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Otro mundo

Si la verdad no tiene peso existencial en la conciencia de las personas, el universo narrativo se presenta como un ejercicio mental en el que todo es posible. Quizá por eso la confianza, la popularidad y la autoridad se otorgan actualmente a partir de criterios imposibles de entender sin la comunicación virtual.

Por Carlos Mayora Re
Ingeniero @carlosmayorare

La relación con lo virtual -con lo que podemos encontrar en línea, generalmente a través de Internet-, está transformando profundamente el modo como nos relacionamos con el mundo real. Nuestra noción del tiempo y del espacio, la percepción que tenemos de nosotros mismos y de los demás, el modo en que nos comunicamos, aprendemos, nos informamos, no es el mismo de hace un par de décadas. 

Además, tal como están diseñadas muchas de las plataformas virtuales, fomentan con mucha frecuencia el encuentro entre personas que piensan del mismo modo, sienten del mismo modo, opinan del mismo modo… Y se da la tremenda paradoja de que lo que en un principio estuvo pensado para democratizar el conocimiento, para globalizar la cultura, se ha convertido en uno de los instrumentos más eficaces precisamente para lo contrario: no nos convertimos en la aldea global anunciada por McLuhan, sino en un conjunto de grupúsculos -tribus- no solo exclusivos, sino en muchos casos, beligerantes. 

Lo cierto es que todo lo digital no es solamente una parte imprescindible en muchas de las sociedades actuales, sino que se ha impuesto como una nueva cultura: desde la modificación al lenguaje que impone, hasta haber moldeado la sensibilidad estableciendo una nueva jerarquía de valores. Ni el mismísimo Nietzsche habría sido capaz de imaginar que su transvaloración de todos los valores podría haber estado tan al alcance de la mano. 

Para ilustrar lo que venimos diciendo, puede servir considerar cómo nuestra forma de pensar se decanta ahora por un método más intuitivo y emocional que en el pasado reciente. Hoy día el lenguaje que tiene más eficacia para comunicar no es el argumentativo, sino el narrativo. Posibilitando que en lugar de ser capaces de decodificar lenguajes y proposiciones, Internet mediante, seamos únicamente usuarios acríticos de todo lo que se nos sirve a través de las pantallas. 

De hecho, la narración de historias-límite y la simplificación de problemáticas complejas (tan propias de las redes sociales), en lugar de comunicar lo real consiguen -en último término- polarizar nuestras opiniones y volvernos incapaces de argumentar o encontrar soluciones compartidas. Al final del día, si la narración es la única herramienta de comunicación aceptada, el riesgo de reducir todo a meras opiniones subjetivas sobre cualquier tópico, está omnipresente; y cualquier hecho objetivo, independiente de mi percepción emocional, tiene el peligro de ser percibido como peligroso, manipulador, o simplemente “fake”… Es el precio de haber narcotizado la capacidad de pensamiento, y haber convertido las narraciones en verdades que ocultan la verdad y el bien que no sirven para los propios intereses, o que estorban el propio estilo de vida.

Si la verdad no tiene peso existencial en la conciencia de las personas, el universo narrativo se presenta como un ejercicio mental en el que todo es posible. Quizá por eso la confianza, la popularidad y la autoridad se otorgan actualmente a partir de criterios imposibles de entender sin la comunicación virtual. 

Además, la intersubjetividad y las relaciones interpersonales, al estar reducidas únicamente al campo virtual/irreal, pierden uno de sus rasgos esenciales: la posibilidad de captar al otro como otro, y no solo como un avatar hiper maquillado, o alguien que se presenta del mismo modo como nosotros nos mostramos en las redes: filtrando tanto que terminamos por representarnos a nosotros mismos como caricaturas. 

Esta cultura digital-mediada-por-Internet, además, al ofrecer la posibilidad de acceder de forma inmediata a todo tipo de contenido independiente de cualquier jerarquía de importancia o valoración social, crea una cultura marcada por la inmediatez, en la que solo importa el instante, y en la que desaparece la identidad personal, pues, consecuentemente, al privarnos de puntos de referencia que den sentido a nuestra existencia, nos vuelve incapaces de ver la realidad en su conjunto, y de dotar de sentido (y no solo de valoración afectiva) el mundo en el que vivimos.

Ingeniero/@carlosmayorare

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