fin de semana. Salimos todos en carrera. La tal ofensiva no ocurrió, nos pudimos regresar a los pocos días.


Mi adolescencia se desarrolló entre cortes de energía eléctrica. Balaceras. Bombas en los postes. Reportes los domingos de COPREFA en el Canal 10, para enterarnos sobre los avances de la guerra. Tanquetas circulando en el Bulevar de Los Héroes. Homilías incendiarias de Monseñor Romero, tomas de la Catedral, cierre de la Nacional. Soldados acampando en el parque frente a mi casa. Secuestro de mi cuñado, pago del rescate, liberación y salida directa desde su lugar de encierro al aeropuerto. Pronto lo siguió mi hermana. Nunca regresaron.


Normalizamos lo que no es normal en una sociedad: Matar. Odiar. Fanatizarse. Eras de “ellos” o de “nosotros”. La neutralidad era impensable, era traición. Yo, extrema derecha, profundamente militarista, para mí no había más solución que la de las armas. Dialogo era de traidores. Ellos, marxistas, su sueño hacer una nueva Cuba en estos escasos kilómetros cuadrados. Pero en medio de tanta muerte, sangre y dolor, pasó lo impensable.

La guerra ya no era sostenible, le costaba un millón de dólares diarios al Tío Sam y la Unión Soviética estaba despachurrada, exhausta económicamente de tratar de ser el apóstol mundial y principal promotora y financista de expandir el sueño quimérico de Marx y Lenin. Cae en 1989 el Muro de Berlín. Todos vimos, atónitos y con lágrimas en los ojos, como ese montón de cheles alemanes se abrazaban mientras descorchaban botellas de champán para celebrar el cierre de un ciclo de horror y represión comunistas.


Llegó el turno a El Salvador. Las partes beligerantes se daban la mano en Chapultepec. Teníamos que desaprender lo aprendido: dejar de odiarnos y tratar de construir juntos un país más humano, más justo, más democrático. Era difícil, pero se podía. Recuerdo las elecciones en las que resultó electo el Dr. Calderón Sol, las primeras en las que el FMLN participó como partido político. Miradas torvas y de desconfianza entre los representantes de los distintos partidos. Éramos niños chiquitos jugando con un juguete nuevo que se llamaba “democracia”.

Pero el tiempo pasó y los ánimos se fueron calmando. Las mentes de los que vivimos el conflicto armado ahora son más maduras, más reflexivas, más abiertas a escuchar puntos de vista diferentes y a entenderlos. Las posiciones, una vez extremas, van convergiendo. En lo personal, curé mi extremismo con lecturas de todo lo que caía en mis manos y con conversaciones con personas que pensaban diferente, incluyendo, por supuesto, a connotados representantes de la izquierda democrática. Renuncié a mi militarismo fascista de derecha para abrazar, convencido, el libertarismo pluralista: más abierto, más democrático.


Ahora los que celebramos los acuerdos de paz y el cierre de un ciclo de violencia fratricida vivimos confundidos: ya no hay escuadrones de la muerte, ahora es el régimen de excepción que te va a traer por ser denunciado con una llamada anónima. Ya no silencian a los Jesuitas con balas sino con mensajes en Twitter. Ya no nos odiamos por ideologías contrarias, sino porque no pertenecemos a ese nebuloso “97%” que aplaude sin entender y que sin rubor cae de hinojos frente al becerro de oro que ellos mismos han creado. Ya no expulsan a la gente del país por ser comunistas, sino porque no forman parte del coro de alabanzas.


¿Cuándo terminará todo esto? Quizás cuando ya esté retirado y administrando mi sueño: una taquería en El Tunco a donde les cuente a mis comensales anécdotas de la guerra y de cómo los troles me hacían bullying por escribir en un periódico. Ya llegó la hora de que la Generación X, que sacamos el pecho por El Salvador en uno u otro bando durante la guerra, pasemos la batuta a los Centenials, a ellos les va a tocar limpiar los platos sucios que le heredarán al país los Millenials.


Es hora de que nuestros hijos continúen el legado de lucha por este país tan chiquito, tan ingrato, pero que amamos tanto.

Abogado, Master en leyes@MaxMojica

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Dictadura Guerra Civil De El Salvador Opinión

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